martes, 29 de diciembre de 2015

Saga Amigas y Treintañeras: Cuarto Libro.


Capítulo 1: El post-it.



Verano 2015

¿Por qué cojones no contestas al teléfono, Patty? No tenía que haberle hecho caso, tenía que haber ido con ella al especialista, reflexionaba Aday volviendo a marcar el número de su novia sin obtener ningún resultado. Esto no es normal, hace más de una hora que debe haber salido de consulta, ¿qué coño ha pasado para no contestar a mis llamadas?
Las paredes de la casa se le venían encima a Aday, comenzaba a desesperarse por la falta de noticias de Patty.  No quería ponerse tremendista, hacía más de una hora que intentaba hablar con ella, saber cuál había sido el diagnóstico; pero Patty no contestaba a sus llamadas y mensajes.
¿Y si se mareó yendo en el coche y le ha pasado algo?, se preguntaba recordando que aquella misma mañana se le había encontrado vomitando junto a la taza del váter.
―¡Mierda, Aday, tenías que haber ido con ella! ¿Por qué demonios será tan cabezota? ―reflexionó en alto volviéndola a llamar sin resultado. ―¿Sabrá algo  Silvia?

lunes, 21 de diciembre de 2015

Menta y Chocolate.

Menta y Chocolate 


Hace unos meses me metí de lleno en un nuevo proyecto, en una nueva historia. En una historia, que capítulo a capítulo, o casi mejor decir, cucharada a cucharada, fue publicándose semanalmente en blogger y wattpad. Historia, que con su frescura, dinamismo y, tal vez, esa primera inocencia que mostramos todos en nuestra infancia (por aquello que comienza con la historia de unos niños), los lectores fueron sintiéndose parte de ella y cayendo en la dulce tentación de Menta y Chocolate (historia y helado), ja ja ja...

Menta y Chocolate

Sinopsis


Menta y Chocolate nos narra la historia de Eva, una pequeña de 8 años que disfruta de la mejor de las infancias en su terrreta, Valencia, junto a ella conocemos a su primo Alejo, su más fiel escudero, aunque como cualquier primo mayor le guste meterse con ella. A su amiga Ana, su amiga del alma, su amiga para toda la vida, ni siquiera la distancia física logrará separarlas. Andrés, el hermano mayor de Ana, a quien le une una curiosa pasión por el helado de menta y chocolate y un enredado hilo rojo del destino

Junto a Eva y Andrés conoceremos esas primeras mariposas del amor adolescente,  además de revivir todas las tonterías, que todos hemos hecho y dicho en la edad del pavo. Y como no hay dos sin tres, entre ellos se colará Marta, a la que odiaremos y desearemos todos los males del mundo, pero nunca olviden que: en el amor y la guerra todo está permitido...

Muchos más son los personajes a los que conoceremos a lo largo de la historia: Yohanne, Dominique, Angelo, Iván...sin olvidarnos de la sabia iaia de Eva, casi su pepito grillo, y a una divertida, loca, cariñosa, fiel y maravillosa saga de bracas o vizslas: Xena, Zsa Zsa, Hera, Jara y Vesta.


¿Qué ocurrirá en la vida de Eva?

A los 13 años sus padres deciden irse a vivir a Bonn, de donde es la familia paterna y Eva tendrá que dejar atrás las risas con sus primos, los juegos con su prima canina, a su amiga del alma y olvidar a Andrés. ¿Realmente olvida a ese primer amor?¿De verdad olvidamos ese primer revoloteo en nuestro estómago?

Valencia, Bonn, Paris, Roma son las ciudades en las que Eva pasará parte de su vida, en donde crecerá, aprenderá que la distancia no te aleja de tus amigos, ni si quiera de los caninos (estos nunca te olvidan) y se enamorará pero ¿olvidará a su amor platónico? Menta y Chocolate una historia con la que reirás, llorarás y disfrutarás con cada cucharada...

Si te gusta la comedia romántica, si disfrutas leyendo chicklit, Menta y Chocolate te hará sonreír, llorar, emocionarte, recordar pero sobre todo vivir a través de sus personajes.




Puedes encontrar Menta y Chocolate en todas las plataformas de Amazon, tanto en papel como en su versión digital. ¡Disfruta de la lectura! ¡Y del helado! 

Menta y Chocolate (digital)

Menta y Chocolate (papel)



Booktrailer






Lee aquí el primer capítulo:



 En un lugar de Valencia…

Risas, carreras, gritos y ladridos invadían el jardín, dando fe que a Xena y a sus ocho primos humanos poco o nada les importaba los casi cuarenta grados y el viento de poniente. María, Pedro, Víctor, Vicente, Sara, David, Alejo y Eva entraban y salían de la piscina al grito de bomba va; Xena no se quedaba atrás y los acompañaba con un ladrido saltando junto a ellos en la piscina de sus abuelos.
Clotilde y Vicente no podían estar más dichosos, sus rostros mostraban la satisfacción de tener a todos sus nietos en casa. Sí, los fines de semana era imposible encontrar un solo minuto de silencio en la casa, pero les encantaba tener aquella alegre algarabía que desaparecía durante la semana, salvo en los meses de verano que casi tenían a toda la troupe afincada allí. Más ahora tras la llegada de Xena, con la que todos querían estar, no se separaban de la juguetona y cariñosa braca húngara ni un instante.

―Xena… Xena… quita―medio imploraba entre risas Eva―, si me chupas no puedo nadar.

Xena no llevaba mucho en la familia pero su llegada estaba haciendo las delicias de los primos, quienes la habían adoptado como prima. Ninguno quería separarse de ella, peleándose para colarla en su cama cuando los  abuelos no se enteraban, ejem… o hacían como tal.
―Xena, ven conmigo―gritó Alejo salpicando a la que sin duda era su prima favorita, Eva. ―. Eva es una pequeñaja y no sabe nadar bien. ―dijo con aire burlón, sabiendo que eso molestaría a la más pequeña de la familia.
―¡Eso no es verdad! Yo nado muy bien―se quejó Eva―, y no soy pequeña. ¡En noviembre cumplo ocho años!
―¡Una pequeñaja!
―¡No es verdad!
―Sí, que lo eres, yo soy más mayor que tú que ya tengo diez años―aseveró Alejo―, lo que me hace ser más responsable que tú.
―¿Tú responsable? ―era Víctor el que hablaba, el mayor de los primos― Tú eres un nano [1]como Evita.
―¡Yo no soy un nano! ―se quejó Alejo, quien no  podía soportar que sus primos mayores lo vieran como a un pequeño.
Nanonanonano… Alejo es un nano…― coreaban sus primos mayores al unísono, haciéndolo rabiar.

Enfurruñado Alejo salió de la piscina tropezándose con su tía Rosa, la madre de Eva, que iba en busca de su hija.
―¿Qué pasa Alejo? ―preguntó Rosa al ver la cara de enfado de su sobrino pequeño.
―Nada tía, estos que son unos tontos. ―respondió buscando su toalla entre la maraña de toallas que había sobre la hamaca.
―Eva, sal del agua ya.
―Pero mami, yo no quiero salir, el agua está muy buena.
―Venga que te terminará por salir escamas, como si fueras una sirenita.
―Mami, eso no es posible, esas cosas no ocurren en la realidad. ―rio Eva enseñando el par de dientes que Pérez se había llevado con él.
―Anda, sirenita, ¿no quieres ir a casa de Ana?
―¡Sí! ―exclamó dándose prisa por salir del agua, como si hubiese escuchado la palabra mágica, seguida por Xena.
―Xena ni se te ocurra sacudirte a mi lado―comentó Rosa alejándose de la cachorrita. ―. Venga Eva, una ducha rápida y te vistes que los padres de Ana nos están esperando.
―Voy mami.
―Eva, no corras que te resbalas.―apostilló su madre al verla correr por el borde de la piscina.

*****
―Mami, ¿vamos a comer en casa de Ana?
―Sí, es el aniversario  de Cristina  y Andrés, y nos han invitado a comer.
―Mami, ¿desde cuándo conoces a los papás de Ana?
―Uff, a Cristina de siempre, estábamos juntas en el cole y a Andrés en el instituto cuando empezó a salir con Cristina.
―¿Y tú, papi?
―Yo menos―respondió Hans―, primero conocí a Andrés, ya sabes que él fue quien me presentó a mamá.―sonrió Hans acariciando la cabeza de su desdentada hija.

Un par de minutos más tarde abrían el portón de entrada del chalet de los padres de Ana, hasta ellos llegaba ya el olor de la leña y de la paella que Andrés comenzaba a preparar.
―Eh, familia, pasad―decía Andrés nada más ver a sus amigos entrar al jardín de su casa. ―. ¿Qué pasó Eva? ¿Cómo está la niña que va a romper más de un corazón como siga así de guapa?
Eva sonrió, dejando ver los hoyuelos que se le formaban en la comisura de los labios.
―Hola, tío, ¿dónde está Ana? ―preguntó Eva tras darle un par de besos al padre de su amiga, al que quería como si fuera un tío más.
―Está dentro con Andrés, que acaban de salir de la piscina hace un momento―contó Andrés―, a veces me pregunto si  mis hijos no serán medio pez.
―Esta es igual―comentó Rosa, dándole un par de besos a su amigo―, y felicidades por esos doce años ya.
―Mamá, me voy con Ana.―dijo Eva corriendo rumbo a la casa.
―Hola, Eva, cariño.―la saludó Cristina que salía con unos aperitivos.
―Hola, tía Cristina―le devolvió el saludo Eva―, voy con Ana―dijo entrando en la casa y dando en seguida marcha atrás. ―. Felicidades, tía―dijo dándole un par de besos.
―Gracias, cariñet. Anda corre con tu amiga y dile a Andrés que traiga las servilletas y los cubiertos que he dejado sobre la mesa de la cocina.
―Vale―contestó entrando en la casa.

Eva sonrió al entrar en la casa y escuchar a su amiga Ana cantando la canción que sonaba en la radio, It must have been love de Roxette; con un cepillo que hacía las veces de micrófono, Ana cantaba en su particular inglés, la canción que aquel verano sonaba en todas las emisoras de radio.
―Hola, hoyuelos―el inesperado saludo de Andrés, el hermano de Ana, la hizo dar un salto. ―. Ja ja ja, ¿te has asustado?
―Sí, ¡tonto!
―Eh, solo te he saludado, pequeñaja.
―¡Yo no soy ninguna pequeñaja!
―Eres como mi hermana, una pequeñaja de siete años que canta con un cepillo en la mano.
―¡En noviembre cumplo ocho! ―agitada se quejó Eva enseñándole la lengua a Andrés, él le hizo el mismo gesto de vuelta.
―¡Tonto!
―¡Pequeñaja!
―Tú… tú… tú…
―¿Estás comunicando? ―se burló Andrés, que se creía mayor por tener ya los diez años.
―Tu madre que saques lo que ha dejado sobre la mesa. ―con cara de enfado terminó por decir Eva.
―Vale, pequeñaja.
―Deja de meterte con mi amiga―Ana se metió en la conversación. ―. Pasa del tete, se cree muy mayor por tener diez años. No sabes la suerte que tienes de no tener un hermano mayor, los chicos son tontos.
―Yo tengo a mi primo Alejo, a veces se pone tonto pero yo lo quiero mucho. Bueno, a Alejo y a los otros siete―aclaró Eva―.Todos son más mayores que yo, ¡Víctor ya tiene quince años! ¡Va al instituto!
―Jo, ¡qué mayor! A nosotras aún nos falta mucho para ir al insti, pero lo guay es que iremos juntas. ―aseguró Ana abrazando a su inseparable amiga
―Sí, ¡juntas para siempre! ¡Nada ni nadie nos separará!
―¿Y si cuándo seamos mayores nos enamoramos del mismo chico? ―de pronto preguntó Ana.
―¿Y por qué nos vamos a enamorar del mismo?

Eva terminaba de hacer la pregunta cuando Andrés entró en el salón plantándose delante de ellas. Sus miradas se cruzaron durante unos breves segundos que a ambos se les hicieron eternos, sin ser capaces ninguno de los dos de apartar la vista del otro; ellos no eran conscientes pero acababa de realizarse el primer nudo en el largo hilo rojo del destino.
―Pequeñajas a comer. ―terminó dando el recado que su madre le había dado, apartando la vista de las pupilas de Eva.

*****

―¿Y cuándo os vais a Alemania? ―preguntó Cristina.
―La próxima semana.―contestó Hans.
―¿Os quedareis lo que queda de mes de agosto? ―siguió preguntando Cristina.
―Sí, estaremos hasta final de mes, que se casa mi hermano pequeño.
―¿Eva, ya te entiendes con tus primos alemanes? ―esta vez era Andrés padre el que preguntaba.
―Bueno, algo.
―¿Algo? La verdad  es que está aprendiendo alemán más rápido de lo que esperaba, la destreza que tiene mi hija con los idiomas es increíble. ―orgullosa respondió Rosa.
―Mamá, ¿podemos sacar el postre ya? ―interrumpió Andrés.
―Sí, cariñet, Ana ayuda a tu hermano a traer los helados. Andrés, en el segundo cajón está el de menta y chocolate para Eva y para ti. ―aclaró Cristina―. Creo que son los dos primeros niños, que conozco, a los que les vuelve locos el helado de menta y chocolate.
―Quédate Ana, ya ayudo yo a tu hermano con los helados. ―dijo Eva levantándose de la mesa y siguiendo a Andrés a la cocina.
―Así que te vas a Alemania.
―Sí, casi tres semanas.
―¿Y sabes decir menta y chocolate en alemán?
―Sí, claro.
―¿Cómo se dice? ―preguntó Andrés clavándole la mirada.
Minze und schokolade.
―Uhm, me gusta más en español. ―sonrió Andrés.
―Y a mí―en baja voz respondió Eva cogiendo las tarrinas que le daba Andrés.

*****

Xena la esperaba detrás de la puerta, dando saltos de alegría a su alrededor, pareciera que hiciese siglos que no se viesen y solo había pasado unas cuantas horas.
―Eh, prima, ya estás de vuelta. ¿Te vas a quedar esta noche?
―No lo sé―contestó Eva levantando los hombros―. ¿Mami, me puedo quedar esta noche en casa de los iaios[2]?
―Eva, cielo, mañana he de preparar las maletas que nos vamos en un par de días.―explicó Rosa.
―Anda mami, que no volveré hasta final de verano, porfa. ―con voz mimosa imploró Eva.

Eva ponía ojitos suplicantes a sus padres, que se miraron cómplices dándose una respuesta entre ellos. Imposible resistirse a la cara de su hija.
―Anda tía, que no veré a la prima en tres semanas y hoy se pueden ver las estrellas. ¡Nos vamos a quedar todos en el jardín para ver las perseidas!
―Vale, muy bien, con vosotros dos no hay quien pueda.
―¡Ni quien los entienda! Igual se están peleando que defendiéndose mutuamente. ―rio Hans.

Alejo y Eva salieron corriendo seguidos por Xena que iba en el medio de ambos, dando saltos a un lado y al otro haciendo reír a sus primos humanos.

Tumbados hombro contra hombro formando un círculo, en cuyo centro estaba tumbada Xena patas para arribas, imitando a sus ocho primos que tenían la vista clavada en la infinidad de un espectacular cielo despejado de nubes. Cielo en el que de cuando en cuando se dejaba ver una de las célebres lágrimas de San Lorenzo para regocijo de los primos.
―Otra… otra―gritó emocionado Alejo a quien una alborotada Xena le chupaba la cara.
Xiquets[3], creo que va siendo hora de irnos a dormir. Casi son las cuatro de la mañana.―comentó Clotilde levantándose del círculo al que ella y Vicente se habían incorporado por petición de sus nietos.
―Un poquito más, iaia.―era Sara, la hermana mayor de Alejo, quien hablaba.
―Cinco minutos más y nos vamos a la cama. ―Vicente concedió.

No fueron cinco, ni diez…una hora más tarde los ocho primos desfilaban con una imborrable sonrisa rumbo a sus camas. Alejo y Eva se acomodaron en el sofá cama, dejando subir a Xena nada más salir sus abuelos.
―Ssh, no hagas ruido y quédate aquí.―murmuró Alejo a Xena para que se colocara en el medio, la juguetona perrita les lamió la cara a ambos y enseguida su cadenciosa respiración se unió a las de sus compañeros de cama.





En Bonn…
    Eva miraba a todos lados, sin lugar a dudas aquel era su sitio favorito de Bonn. El parque Rheinaue, ubicado en pleno centro de la ciudad, era como estar en medio del monte. Sus ojos se perdieron en el verdor de la húmeda hierba, por la fina lluvia de la noche anterior, pasando por los coloridos setos de flores para terminar topándose con la impresionante cascada cayendo sobre el lago Rheinaue.
―¡Quiero cruzar al otro lado, papá! ―excitada gritó Eva.
―Muy bien, vamos al otro lado. ―respondió Hans tomándola de la mano antes de  empezar el recorrido sobre los pilares de piedra, que parecían estar flotando sobre el lago.

Eva rodeó entre maravillada y asombrada cada una de las “cucharas” en el “bosque de las cucharas”, atenta escuchó las explicaciones de su padre frente a  las lápidas romanas. Encantada estaba con aquel lugar. Sí, año tras año desde su nacimiento había visitado Bonn pero nunca se había percatado de lo bonito que era hasta ahora.
―Mamá, Valencia es muy bonita pero la ciudad de papi también es muy bonita.
―Sí, cariño, Bonn es muy bonita.―confirmó su madre.
―¿Te gustaría vivir aquí?
―Bueno…papi―dudó Eva―, la tarta de chocolate de esa pastelería, que está cerca de casa de los abuelos, está deliciosa. ¡La mejor tarta del mundo! Y ese pastel que tiene trocitos de manzana dentro también. ―explicó relamiéndose al recordar los deliciosos pasteles.
―El strudel.―aclaró el padre.
―Ese… ese… pero aquí no están los iaios, ni los primos― Eva empezó a enumerar―, ni Xena… ni Ana, que es mi amiga para toda la vida.

Rosa asistía en silencio a la conversación padre-hija, tenía claro que Hans echaba de menos su tierra, su familia y que en Bonn su futuro laboral era muchísimo mejor que en Valencia. Rosa sabía que su  suegro le insistía para trabajar con él, su hermano, tío y primos en el bufete de abogados, que un día sería parte de su herencia.
Hans y ella nunca habían hablado directamente sobre el tema aunque sí de manera indirecta, sin querer había escuchado la conversación de su suegro y marido; no la había entendido del todo pero sí lo suficiente para saber cómo Hans padre tentaba a Hans hijo.
―Bueno, pero aquí también tienes abuelos y primos. ―comentó Hans.
―Sí, claro.―respondió no muy convencida Eva.

En aquel momento Eva no lo sabía pero, cuatro veranos más tarde, ella y sus padres, una tarde de agosto como aquella estarían llegando a su nueva casa en Bonn.
―Pero no está Ana ni Andrés. ―puntualizó.
―¿Andrés? ―preguntó sorprendido Hans― ¡si siempre os estáis peleando! ―rio ―, creo que en lo único que coincidís es en vuestra pasión por el helado de menta y chocolate. Por cierto, hay una heladería muy cerca de aquí donde lo hacen muy bueno, ¿te apetece?
―Sí―respondió sin dudarlo Eva.

Eva caminaba inspeccionándolo todo a unos pocos pasos por delante de sus padres, que paseaban en silencio cogidos de la mano.
―¿Pasa algo, Rosa? Estás muy callada.
―No, nada.
―¿Seguro?
―Seguro.
―Nunca te fíes de un “seguro” como respuesta de una mujer―bromeó Hans mirando a su mujer―, nos conocemos desde hace años como para saber que eso no es cierto. ¿Qué ocurre?
―Te escuché hablar con tu padre.
―Rosa.
―No, espera, no digas nada―continuó Rosa―. Entiendo perfectamente que tu padre quiera tenerte aquí, y que tú te sientas tentado.
―Rosa, ni me lo he planteado.
―Por eso, le preguntabas a la niña. ―sonrió Rosa―. Cariño, es normal, yo también querría volver a casa en tu situación.
―No te equivoques Rosa, mi casa no está ni en Bonn ni en Valencia, sino donde tú y Eva estéis. Vosotras sois mi familia y mi hogar.

Eva sonrió picaronamente al girarse y ver a sus padres besándose acaramelados a unos pasos de ella.
―¿De qué te ríes, pequeñaja? ―preguntó Hans.
Jopetas, ¡qué manía tenéis todos de llamarme pequeñaja! ―se quejó Eva.
―¿Quién te llama así? ―quiso saber su padre.
―Alejo y Andrés.
―Están bonitos los dos para decirte “pequeñaja”. ―rio su madre.
―Parece que estoy escuchando mucho el nombre de Andrés. ―comentó su padre haciendo reír a Rosa. ―.A ver si voy a tener que hablar con él.
―¿Por qué, papá? ―inocente y sin entender a su padre preguntó Eva.
―Nada, cariño, tonterías.



[1] Nano:  expresión típica de  Valencia.
[2] Iaios: abuelos
[3] Xiquets: niños

jueves, 20 de agosto de 2015

De perros y sus dueños: Corsario.


Amanda no pudo evitar quedarse en la puerta observando a sus hijos, imposible no sonreír viendo a Diego explicarle a su hermana el porqué de su nombre.

Si parece que fue ayer cuando te vi la cara por primera vez, cuando te mecía al compás de tu canción mientras te volvías loco mirando las batallas piratas, que la abuela te había pintado en la pared, y mírate ahora con siete años dándole mil y una explicaciones a tu hermana.

―Mamá, te quería llamar Helena, Helena con “h” como la de Troya. Yo no sé dónde está Troya, igual no existe y es como la princesa encantada de la fuente. ―explicaba Diego con su cabeza apoyada en Corsario bajo la atenta mirada de Stella. ―. Papá, no lo tenía claro, le gustaba el nombre de mami, pero mami le dijo que no quería repetir nombre y entonces lo decidí yo. ¿Sabes? Yo le pedí a las estrellas una hermana, bueno o un hermano, y las estrellas que son mega poderosas te metieron en la barriga de mamá.

Amanda apenas podía aguantar la risa escuchando las explicaciones de su piratilla, teniendo que hacer un verdadero esfuerzo para no descubrirse a sí misma.

―Stella, tú eres muy peque pero has de saber que en realidad quien te metió en la barriga de mamá fue papá.

Amanda abrió los ojos de par en par. Aquello sí que no se lo esperaba…

lunes, 20 de julio de 2015

De Perros y sus dueños: Akima.


      Los tacones de Jelly repiqueteaban esperando el ascensor. Nada, parecía estar eternamente ocupado o, peor aún, estar roto. Volvió a mirar la hora en el móvil, no había duda tenía el tiempo justo de subir corriendo las escaleras, cambiarse de zapatos y bajar con Akima para ir a buscar a Fernando.

      Uff, siempre corriendo Jelly, parece ser tu sino desde que aterrizaste en Madrid, pensaba mientras corría por las escaleras. Puaff, pues si ahora se hace cuesta arriba, luego subiré con Fer y Akima. ¿Quién necesita gimnasio? Yo no, desde luego.

―Hola, guapa, igual estabas esperando el ascensor y nosotras lo teníamos aquí ocupado mientras le dábamos a la lengua. ―con una hipócrita sonrisa comentó la vecina del tercero.
―Nada, me habéis ahorrado el tiempo del gimnasio. ―sonriente contestó Jelly haciendo un esfuerzo para no fulminarlas con la mirada.

    Dos pisos más y estaba en la que era su casa por el momento, el piso de Gonzalo comenzaba a hacérseles pequeño. El despacho había sido reconvertido en habitación, teniendo que meter gran parte de los libros en cajas guardadas en el trastero. Sin contar que el armario sacaba la bandera blanca por una de sus puertas, no cabía nada más. Jelly no ocuparía mucho espacio pero su ropa y zapatos habían invadido las cuatro puertas de aquel armario, en donde la ropa de Gonzalo había vivido holgadamente hasta la llegada de la mexicana.

    Ignóralas Jelly, en un par de meses dejarás de verlas, reflexionaba corriendo por las escaleras.

     Los ansiosos y emocionados gemidos de Akima se escuchaban al otro lado de la puerta, la Alaska malamute de cuatro meses intentó trepar por las piernas de su dueña nada más abrir la puerta.

―¿Cómo está mi bolita? ―preguntó Jelly entrando en casa e intentando no pisar a la cachorrita. ―Akima, bonita, suéltame la pierna, así no puedo caminar, terminaré por caerme y hacerte daño.

Jelly soltó su bolso y la carpeta con los exámenes para acariciar a la perrita.

―Akima, no sé para qué he traído trabajo a casa. No sé cómo ni cuándo voy a poder corregirlos. ―comentó acariciándole la cabeza―. Bolita, me cambio de zapatos y nos vamos a por Fer.

    Ocupado, el ascensor seguía ocupado. No me lo puedo creer, estas dos siguen con la puerta del ascensor abierta, ¿creen que no vive nadie más en el edificio?, se decía a sí misma tirando de Akima por las escaleras.

   Nada, no les dijo nada al pasar junto a ellas. No valía la pena. Si tenía ganas de marcharse de aquel piso era por perder a aquellas dos de vista, dudaba que existiera dos personas más cotillas e insoportables en el mundo.Miró la hora nada más salir a la calle, iba bien de tiempo. No tenía más de diez minutos hasta la guardería, así que podía aminorar la marcha.

   Los ojos de Fernando brillaron nada más ver a su madre y a Akima, de quien se colgó del cuello nada más salir corriendo por el pequeño pasillo.

―Kima…Kima.
―Hay amores que matan―rio Jelly mirando a la monitora de la puerta. ―, primero el perro y luego si acaso la madre.

––––
―¿Conjunta? ¿Despedida conjunta? ¿Y eso, por qué? ―preguntó Jelly a Raquel sosteniendo el móvil entre la cabeza y el hombro, mientras intentaba que Fernando terminara de comerse la natilla sin usar la cuchara como catapulta. ―Fer no, no vuelvas a hacer eso. No, cariño, no lo hagas por favor―casi parecía suplicar Jelly. ―. Raquel, perdona, te llamo en un momento, no imaginas el estropicio que ha hecho en un momento Fernando. Sí, vale, desde que llegue Gonzalo, te llamo y sí, claro que cuentas con nosotros. No sé cómo lo haremos con Fer, pero de seguro que vamos.

    Jelly dejó el teléfono sobre la mesa de la cocina contemplando con horror las paredes, Fernando había estado practicando el tiro de  catapulta, lanzando la natilla de vainilla a los baldosines de la pared por…ya no recordaba ni siquiera el número de veces que había limpiado la pared en lo que llevaba de semana.

    Pronto lo de los baldosines le pareció una nimiedad. Los ojos de Jelly se posaron en la regordeta bola de pelos que lamía los restos de natilla de la pared. Akima había sido el blanco de las travesuras de su hijo. Su cabeza estaba coronada por una gran plasta de natilla. No sabía si reír o llorar, de lo que si estaba segura era del cansancio que se apoderaba de ella.

―No Akima, no chupes las paredes―dijo tomándola en brazos para ver de cerca su pelo. ―, ¿quién me mandaría a mí decir que sí? Yo no sé si voy a poder con un hijo y un perro. No, no me mires así, Akima. ―dijo mientras la cachorrita le lamía la cara.
―Fer, ¿por qué me haces esto? ¿Por qué nunca lo haces con tu padre? ―le preguntó Jelly a su hijo de catorce meses al que solo se le veía los ojos tras la mascarilla de natilla de vainilla que llevaba en la cara y el pelo. ―Esto está muy mal, lo sabes, ¿verdad? Mami no tiene tiempo de estar todo el día limpiando estas batallas campales que montas con la comida.

    Fernando miraba fijamente a su madre, sonreía con la mirada, haciéndolo irresistible ante los ojos de Jelly y de cualquier otro. Reñir a un niño tan pequeño es imposible pero si encima te sonríe con aquellos ojos de impresionantes pestañas más aún.

―Anda, vamos a la bañera, creo que te voy a dar el segundo baño del día.―comentó sacándolo de la trona.

    Fernando rodeó el cuello de su madre con sus pequeños, regordetes y avainillados bracitos. Pronto el pelo de Jelly lució unas dulces mechas color natilla de vainilla, eso sí, caseras…

―Mamá…apa―dijo Fernando besando a su madre y dejándole una buena capa de vainilla en la cara.
―Mamá, guapa. Te voy a dar yo a ti, mamá, guapa. Tú vas a ser peor que tu padre, con ese pico, como bailes como él, vas a ser irresistible.―Jelly no podía evitar reírse mientras le hacía cosquillas a su hijo, que no paraba de moverse y reírse en sus brazos.


―¿Qué te ha pasado Akima? ¿Ya ha estado Fernando practicando nuevamente su tiro de catapulta? ―saludó acariciando Gonzalo a la cachorrita de Alaska Malamute que dos meses atrás les había regalado su hermana, y que había salido a recibirlo nada más oírlo llegar.

      La contagiosa risa de Fernando junto a la de Jelly llegaba hasta la puerta arrancándole una sonrisa a Gonzalo. Gonzalo dejó sus cosas sobre la mesita de la entrada, se quitó la chaqueta y sin hacer ruido se acercó al baño. Le encantaba observar a Jelly y Fernando, a veces le resultaba increíble lo rápido que se había desencadenado todo.

    ¿Quién me iba a decir a mí que terminaría formando una familia con la mexicana pelirroja amiga de Raquel?, pensaba observando la cotidiana imagen de Jelly y Fernando. En silencio la observaba bañar al pequeño, que había hecho precipitar su vida en común. Aquel pequeñajo los había hecho replantearse su relación, Fernando los había hecho cambiar los viajes de ida y vuelta Madrid – Londres, Londres – Madrid por una vida juntos.

     Fernando había llegado de manera inesperada a sus vidas; tras la impresión inicial, el susto, los nervios y el ver todo de un gris más oscuro que el cielo londinense, Jelly se atrevió a dar el gran salto. Si me vine de México a Londres, ¿por qué no de Londres a Madrid?, le dijo a un insomne Gonzalo tras dar mil y una vueltas en la cama en sus infructuosos intentos de conciliar el sueño.

―Pelirroja, estás muy dulce hoy―comentó Gonzalo abrazando a Jelly por la espalda―, ¿acaso las natillas son buenas para el pelo? ―bromeó.
―¡Muy gracioso! ―contestó devolviéndole el beso― ¿lo secas y pones el pijama para yo limpiar el desastre de la cocina?
―Termina tú con él, ya me cambio y recojo el estropicio de la cocina. ―comentó antes de besarla. ―. Uhm, sabes muy bien, pelirroja.



     El silencio reinaba en la casa, Fernando dormía a pierna suelta desde hacía un buen rato; Gonzalo había salido a pasear con Akima, Jelly aprovechaba para quitar los restos de natilla de su pelo e intentar borrar los signos de cansancio de su cara.

     Uff…no daría marcha atrás en el tiempo, lucharía con uñas y dientes por Fer pero necesito unas vacaciones con urgencia. ¿Cuándo fue la última vez que Gonzalo y yo salimos solos?, se decía Jelly mirándose en el espejo. Querida, estas ojeras no hay corrector que las borre y dudo que logres dormir las horas suficientes para eliminarlas. ¡Diosito, no soy ni la mitad de lo que fui! Me veo en el espejo y solo veo una madre cansada, con falta de sueño y de horas para acabar de corregir los exámenes. ¿Cómo voy a resultarle atractiva a Gonzalo con esta pinta de madre neurótica que luzco la mayor parte del tiempo?

     Jelly apagó la luz del baño, con cuidado pasó por la habitación de su hijo para comprobar que seguía durmiendo, no pudiendo evitar enternecerse al verlo abrazado al conejito que su madre le había enviado desde México. Ni siquiera encendió la luz del salón, solo la tenue luz de las farolas de la calle iluminaban el salón, Jelly se dejó caer en el sofá dejando viajar su mente hasta su tierra escuchando la voz del potrillo. Tan concentrada estaba en la voz de su paisano que no escuchó llegar a Gonzalo y Akima de su paseo nocturno, solo los lametazos de la cachorrita la hicieron regresar al salón de su casa.

―Ya estás aquí, bolita. ―dijo acariciándola al tiempo que Gonzalo se dejaba caer en el sofá junto a ella.
―Akima, a dormir. Los bebés y los cachorritos han de estar ya en su cama.
Akima se sentó sobre sus patas traseras para darle una de sus patas delanteras a su dueño.
―No, no me pongas ojitos y vete a tu cama, creo que me he ganado estar a solas con mi pelirroja.

    Akima clavó sus ojos en Jelly intentando buscar clemencia en ellos, con un ligero movimiento de cabeza Jelly le indicó que obedeciera y la cachorrita de malamute salió del salón rumbo a su cama.

―Por fin, solos tú y yo―casi susurró Gonzalo jugando con su pelo. ―. ¿Qué tal el día, pelirroja?
―Uff, interminable. Me faltan horas para poder llegar a todo.
―Ya falta menos para las vacaciones, este fin de semana no hacemos planes, nos quedamos en casa a descansar.
―No, el sábado tenemos la despedida.
―¡Ni me acordaba!―dijo besándola en el hombro. ―. Esto me recuerda que a la última despedida a la que fui conocí a cierta pelirroja.
―¿Ah, sí? ―preguntó Jelly como si no supiera de qué le hablaba. ―¿La conozco?
―Uhm, no sé yo. No estoy muy seguro. ―comentó tumbándola en el sofá ―. Igual sí, es una pelirroja que suele usar natilla de vainilla como mascarilla capilar.
―¿Y le funciona? ―preguntó Jelly antes de tener los labios de Gonzalo sobre los suyos.
―No sé, si quieres te la presento y le preguntas. ―rio Gonzalo bajando con sus labios por el cuello de Jelly.
―Vale.

No sabía cómo ni por qué pero cuando se dio cuenta se encontraba en medio del pasillo de la mano de Gonzalo.

―¿Se puede saber qué haces?
―¿No querías conocer a la pelirroja? ―preguntó en bajita voz al pasar por delante de la puerta de la habitación de su hijo. ―Ssh, no hagas ruido, no quiero que catapultín se despierte.
―¿Y eso? ―preguntó divertida Jelly.
―Tengo planes con la pelirroja―le susurró al oído haciéndola estremecer. ―. Pelirroja te presento a la pelirroja de la que te hablé.―comentó Gonzalo mostrándole su  imagen frente al espejo.
―¡Mira que eres payaso! ―exclamó Jelly mirándolo a los ojos a través del espejo.
―Pues, este payaso tiene ganas de hacer payasadas―dijo empujándola hacia la cama. ―. Y ya que este fin de semana salimos por separado, por cierto, mañana llamaré a mi hermana para que se quede con Fernando―comentó besándola en el hombro―, habrá que aprovechar el tiempo.
―No, no salimos por separado―aclaró Jelly disfrutando con cada uno de los besos que Gonzalo iba dejando por su cuello―, la despedida es conjunta.
―Mucho mejor, las pelirrojas suelen triunfar en las despedidas. Sé de una que terminó liándose con un tipejo en la última que fue.
―Cariño, te recuerdo que la pelirroja no iba de despedida, más bien ese tipejo abandonó a sus amigos intentándola encandilar con su destreza con los pies.
―Uhm…¿solo es diestro con los pies? ―rio Gonzalo sin dejar de besarla.

    Apenas se veían en la oscuridad de la noche, poco les importaba, conocían a la perfección el cuerpo del otro; hasta podían asegurar el rostro que ponía el otro al sentir sus caricias y sus besos. Los hábiles dedos de Gonzalo se deshicieron con destreza y delicadeza del camisón de su pelirroja, lanzándolo a los pies de la cama donde pronto se encontraría con su propia ropa.

       El cansancio había desaparecido, siendo sustituido por la pasión y el deseo que ambos derrochaban por cada poro de su piel. Sus manos recorrían deseosos el cuerpo del otro al tiempo que sus bocas, sus lenguas se buscaban y encontraban. Jelly sintió un suave cosquilleo en su pierna derecha, cosquilleo que la hizo saltar en la cama sorprendiendo a Gonzalo con su movimiento.

―¿Qué pasa? ―preguntó Gonzalo besándola en la clavícula.
―No lo sé, he sentido un cosquilleo en la pierna derecha.
―¿Solo en la pierna derecha? ―burlón inquirió Gonzalo―Debo estar perdiendo mi destreza. ―sentenció bajando con sus besos por su desnudo cuerpo haciéndola estremecerse.

     Jelly se sintió perdida, no tenía control sobre sí misma, su cuerpo temblaba de placer bajo las caricias de Gonzalo; ella intentaba atenuar sus propios gemidos para no interrumpir el sueño de su hijo.

―Te quiero, pelirroja―le susurraba Gonzalo al oído cuando una húmeda lengua comenzó a lamerle su pierna.
―Quita Akima―dijo Jelly comprendiendo quién le había producido aquel cosquilleo.
―Vete a la cama Akima, este juego solo es para mayores. ―entre risas Gonzalo la echó de la habitación. ―. A tu cama, sé una perrita obediente.

––––*****

      Se miró en el espejo con detenimiento, hacía tiempo que no llevaba un vestido como aquel; hacía tiempo que el espejo no le devolvía una imagen como aquella. En los últimos meses aquel espejo solo le enseñaba la imagen de una madre cansada que se vestía automáticamente y casi de uniforme para ir al colegio, pero aquel sensual corto vestido de seda roja apenas sujeto por unos finísimos tirantes en los hombros le mostraban una mujer distinta. Mujer que recordaba a la de un no tan lejano pasado, pero que ella lo sentía perdido entre pañales, biberones y cacas de perro.

     Jelly no lo vio, ella se subía con mimo las medias, solo al sujetarlas con las presillas del liguero vio su cara en el espejo. Gonzalo la miraba absorto, seguía cada uno de sus movimientos apoyado en la puerta del baño, sin recordar que él estaba a medio vestir y en menos de una hora los esperaban en el restaurante donde iban a cenar. Jelly le sonrió y lanzó un beso a través del espejo.

―Pelirroja, me estás matando. Juro que me están entrando ganas de no ir a esa despedida.
―Pues no me he vestido así para quedarme en casa.
―¿Y para qué te has vestido así, puedo preguntarlo? ―preguntó rodeándola por la cintura y apoyando su cabeza sobre su hombro.
―Para recordarle al padre de mi hijo que soy algo más que una madre.
―Pelirroja, eso no hace falta que me lo demuestres. ―observó girándola con cuidado y levantándole la barbilla para mirarla a los ojos. ―. Eso, lo sé de sobra, pelirroja. Y a mí me gusta tanto la madre con natilla en el pelo como la sexy pelirroja de la que voy a presumir esta noche.
―Mira que eres tontito.
―Sí, sí pero te derrites por este tontito. ―rio Gonzalo.
―¡Serás presuntuoso! ―exclamó Jelly ― ¿Podré bailar con este presuntuoso por el que me derrito esta noche?
―Por descontado, señorita, es usted la primera en mi carnet de baile.
―Genial―dijo besándolo ―y ahora termina de vestirte o llegaremos tarde.
–––––
******

―Uhm, pues, este taco esta delicioso. Creo que es la mejor comida mexicana, que me he comido fuera de mi país. ―confirmó Jelly saboreando un bocado de aquel jugoso taco.
―Mira que sentí terror al elegir un mexicano para cenar, pero me habían hablado tan bien de él, y me apetecía horrores cenar en un mexicano. ―confesó Raquel.
―Estas margaritas son un peligro―dijo Helen.
―No, cariño, las margaritas no son un peligro sino las jarras de ellas que nos hemos bebido. ―se apresuró a aclarar David sin poder evitar la risa.
Las anécdotas, las risas y las copas los acompañaron a lo largo de la noche. Hacía tiempo que Gonzalo y Jelly no salían con sus amigos. No, aquello no era del todo cierto, se veían y salían casi todos los fines de semana, pero no eran salidas como aquella. No, hacía tiempo que no realizaban una salida de solo adultos.
―Si vuelves a enviarle un mensaje más a mi hermana preguntándole por el niño te juro que te secuestro el móvil. ―le susurró Gonzalo en la puerta del restaurante cuando el resto decidía a dónde iban.
―Parejita, nada de secretitos en reunión.―bromeó Roberto. ―.Estaba acordándome de la última despedida en la que estuvimos.
―¡En la mía! ―clamó David.

Raquel le sonrió a Roberto, que se acercó a besarla.

―Sabes que no lo soy sino lo estoy. ―le susurró al oído.
―Eh, dejad los cariñitos para más tarde―bromeó Jose.
―Me encanta verlos juntos―le dijo Rosa a Jelly ―, hacen tan bonita pareja.
―Sí, la verdad es que sí, están hechos el uno para el otro.
―Bueno, tú y Gonzalito también. ―replicó Rosa dándole un ligero empujón con el codo.
―¿Entramos aquí? Me han dicho que está muy bien―dijo Sofía.

       Todos asintieron y entraron en el local, que comenzaba a estar lleno de treintañeros. Vaya, hacía mucho que no oía esta canción, pensaba Gonzalo al escuchar la voz de Michael Bublé cantando You don’t know me. Pensar que hace unos años era incapaz de oírla sin que me trajera a Alicia a la mente. ¿Alicia?

     La sonrisa de Gonzalo se quedó congelada, estaba petrificado. ¿De verdad, estaba viendo bien? ¿Cuándo había sido la última vez que la había visto? No lo recordaba pero mucho tiempo. Y ahora como si por arte de magia se tratase y al compás de aquella canción que parecía estar inspirada en su propia historia aparecía después de tanto tiempo.
No podía moverse, se había quedado junto a la puerta observándola, hasta él llegaba aquella risa que tantos momentos le traía a la mente.

    ¿Por qué apareces en mi vida después de tanto tiempo? ¿Esto es alguna prueba del destino? ¿No hay bares suficientes en Madrid para coincidir en el mismo? Las preguntas se tropezaban en la cabeza de Gonzalo sin poder apartar la vista de la que durante mucho tiempo fuera el amor de su vida.

     No se habían visto en los últimos años pero seguía su carrera profesional. Alguna vez había visto alguna noticia sobre alguna exposición suya y, leía sus reportajes de viajes, pero no habían vuelto a coincidir. No habían vuelto a verse, a hablar, a bailar…, sin embargo, recordaba perfectamente aquella espalda, la cual podía contemplar gracias al sugerente y sensual escote de su blusa color maquillaje.No podía apartar la vista de ella. No sabía qué hacer, no estaba seguro de acercarse a saludarla.

    Sí, he de hacerlo, ¿cómo no lo voy a hacer? ¿Acaso no somos amigos desde hace muchísimo tiempo? ¿Y Jelly, se enfadará? No, no tiene motivos para enfadarse, solo voy a saludar a una vieja amiga, aunque esa vieja amiga sea Alicia.

    Gonzalo no paraba de darle vueltas a la cabeza intentando decidir qué hacer, buscó a Jelly, estaba con las chicas en la barra.

―¿La has visto? ―Roberto le preguntó al oído― Tontería mía por preguntar, es obvio que la has visto. ¿Qué vas a hacer?
―Voy a saludarla o ¿no debo?
―¿Por qué no? Tú tienes las cosas claras, ¿no?
―¡Por supuesto!

     Gonzalo se encaminó hacia donde estaba Alicia, Antonio lo reconoció nada más verlo acercarse a ellos recibiéndolo con una amplia y sincera sonrisa.

―¡Cuánto tiempo! Mira que trabajamos en edificios contiguos pero no coincidimos nunca por la calle.
―Hola, Antonio―saludó estrechándole la mano.
―¡Gonzalo! ―exclamó sonriente Alicia. ―¡No me lo puedo creer! ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?

     Alicia se abrazó a su amigo, su alegría era sincera. Gonzalo le devolvió el abrazo a la chica que una vez le robó el corazón, era extraña aquella situación, estar abrazado a ella pero se sentía reconfortado en aquellos brazos que tantas veces había estrechado, percibiendo el aroma del perfume al que Alicia seguía siendo fiel.

―¿Me creerás si te digo que el otro día pensé en llamarte? Pero…pero ¡si ahora mismo le decía a Antonio que esta canción siempre me recorda a ti!
―Pues, ahora me tienes aquí.―rio Gonzalo sintiendo nuevamente el abrazo de su amiga.
―Estás igual que siempre―comentó Alicia colgándose de su brazo.
―Pues, tú, con permiso de Antonio, he de decir que estás aún más guapa. El pelo recogido te queda muy bien.
―Gracias―respondió con un guiño Alicia―, ¿qué es de tu vida? ¿Qué ha sido de la vida de mi pareja de baile? Antonio, lo siento por ti pero voy a dejarte un momento, yo he de volver a bailar con Gonzalo.
―Muy bien―rio Antonio―, a ver los dejo hablar tranquilos, voy un momento al baño.
Alicia le lanzó un beso a Antonio sin saber que desde el otro lado de la barra todos sus gestos estaban siendo observados con sumo cuidado de detalles.
―Buen tío, Antonio.
―Sí, pero no estamos aquí para hablar de Antonio, dime que ha sido de ti. ¿Por qué no me volviste a llamar?
―Al principio necesité alejarme de ti, lo sabes y luego, no sé…no quise estar en el medio de Antonio y tú.
―Sabes que eso es una tontería. Te he echado mucho de menos.
―Y yo a ti―contestó mirándola a los ojos.
―¿Te has vuelto a casar?
―No, ¿y tú?
―Tampoco.
―¿Niños?
―No, mi vida es una locura de viajes, igual en un tiempo no muy lejano. ¡Dios, me resulta increíble tenerte aquí! ¿Y tú, sales con alguien?
―Sí, una mexicana logró sacarme a cierta fotógrafa de la cabeza. Tenemos un niño.
―¡Enhorabuena! ¿Cuántos meses tiene el futuro bailarín?
―Catorce.
―¿Catorce? Me dejas de piedra, sí que corriste.
―Sí, Fernando precipitó todo pero a pesar de la locura en la que ha convertido nuestras vidas, sobre todo la de Jelly, no me arrepiento.
―Me alegro, ¿y crees que a Jelly le importará que le robe a su chico un poquito más?
―¿Por?
―Porque desde la boda de Bea y Enrique no bailo contigo, ¿un baile?

   Gonzalo le sonrió a su amiga, a él también le apetecía mucho aquel baile. ¿Cuántas veces habían bailado juntos? A la mente le vino una conversación con Enrique cuando fue consciente que acababa de perder a Alicia:

―Uhm, sólo una cosa. Estáis sentados juntos en la misma mesa en la boda, ¿algún problema?

―No, yo no lo tengo por mi parte.

―Creíamos que estaríais juntos para entonces.

―Quizá tu boda sea el momento de tener nuestro último baile.

    Casi tres años hacía de aquella noche, de aquellos últimos bailes, aquella noche se había despedido de Alicia para siempre. Aquella noche en sus ojos vio un brillo especial y, él conocía quién era el motivo: Antonio.

―Yo te lo advertí, yo no quiero ni un gato en mi casa y, mira que son más independientes pero no deja de necesitar atención.
Jelly asintió con un ligero movimiento  de cabeza a las palabras de Valerie pero, no estaba muy segura de lo que le había dicho, sus ojos estaban clavados en Gonzalo y Alicia.
―Jelly, ¿has visto la araña que está entrando en tu copa? ―le preguntó Helen a consciencia. Estaba segura que su amiga no prestaba atención.
―Sí, sí. ―respondió.
―¿Jelly, se puede saber qué pasa? ―preguntó Rosa.
Roberto se acercó a Jelly apartándola del grupo.
―Jelly, puedes estar tranquila.
―¿Es ella, verdad?
―Sí, es Alicia pero Gonzalo no siente nada por ella, él está enamorado de ti, ¿lo sabes, verdad?
―Sí, pero…
―Jelly, ¿confías en Gonzalo?
―Sí, claro.
―Pues, tranquilízate y sonríe porque aquí viene con ella.
―¿Qué?
    Jelly se giró tropezándose de frente con Gonzalo, Antonio y Alicia. Roberto se acercó a Alicia para saludarla y presentarse a Antonio, a quien no conocía y presentárselos al resto para que Gonzalo y Jelly pudieran hablar.
―¿De secretitos con Roberto? ―le susurró Gonzalo a Jelly al oído rodeándola con sus brazos por la cintura.
―Es muy guapa, entiendo que estuvieras colgado de ella.
―¿Pelirroja, sabes que es a ti a quien quiero, verdad?
El corazón de Jelly se aceleró al sentir los dedos de Gonzalo recorrer sus brazos desnudos.
―Jelly, estos son Antonio y Alicia.
―Encantada ― respondió Jelly saludándolos con un par de besos.
―Un placer conocerte, Jelly―con una sonrisa la saludó Alicia. ―. ¿Puedo pedirte un favor?
―¿A mí? Tú dirás.
―¿Te importaría que te robara a Gonzalo un momento? Hace mucho que no bailo con él y me gustaría volver a hacerlo.
―No, claro que no.
     Alicia sonrió a Jelly, había sido idea de ella pedirle permiso para bailar, se imaginaba en la piel de Jelly y no quería que viera fantasmas donde no los había.
―Es solo un baile―Alicia le murmuró al oído a Antonio antes de ir a la pista de baile con Gonzalo.
        Jelly los vio alejarse por medio de la gente hasta llegar al centro de la pista, observaba la cara entre incrédula y divertida de Alicia al escuchar los primeros acordes del Save the last dance for me y a Gonzalo tendiéndole la mano para comenzar a bailar. No había duda, se complementaban a la perfección bailando, Jelly no podía apartar los ojos de ellos y, aun sabiendo que era solo un baile le dolía comprobar que se compenetraban tan bien.
―No soy Gonzalo pero ¿bailarías conmigo?
―¿Qué?
―¿Bailamos? ―volvió a preguntarle Antonio― No soy Gonzalo pero me defiendo.
*****–––––

    Ninguno de los dos habló del tema. Jelly no quería darle importancia al encuentro con Alicia, nunca habían hablado de ella aunque siempre conoció su existencia e imaginaba que era la periodista que firmaba algunos de los artículos de viajes de la revista que Gonzalo compraba cada mes. No dudaba de los sentimientos de Gonzalo pero tampoco había podido evitar sentir celos al verlo junto a ella.

    Akima los esperaba tras la puerta nada más entrar en casa, recibiéndoles con una alegría desbordante, como si en vez de horas hiciera días que no se vieran.

―Buena chica―Gonzalo le acarició la cabeza sin apartar la vista de Jelly, que seguía en silencio hasta su habitación. ―, sé buena y déjame arreglar un asuntillo con la pelirroja.
Jelly acababa de bajarse de los tacones cuando Gonzalo entró en el dormitorio.
―¿Qué pasa, pelirroja? ―preguntó abrazándola por la espalda.
―Nada.
―Sabes que eso no es verdad―respondió dándole la vuelta y levantándole la barbilla para mirarla directamente a los ojos.
―¿Por qué nunca me has hablado de ella?
―¿Y qué querías que te contara? Tú tampoco me has hablado nunca de tus parejas anteriores.
―Pero ella es especial para ti.
―No, pelirroja, lo fue.
―Lees sus artículos cada mes.
―¿Qué?
―Crees que no lo sé. Una vez oí hablar de una Alicia y no fue difícil atar cabos e imaginar que es la de los artículos que lees cada mes. ¿Por qué?
―Jelly, esto es una tontería. ¿Por qué la leo? Me gusta como escribe y sus fotografías, es muy buena.
―¿Y por qué nunca me dijiste que la conocías? ¿Por qué no me dijiste que era la chica de la que siempre estuviste enamorado?
―No lo sé, no creí necesario decirlo.
―¿Gonzalo, por qué estás conmigo?
―¿Cómo que por qué estoy contigo? ¿A qué viene esta pregunta?
―¿Estás conmigo por Fernando?
―Jelly, ¿estás hablando en serio? ¿De verdad crees que estoy contigo por Fernando?
―No lo sé―contestó con lágrimas en los ojos―, ¿estás conmigo por él?
―¡No!
―Es que ella es tan perfecta y yo siempre estoy cansada, nunca tengo ganas de salir porque vivo agotada entre el trabajo y el niño―hipó Jelly―. Siempre llena de restos de comida del niño, oliendo a su colonia en vez de a la mía y… te vi mirarla, vi la complicidad entre los dos y…

     Jelly no pudo seguir hablando, los labios de Gonzalo se lo impedían, pronto sintió su lengua buscando la de ella mientras sus dedos comenzaban a bajar los finos tirantes de su vestido.

―Pelirroja, te quiero, eso no lo dudes nunca―susurró antes de bajar por su cuello con sus labios.

Gonzalo sintió las patitas de Akima trepando por su pierna mientras él intentaba bajar la cremallera del vestido de Jelly.

―Akima, vete a tu cama, esto es un juego solo para mayores―dijo quitándole el vestido a Jelly y haciéndola caer sobre la cama. ―.Y ahora pelirroja, dime prefieres hablarme de todos tus ex o nos centramos en el aquí y ahora.

   Obediente Akima salió de la habitación, acostándose en su cama hasta ella llegaba los susurros, gemidos y risas de sus dueños pero sabía que ella no estaba invitada…

Elva Martínez