domingo, 25 de noviembre de 2012

Lola, Mamá en Apuros.-


    Capítulo 1: “Eau de caca”

Cuando te conviertes en mamá tu olor característico cambia, especialmente, cuando eres mamá lactante. De pronto, te da la impresión que hueles a leche, que más que una mujer debes ser una vaca. ¡Todo el día con tu bebé colgado de la teta! ¿O no les ha pasado eso? No solo cambia tu olor sino todos los aromas de tu alrededor. La colonia de bebé invade cada rincón de la casa, el de las cremas corporales (la suya no la tuya porque no todas tenemos esa suerte de tener tiempo de hidratarnos, je je je. ¿Quién no ha tenido que salir de la ducha corriendo porque su pequeño la reclamaba? Bueno, o ha tenido que esperar la llegada de alguien para poder pasar por el baño. 

Baño. El baño deja de ser un lugar íntimo. Desde el mismo momento en el que te conviertes en mamá la intimidad, espera ¿intimidad? He de buscar la definición en el DRAE porque ¡¡¡ya no recuerdo su significado!!!

Pero, regresemos a esos nuevos olores que se apoderan de nosotros. Colonias, cremas, talcos… son perfumes agradables pero también llega el  maravilloso y delicioso (nótese la ironía) olor de los vómitos, buches de leche…caquitas…
Y de cacas hablamos en este capítulo… pero no, no serán de las caquitas de un bebé…

                                                               *****

     Agosto. Domingo.  Ocho de la mañana. El parque parecía desierto. Solo se escuchaba el piar de los pájaros y las respiraciones de Macondo y Lola. Solo ellos dos paseaban a esas horas de aquel domingo. La mayoría de los mortales seguía durmiendo en sus camas, o empezaba a remolonear mientras disfrutaba de la tranquilidad del domingo por la mañana. Ella llevaba un par de horas despierta. Por decir un par de horas, la noche había sido larga. Mario se había despertado varias veces a lo largo de la noche y solo la quería a ella. Nadie más que ella podía alimentarlo, es lo que tiene dar de mamar a un bebé, es maravilloso y sacrificado a la vez. Pero, esa había sido su elección y no se quejaba por ello.

    A las siete y media había sido Macondo, su cachorro de labrador quien la había despertado a lametones. ¿Quién la mandaría a adoptar un perro antes de tener un bebé? En aquellos momentos le había parecido tan bonito lo de verlos crecer juntos y tenerse mutuamente como compañeros de juegos, ahora sabía que era una locura. Una locura que ya no tenía solución porque aquel bello y alocado cachorro de pelo azabache les había ganado el corazón. Así que tras ducharse enfundarse sus pantalones de deporte, camiseta y zapatillas salió con él a correr por el parque. En los últimos cuatro meses había llegado a la conclusión que el mejor ejercicio para mantenerse en forma era tener un bebé, dar de mamar y un cachorro de nueve meses.

   Tras un par de vueltas por el parque Macondo se paró junto a un árbol, dejando un regalito para su dueña, Lola lo recogió mientras buscaba una papelera en donde tirarlo. 

—Mac, estate quieto, ahora no es hora de jugar.—dijo Lola mientras terminaba de recoger las cacas de su perro.
—Macondo, ¡quieto! —Gritó al tiempo que agitó su mano derecha y veía como todo el contenido de la bolsa salía de su interior para acabar estrellándose sobre sus piernas.
—¡Mierda! ¿Por qué me ocurren estas cosas a mí? Macondo, ¡quieto! — Macondo  se quedó quieto mientras olfateaba las piernas de su dueña. — ¡Ni se te ocurra! ¡No me chupes las piernas!

     Lola se limpió las piernas como pudo mientras una señora con un Yorkshire la miraba con desdén. Lola no podía con ella, con su impoluta ropa de deporte blanca y su minúsculo perro busca broncas. Siempre le ladraba a Macondo, Macondo siempre intentaba acercarse a él, pero doña Impoluta no lo dejaba acercarse a su perro.  Lola tiró de la correa de Macondo. Tiró la bolsa y el resto del contenido a la basura, el paseo se acortaba, necesitaba quitarse el olor que se le había quedado impregnado en los pantalones y piernas.

     Abrió la verja del jardín de su adosado soltando a Macondo tras cerrar la verja. Entró en casa dejándole la puerta abierta a Macondo. Macondo no era un perro de jardín, tenía plena libertad para ir por la casa. Lola se paró un momento, no se lo podía creer. El silencio reinaba en la casa, no se escuchaba ni a Manu ni a Mario. Subió al primer piso y vio a Mario durmiendo en su cunita abrazado a Goofy, era imposible despegarlo de su peluche, lo adoraba, idolatraba a aquel perro. Lola se preguntaba cómo  un bebé tan pequeño mostraba ya esa predilección y ese aferrarse a algo. Salió de la habitación procurando no hacer ruido y entró en la suya. 

—Buenos día, ¿de dónde vienes tan temprano?—preguntó Manu desde la cama.
—Juro que no me he buscado un amante así que de su casa no vengo—bromeó Lola—, de la calle con Mac—dijo tras besar a su marido.
—¿A qué hueles?
—No lo quieras saber. Me voy a la ducha.
Algo parecido al maullido de un gato llegó hasta sus oídos mientras se quitaba la ropa.
—Ya voy yo.—dijo Manu levantándose de la cama mientras Macondo subía las escaleras en busca de su hermano humano.
—Sí, porque con este olorcito no le voy a dar de mamar. —dijo entrando en la ducha.

     Lola cerró la puerta del baño. Los minutos en la ducha eran para ella un tesoro, eran única y exclusivamente para ella. Era su momento. Su momento de tranquilidad, de soledad, de pensar en sí misma. Bueno, dos de tres porque nunca lograba pensar en ella misma, desde que se había convertido en madre, casi mejor decir, desde el mismo momento en que supo que estaba embarazada todo giraba alrededor de Mario. Mario aparecía en el primero y en el último de sus pensamientos, pero suponía que aquello era habitual en la vida de cualquier madre y, más aún si era su estreno en el papel de mamá. No es que dejes de pensar en tus hijos cuando tienes más de uno pero debe ser distinto, ya no eres una mamá novata, ya no te coge por primera vez la aventura de la maternidad.

—¿Qué pasa Mario?—Escuchó Lola desde la ducha. Le divertía oír a Manu hablar con Mario, parecía hacerlo con un adulto más que con un bebé.—Mamá está en la ducha, así que tendrás que esperar un poquito. Yo no puedo darte de comer.

   Lola no pudo dejar de sonreír. Imaginaba la carita de Mario mirando a su padre. Sus grandes ojos negros clavados en la cara de Manu mientras este le hablaba. 

—Mira quien está aquí. Es Mac.—Manu cogió en brazos a Mario mientras Macondo movía la cola sin parar, intentando asomar su cabeza por los barrotes de la cuna de su pequeño amigo.

       Diez minutos más tarde Lola entraba en la habitación de Mario para encontrarse a Manu sentado en el suelo con Mario en los brazos y, a este tirándole de los pelos a Macondo mientras el canino lamía las piernitas de su hermano humano. Lola se rio de la imagen mientras se imaginaba a su suegra tirándose de los pelos si llegara a ver a Macondo lamiendo a su nieto.

—¿De qué te ríes? — preguntó Manu al verla.
—No lo quieras saber.
—¿Por? —insistió al tiempo que imaginaba el motivo. —Ya lo sé, te has imaginado a mi madre viendo la escena. ¡Eres mala!, ¡luego dices que te tiene manía!
—No lo digo. Me la tiene. No me lo niegues. Yo no soy la nuera que ella quería y encima dejo que mi perro chupe a mi hijo.
—No seas así, sabes que no es verdad.
—¡Manu! ¡No seas ingenuo! Todo el mundo sabe que yo no soy la nuera que quería tu madre. No me dejo dominar. No hago lo que ella quiere. Su hijo comparte conmigo las labores de casa. No he querido casarme, por lo que ella no ha podido ir de largo de brazo de su hijo  al altar.— comentaba Lola al tiempo que cogía a Mario y se sentaba con él para darle de mamar. —. Hola, mi don Mario, ¿cómo está mi pequeñín?
—¿Has desayunado ya?
—No.
—Preparo el desayuno mientras le das de mamar. —contestó dejándole un beso en la frente.
—Y… su hijo me prepara el desayuno.— continuó entre risas Lola mientras Mario buscaba desesperado el pezón para alimentarse. 
          
          Lola se acomodó en el confortable sillón verde, que había colocado en la habitación de su hijo para darle de mamar cómoda y tranquilamente. No podía dejar de mirar la carita de aquel pequeño que buscaba desesperado aferrarse a ella para poder comer. Lo escuchaba succionar, sus chupetidos le producía una mezcla de ternura y risa. Le acariciaba la cabecita mientras él comía a buen ritmo. Macondo se había tumbado a sus pies, mirándolos dulce y tranquilamente mientras su hermano humano comía. Ya había aprendido que mientras el pequeño comía no podía subirse a su dueña ni podía lamer a aquel pequeñajo, que había aprendido a tirarle de los pelos, y del que le encantaba su olor.

     Hasta la habitación llegó el sonido de la música. La inconfundible voz de Mikel Erentxun llegó hasta ella así como el olor del café que comenzaba a invadir la casa.

—Lola, acabo de apagar la cafetera, mientras terminas voy un momento a por el periódico y croissants, ¿te apetece?—dijo Manu desde la puerta terminándose de vestir.
—Sí, pero acércame un vaso de agua, porfa, que me estoy muriendo de sed.—comentó.
    Macondo empezó a mover la cola. Sabía que su dueño iba a salir a la calle, salió en su busca y volvió a entrar en la habitación, debatiéndose entre salir a la calle y quedarse a los pies de Lola.
—Mac, ¿vienes conmigo a la calle?—preguntó Manu al cachorro mientras le daba el agua a Lola.

     Mac se levantó. Movía el rabo de un lado a otro y subió sus patas delanteras sobre las piernas de Manu. 

—Hala, vamos a por tu correa —dijo—, vuelvo enseguida, Lola. —continuó hablando besando a su mujer y acariciando la cabeza de su hijo.—. Cuida de tu madre, Mario.— bromeó.

        Mario terminó quedándose dormido mientras mamaba. Lola notó que la boquita de su hijo se separaba de ella, lo apoyó un poco sobre sus hombros mientras cogía unos pañales y los dejaba sobre el cambiador. Estaba completamente dormido mientras ella le cambiaba el pañal.

—¡Qué envidia me das, pequeñajo!—susurró mientras lo volvía a dejar en su cuna, no sin antes dejarle un beso en aquella cabecita de espesa cabellera negra.

            Observó detenidamente a Mario. Era tan perfecto. Le resultaba increíble lo mucho que había crecido en solo cuatro meses. Le parecía que era ayer cuando lo veía  en la primera ecografía, cuando escucharon los latidos de su corazón. Y ahora estaba allí creciendo día a día. Evolucionando de una manera inimaginable. Encendió el vigila-bebés, aunque percibía el menor cambio en la respiración de su hijo siempre le gustaba tenerlo encendido cuando no estaban en la misma planta de la casa. Normalmente, durante el día lo tenía en la planta baja pero estaba tan plácidamente dormido que prefirió dejarlo en su cuna. Su suegra y su cuñada no entendían que Mario durmiera en su propia habitación. No hacían más que decir que le podría pasar algo y ellos no enterarse. Claro que tampoco entendían que tuvieran un perro en la casa yendo de acá para allá, sin tener prohibido entrar en ningún sitio.

        Volvió a observar al pequeño desde la puerta. Podría pasarse las horas observándolo. Era tan perfecto. Imaginaba que eso le pasaba a todas las mamás, especialmente, a las primerizas. Bajó las escaleras. Nada más llegar a la planta baja escuchó a Macondo y Manu al otro lado de la puerta. Abrió la puerta. Macondo le puso las patas encima nada más verla, como si hiciera horas que no se vieran. Una vez había leído que para los perros cada vez que llegaban sus dueños a casa tenían la misma sensación que los humanos cuando nos enamoramos. 

—Debe ser estresante— dijo Lola en voz alta mientras le acariciaba la cabeza al locuelo de su cachorro.
―¿El qué?— preguntó Manu besándola.— Uhmm… ya no hueles a eau de caquitas. —bromeó.
—No, ahora huelo, a madre―dijo―, sí, sí. Tengo la sensación de dar olor a leche materna, no sé si es realidad o cosas mías.
—Sea lo sea a lo que huelas, hueles muy bien. —dijo Manu volviéndola a besar.
—Uhmmm, qué cariñoso estás. Esto no me huele bien.
 —¿Acaso tratas de decir que solo me pongo cariñoso cuando quiero algo?—preguntó sacando los croissants de la bolsa y dejándolos sobre la mesa de la cocina. —¿Desayunamos en la terraza?
—Perfecto, ¿Entonces no quieres nada? Solo estás cariñoso.— Rio Lola.
—Prefiero no contestar—dijo Manu poniendo en una bandeja las tazas que había sacado Lola del mueble.
—Voy a calentar la leche, ¿sacas el resto de las cosas a la terraza? Coge el walkie del niño, lo he dejado en el salón, mientras caliento la leche.

     Nada más calentar la jarra de leche en el microondas Lola salió a la terraza. Manu leía el periódico, Macondo estaba tumbado en el jardín a la sombra del framboyán. 

—Míralo a él qué listo— dijo nada más verlo. Lola dejó la jarra en la mesa y se sentó frente a Manu, parecía estar enfrascado en la lectura del País.
—¿Te has enfadado?— preguntó Lola.
—No, ¿Por qué?
—Estás tan calladito, ¿zumo?
—Sí, por favor. —dijo dejando el periódico a un lado de la mesa y sirviendo el café —. ¿Qué era estresante que me he quedado con la curiosidad?
—¿Estresante? —preguntó Lola—Ah, sí, en el caso de ser verdad lo que dicen sobre la creación de endorfinas en los perros cada vez que vuelven a ver a sus dueños, debe ser estresante esa sensación de ser cierto.
—Ah, sí, sí que debe ser estresante, sobre todo si luego piensan que besas por algún motivo.
—¡Ajá! ¡Ves cómo te has enfadado!— Exclamó Lola riéndose. —¡Que nos conocemos!, que ya son muchos años, ¡te conozco como si te hubiese parido! Con perdón de tu señora madre que siempre te conocerá mejor.
—¡Qué simpática!—Manu sabía que Lola y su madre no hacían buenas migas y, que no era Lola la que había empezado la guerra.—Precisamente, mi madre me llamó estando comprando el periódico.
—¿No me digas?—preguntó irónica Lola sin poder evitar una sonrisa en sus ojos.
—No me mires así, no te besaba por eso.
—No, no ¡pobre de mí de pensarlo! Y ¿para qué llama tan temprano un domingo?
—Ella y mi hermana vienen a comer.— dijo Manu.
—¿Hablas en serio? —preguntó Lola mientras le venía a la mente la imagen de las brujas del norte y del sur, solo que ella no tenía chapines mágicos con los que desaparecer.
—Que quieren ver a Mario.
—¿Y hace falta venir a comer para verlo? —preguntó—Nada, no he dicho nada, que luego la antipática soy yo. Te recuerdo que hoy vienen Laura y Daniel. — dijo mientras pensaba que la compañía de sus amigos le haría la velada más llevadera.
—Lo sé, pero ya sabes que soy incapaz de decirle que no a mi madre.
—Pues, ya va siendo hora de aprender a decir que no a mamá, pero vale, muy bien, ¿tu padre no viene?
—No, tenía día de pesca con los amigos.

      Lola cogió el dominical enfrascándose en la lectura de las columnas de autor, le gustaba mas de uno de los columnistas y, la lectura hacía que se olvidara de la visita de suegra y cuñada. En realidad no son ni mi suegra ni mi cuñada, al fin y al cabo, no estamos casados, pensó. Borró el pensamiento. Sabía que eso no era más que mera formalidad. Eran la madre y hermana de Manu, la abuela y tía de Mario y, definitivamente, su suegra y cuñada. De pronto, una luz se iluminó en su cabeza. ¿Venía su cuñada con marido o sin él? ¿Con hijos? Se estresó solo pensándolo. Manu había dicho que venían su madre y hermana, ¿el concepto hermana englobaba marido e hijos?

     Dudó si preguntar o no hacerlo. Sabía que a Manu le dolía la poca relación existente entre ella, su madre y hermana, pero no podía hacer nada. Ella había intentado llevarse bien desde el principio, pero por algún motivo que escapaba de su comprensión, no había sido bien recibida. Bueno, en realidad, sí que conocía el motivo, se llamaba Virginia. Virginia siempre estaba en la boca de su suegra. Había sido la novia de Manu durante años, de hecho, se conocían desde niños. En el instituto fueron novios y, así siguieron hasta que Manu y ella se conocieron en una fiesta universitaria.

      Fiesta a la que ella había asistido por casualidad. Bueno, por casualidad no, iba a ver si se encontraba con un chico que le gustaba y lo conoció a él, surgiendo algo entre ellos nada más conocerse. Ambos tenían muchas cosas en común, poco a poco la amistad llevó a algo más. Virginia dejó de ser la novia de Manu y, ella entró en la lista negra de las mujeres de la familia de Manu. El padre de Manu no entraba en ese juego. Alfredo era otra cosa. No tenía nada que ver con su mujer. De hecho, Lola se preguntaba qué hacía con aquella mujer chismosa y entrometida, proclive a considerar que siempre tenía la razón y el resto del mundo estaba equivocado. 

El brusco movimiento de Macondo y sus ladridos comenzaron antes de  escucharse el sollozo de Mario por el intercomunicador. Macondo los estaba avisando, dio un par de ladridos y entró corriendo en la casa. Lola soltó la revista y la taza del café con leche y salió corriendo.

—Gracias, Mac, buen chico. —dijo acariciándole la cabeza al encontrarlo sentado ante la cuna de su pequeño amigo. —¿Qué pasa pequeñito? ¿Tú también quieres salir a la terraza? Vamos con papá. —dijo al pequeño que la miraba estirando los bracitos y moviendo las piernas como loco al ver y escuchar a su madre. Lola cogió a Mario, comprobó que estaba seco, acto seguido bajó las escaleras precedida por Macondo que no paraba de mover el rabo. 
—¿Qué pasa peque, tú también quieres café o prefieres un croissant de mantequilla? —dijo Manu al ver a Lola salir con Mario en brazos.—Campeón eres el mejor avisador del mundo, no hay aparato que te supere. —continuó Manu acariciándole la cabeza al canino que movía el rabo orgulloso y contento. —. Es listo tu amigo. —Explicó Manu a Mario sin dejar de acariciarle la cabeza a su perro, que la había dejado sobre su muslo para que siguiera acariciándolo.
—Manu, ¿traes el carrito para poner ahora a Mario en él, porfi?
—Voy—contestó levantándose y entrando en el salón a por el carro del niño —. ¿El carro o mejor la hamaca? —Preguntó desde dentro.
—La hamaca mejor. Buena idea.

       Manu salió con la hamaca para Mario, Lola recostó al pequeño en ella. Mario enseguida comenzó a moverse. Poco tiempo había necesitado para aprender que al moverse la hamaca lo mecía. Nada más dejar al niño en la hamaca Macondo se tumbó a su lado, prefiriendo su compañía a las caricias de Manu. Mario al verlo comenzó a sonreír y a estirar sus manitas para enganchar los pelos de su amigo canino. El perro se dejaba tirar de los pelos por aquel pequeño chupándole las piernas de cuando en cuando.

—¿Tu hermana viene sola? — preguntó Lola dándole un sorbo a su café con leche que ya estaba frío.
—Sí, Nacho y los niños van a casa de su padres, ya sabes que mi hermana no hace buenas migas con su familia política.
—Ya— dijo sin poder evitar cierto tono de sarcasmo en su voz.
—Lola, por favor.
—Manu, sabes que yo.
—Lo sé, cariño, de verdad que lo sé pero no deja de dolerme. Ya que ellas no lo son, al menos intenta tú ser tolerante.
—Vale, tolerante.—dijo entre risas. —.Por cierto, ¿qué va a comer tu hermana? Te recuerdo que vamos a hacer barbacoa y, hay mucha carne y poca verdura.
—¡Joder!, ¡mierda!
—Esa boquita o tendré que usar pimienta. —dijo sin poder evitar la risa floja.
—No me acordaba que mi hermana es ahora vegetariana.
—Ya y, que considera que los niños no han de comer carne. Ommmms, tolerancia, tolerancia ven a mí.

      Manu no pudo evitar la risa al ver a Lola cruzando las piernas en plan meditación, colocando sus brazos y manos como si verdaderamente fuera a meditar.

—¡Tu mamá está loca Mario pero es increíble!— exclamó mientras su hijo seguía moviéndose sin parar en su hamaca. —Tú también eres increíble. —dijo—. Sí y tú también. —Le dijo a Macondo que lo miraba moviendo el rabo como si supiera de lo que hablaba...