martes, 23 de diciembre de 2014

¿De verdad somos tres? Capítulo 1.

Capítulo 1: Roma, un cappuccino, tú y yo…

Agosto 2013

Amanda abrió los ojos, Alejandro seguía durmiendo hecho un ovillo a su lado, el brazo izquierdo de Alejandro caía sobre su cuerpo impidiéndole levantarse, claro que tan poco quería hacerlo, estaba tan bien a su lado.

Increíble, esto es totalmente increíble, ¿quién me iba a decir a mí hace apenas unos meses que Alejandro estaría nuevamente en mi vida? Si me llegan a decir que nuestros destinos volverían a cruzarse me hubiese reído como una loca. Pensar que llevo cuatro años llorando de la rabia cada vez que llegaba este día por no poder olvidar nuestra despedida y, ahora estamos nuevamente en un hotel, en una cama, pero ya no hay dudas, fantasmas, miedos… interponiéndose entre nosotros. ¡Será cabrito el destino! ¿De verdad era necesario separarnos si estábamos destinados a encontrarnos?, pensaba Amanda mientras contemplaba dormir a Alejandro.

Alejandro abrió los ojos, la poca luz que se colaba entre las pesadas cortinas azules le permitía ver la cara de Amanda.

―Buenos días―murmuró con voz ronca de recién despertado acariciándole la cara.
―Buenos días.―contestó con una sonrisa.
―¿Puedo saber en qué pensabas?
―Ale, Ale, siempre serás un cotilla.
―A estas alturas no voy a cambiar.
―No, no quiero que lo hagas, me gustas tal y como eres. ―confesó Amanda besándolo.
―Uhm, Mandy, Mandy, te recuerdo que estamos en Roma y no hemos venido hasta aquí para quedarnos en la habitación del hotel, ¿o sí? ―bromeó mientras la agarraba de las dos manos poniéndose sobre de ella y dejándola sin libertad de movimiento. ― No me importaría―le susurró al oído―, eso de ser padre está muy bien, pero ¿no es posible tener intimidad? Ahora entiendo por qué mis padres solo me tuvieron a mí, seguro que no les dejaba ni un minuto a solas. Y que conste que no cambiaría al piratilla por nada en el mundo.

Las risas de Amanda invadieron la habitación contagiando a Alejandro con ellas.

―Hablo en serio. Bueno, igual es que nuestro pirata tiene algún tipo de radar para llegar en los momentos más inoportunos.
―¡No seas exagerado! ―rio Amanda.
―¿Exagerado? ¡Si no nos deja ni un minuto solos! ― exclamó entre risas. ― ¿Sabes lo bueno?
―¿Qué? ―preguntó divertida Amanda.
―Que sé que en estos años no te ha dejado serme infiel. ―comentó divertido antes de besarla.
―Don Alejandro le recuerdo que no podía serle infiel porque no estábamos juntos.
―Minucias―dijo volviéndola a besar. ―, ¿sabes qué día es hoy? ―preguntó mordisqueándole el lóbulo de la oreja.
―Sí, perfectamente, ¿la coincidencia ha sido cosa tuya?
―No, no me di cuenta hasta ayer, la pena es que hoy no sabes a chocolate.
―¿Eso es un problema?
―Para nada, además, siempre me queda tus labios de fresa.
―Ahora mismo no te van a saber a fresa.― aclaró Amanda cuando Alejandro abandonó sus labios bajando por su cuello.
―Mandy, Mandy, ¿crees que me importa mucho eso ahora? Además, siempre podríamos tirar de la Nocilla. ―Alejandro soltó una sonora carcajada.
―En Italia casi mejor Nutella―contestó ruborizándose por el comentario.
―No me puedo creer que la señorita Amanda González siga ruborizándose a estas alturas del partido.
―Ya ves. Hay cosas que no cambian. ―comentó estremeciéndose bajo sus caricias.

Las palabras desaparecieron por un buen rato, solo nombres susurrados se entremezclaban con las respiraciones entrecortadas de ambos mientras sus cuerpos se buscaban y fundían entre un revoltillo de sábanas que terminaron por huir a los pies de la impresionante cama kingsize.

êêêêê

Un impresionante cielo azul los acompañó durante toda la mañana, Alejandro y Amanda habían caído rendidos a los pies de la genuina belleza de la ciudad eterna. No habían parado de callejear en todo el día: la piazza di Spagna a los pies de la Trinitá dei Monti fue una de las paradas obligatorias. ¿Cómo no sacarse una foto en sus célebres escalinatas deleitándose con un delicioso y cremoso helado?

La piazza Venezia, el Popolo, el Panteón, el campo di’Fiori, los foros imperiales, la columna de Trajano… parada en la fontana de Trevi para tirar la moneda y pedir su deseo.

¿Deseo? Creo que mi mayor deseo se ha hecho realidad ya, ¡y a lo grande!, pensaba Alejandro siéndole imposible no rodear por la cintura a Amanda al verla absorta ante tan descomunal belleza.

Apenas un par de paradas habían hecho a lo largo del día, un helado, un café, una porción de pizza, otro café… caminaron a lo largo y ancho del centro de aquella ciudad, sin saber a dónde mirar en cada momento. Indudablemente se declaraban eternos admiradores de Roma, de su belleza extraordinaria y eterna.

Callejeando llegaron a su destino, al destino marcado desde años atrás. Ante ellos se abría paso la inconfundible piazza Navona. Alejandro apretó con fuerza la mano de Amanda al ver frente a ellos la Fuente de los Cuatro Ríos, la cual parecía estar esperándolos.

Sin duda alguna, aquella plaza tenía algo especial, no sabía explicar qué era, pero la magia reinaba en ella. Tal vez, era encontrar gente de todas partes del mundo encandilada por su belleza, turistas atrapados por el constante repiqueteo del agua de aquel trío de fuentes, mezclándose con su propio bullicio multilingüe  junto a la música de las repletas terrazas.

La belleza de fuentes y edificios no era la única que competía por abrirse un hueco en aquella plaza. No, el delicioso olor de los cremosos helados de un sinfín de sabores luchaba contra el incomparable aroma a chocolate de los tartufos y con los inigualables cappuccinos. Sí, justo eso era lo que ellos iban buscando, Alejandro y Amanda querían deleitarse con el célebre café con nombre de fraile.  Helados, pasteles, tartufos tendrían que esperar su momento, su elección estaba hecha desde años atrás.

La pareja llevaba un rato oteando entre las mesas, estaban a la espera que alguien se levantara y ellos poder disfrutar de aquel prometido cappuccino. Alejandro vio levantarse a una pareja, corrió hasta ella tirando de Amanda, que andaba despistada escuchando al cuarteto que tocaba cerca de ellos.

―Eh, cuidado con mi brazo, lo necesito. ―bromeó Amanda mientras Alejandro la conducía entre las abarrotadas mesas para pillar aquel inmejorable sitio.

La espera había valido la pena, desde su mesa tenían una vista general de toda la plaza, de sus monumentales fuentes, de los artistas, vendedores ambulantes y turistas inmortalizando su visita a una de las plazas más bellas del mundo: la piazza Navona.

Amanda no tenía ojos para tanta belleza, sus ojos estaban clavados en Alejandro, que se peleaba con el bolsillo trasero de su pantalón. Amanda observaba entretenida aquella lucha por sacar un doblado papel de su bolsillo. Amanda sonrió al ver depositado en la mesa el tesoro, que Alejandro arrastraba por la mesa con los dedos índice y corazón de su mano derecha:

Vale por un cappuccino en la Piazza Navona.
Amanda González López
05/02/2008

―Creo que tiene usted una deuda conmigo, señorita. ―con aire formal dijo Alejandro.
―¿Estás seguro que esto no ha prescrito ya? ―rio Amanda.
―No, de eso nada, señorita, para eso me he encargado de tenerlo bien guardadito estos últimos cinco años.
―Muy bien, muy bien. Una promesa es una promesa y ya que me has traído hasta aquí…
Amanda volvió a posar sus ojos en la servilleta, la leyó en alto con voz ceremoniosa, parecía que aquella era la primera vez que veía y leía aquellas palabras. Amanda levantó la mano al ver a uno de los ajetreados camareros pasar cerca de ellos.
―Buonanotte! ―saludó el repeinado camarero nada más llegar a la mesa.
―Buonanotte! ―respondió Amanda ― Due cappuccinos, per favore!
―Subito.
―Grazie!

Un sorprendido y admirado Alejandro no apartaba la vista de Amanda, escuchaba atentamente la conversación, nunca antes había oído a Amanda hablar en italiano.

―¿Cuándo has aprendido a hablar italiano?
―No hablo italiano, solo cuatro cosas para hacerme entender.
―Buena pronunciación para solo cuatro cosas.
―Bueno, igual no son cuatro sino unas poquitas más― bromeó Amanda―, digamos que me defiendo.
―¿No habrás estado liada con un italiano en estos años? ―preguntó entre risas. ―A ver si el pirata no ha cumplido bien su misión. ―rio Alejandro.
―Con uno no, con dos. ―se burló Amanda.
―Sí, sí, luego decías que nada de nada en este tiempo. ―continuó la broma Alejandro. ―. Voy a tener que interrogar a Diego.
―Bueno, no soy Santa Teresa.
―Mal ejemplo teniendo en cuenta sus éxtasis literarios. ―la interrumpió entre risas Alejandro.
―¡Mira que eres malo y retorcido! ―comentó entre risas Amanda―, de todos modos, ¿qué quieres que te diga? La que puede puede.
―Sí, sí.
―¿Sabe lo que te digo? No lo pensé,  porque ese hubiese sido el mejor método de aprendizaje.
―Ya― contestó antes de besarla ―. A mí me abandonarías pero a ese dulce pringue le eres fiel. ―comentó volviéndola a besar―. Mira que lo eché de menos.
―Ja ja ja, mira que soy tonta, yo pensando que me habías echado de menos a mí y era a mi gloss de fresa.
―Es que está bueno. ―comentó volviéndola a besar.
―Ja ja ja, lo tendré en cuenta las próximas navidades ―comentó entre risas―. Ale, ahora vuelvo, mi vejiga no aguanta ni un minuto más.
―¿Huyes? ¿No irás en busca de profes italianos? ―rio.
―Je je je, no. Ahora vuelvo.
―No tardes―le susurró al oído volviéndola a besar.
―No, no tardo.

Amanda entró en el café, un risueño Alejandro la observaba hablar con el camarero antes de alejarse por el lateral derecho de la barra. El sonriente y repeinado camarero, que los había atendido, regresó con los cappuccinos a los pocos minutos.

Grazie.
Prego. Vogliono qualcosa di più?
―¿Qué? No entiendo. Non capisco… Luego, ritorna…mi novia.

El repeinado y sonriente camarero dio por terminada la imposible conversación para llevarle un par de botellas de agua a los músicos.

Una nueva melodía comenzó a sonar. Alejandro agudizó sus oídos, conocía a la perfección aquellos acordes. Aquella canción siempre le había recordado a Amanda, aquella canción se la había traído de vuelta la noche de la cena de la fusión de sus revistas. Alejandro no podía dejar de sonreír, le era del todo imposible no hacerlo al escucharla, sobre todo tras haber escuchado la particular versión de su hijo.

Esto debe ser cosa de Mandy, el baño debió ser solo una excusa, pensaba mientras veía a Amanda acercarse con una sonrisa de oreja a oreja.

―Todo un detalle―le susurró al oído antes de besarlo y sentarse.
―Yo no he sido―contestó Alejandro―, ¿no ha sido cosa tuya?
―¿Yo? No, no he sido yo. ―respondió mientras pensaba que si por un casual de los casuales hicieran una película de su vida, aquella canción tendría que ser sin lugar a dudas parte de la banda sonora.

Las fuentes parecían haberse callado, el bullicio de la gente no llegaba hasta ellos, la plaza se había quedado en silencio, Alejandro y Amanda solo oían el Dream a Little dream of me. Callados estuvieron durante la interpretación de la canción.

Amanda no podía evitar pensar en su pequeño pirata, aquella sin duda alguna era su canción. La canción que lo había acunado desde antes de nacer, la canción que tarareaba en su peculiar inglés mientras jugaba, la canción que bailaba siempre con ella y la canción con la cual Alejandro había vuelto a su vida. Sí, era del todo imposible no sonreír y mirar a las estrellas.

¿De verdad funcionará pedirle deseos? A ver si yo he creído estar inventando historias mágicas y, al final, funciona de verdad, pensaba Amanda contemplando a las parpadeantes estrellas. ¿Titilan las estrellas o es cosa mía?

―Un euro por tus pensamientos.―le susurró al oído Alejandro.
―Un euro es toda una fortuna―sonrió Amanda―. En Diego, esta canción irremediablemente me lo trae a la mente, es su  nana particular, y es imposible pensar en él y no mirar a las estrellas. ―comentó Amanda―. Me debes un euro.
―¿Vas a cobrármelo?
―No es un cobro, es un intercambio. ―bromeó Amanda antes de besarlo. ―. Sabes estoy por pensar que a tu hijo le funciona lo de los deseos.
―Bueno, pues, habrá que ayudar a las estrellas para que se le cumplan toda su colección de deseos.
―Ja ja ja, ¿de qué hablas?
―¿Un perro? ¿Una casa grande? ¿Una hermana? ―dijo entre risas mirándola fijamente a los ojos.
―¡Ni loca! ¡Qué deje de creer en las estrellas! Ya le diremos que todo ha sido una simple, fría, económica y burocrática fusión de dos empresas.
―Ja ja ja ja, ¡no serás capaz!
―No, pero ¿un perro? ¡Ni loca! No tengo tiempo para él, ¿cómo voy a tenerlo para un perro? ¿Una casa más grande? Primero tendremos que asentarnos nosotros, ¿no crees? Además, te recuerdo que hay cuatrocientos kilómetros entre tu casa y la mía. ¿Una hermana? No, además, aún faltan cinco años para ese viajecito a Canadá.
Las risas de Alejandro resonaron en la plaza, los turistas de las mesas aledañas no pudieron evitar girar sus cabezas para ver el motivo de aquellas contagiosas carcajadas.
―Sí, sí, ríete pero alguien me prometió llevarme a Canadá, tus padres están de testigos. Bueno, tu madre que si mal no recuerdo tu padre estaba más dormido que despierto.
―Ja ja ja, ya pero ese trato ya no vale, Diego se adelantó.
―¿Vas a poner a tu hijo como excusa para no pagar tu deuda? ―preguntó en tono irónico Amanda. ―¿Me vas a dejar sin concierto de Bublé? Te recuerdo que aquí estoy yo cumpliendo mi promesa.
―Sí, pero Diego llegó antes―volvió a decir entre risas―, yo no debo culpa de ello.
―Bueno, eso de no deber culpa no es cierto, guapito―rio Amanda―, sin tu participación no hubiese habido niño.
―Bueno, bueno… si nos vamos a poner tiquismiquis―bromeó―.Uhm, mira que lo pasamos bien ese fin de semana. El chocolate estaba muy bueno. ―comentó con un guiño antes de besarla.
―Sí, todo depende de con que te quedes del fin de semana. ―apuntilló Amanda recordando cómo habían terminado.
―Lo siento―respondió Alejandro volviéndola a besar. ―. Me comporté como un imbécil.
―¿Imbécil?
―Vale, como un cretino, gilipollas, capullo… ¿con cuál te quedas?
―Ah, ¿qué he de elegir solo uno de los calificativos? Pensaba que te estabas describiendo. ―se burló Amanda.
―Señorita Mandy le recuerdo que su comportamiento posterior tampoco fue ejemplar, usted debió comunicarme que iba a ser padre, ¿no cree?
―Sí, lo reconozco pero eso no te exime del viaje a Canadá. ―comentó enseñándole la lengua.
―Pero, dentro de cinco años Diego tendrá nueve años, ¿no es mucho tiempo? ―preguntó con un guiño Alejandro dejándola perpleja.

Amanda miraba fijamente sin palabras la acababa de dejar Alejandro, ¿de verdad quería tener otro hijo? ¿Dónde estaba su Ale? ¿Dónde estaba el Ale que huía de los compromisos? ¿Dónde estaba el Ale que se agobiaba solo de pensar en un niño? Sí, verdaderamente, había cambiado en aquellos cinco años. Sí, aquel era un Ale más maduro, más asentado, tranquilo pero con su chispa y sus toques de locura que tanto le gustaba.

―Ale, tú te has dado cuenta que estamos juntos desde hace tres meses.
―Sí, lo sé, los mejores tres meses de los últimos cinco años. ―confesó antes de dejarle un beso en la mano izquierda.
―¿Y no crees que ese deseo debería esperar más tiempo?
―Eh, que no estaba diciendo que nos pusiéramos en ello ya, solo que igual deberíamos adelantar el viaje a Canadá un par de años, ¿no? ―Alejandro firmó sus palabras con una sonrisa.
―Bueno, siendo así, por un viaje con concierto de Bublé no te voy a decir que no.

Elva Martínez

sábado, 15 de noviembre de 2014

¿De verdad somos tres? : tercer libro trilogía Tres no son multitud.

(...)

―Ahora que estamos solos te confesaré que esto de tenerte esta noche para mí solo me encanta. ―confesó Alejandro una vez subidos los cuatro pisos hasta su casa.
―Uhm, ¿y eso?
―No sé, no sé―dijo abriendo la puerta al tiempo que le robaba un beso a Amanda. ―, por cierto, señorita me ha de contar algo.
―Sí, cierto, la verdad es que ya no me acordaba. ―comentó dejándose caer sobre el sofá exhausta tras la subida de los cuatro pisos.
―Je je je, alguien no está acostumbrada a subir escaleras. Si me hubieses dejado subir tu maleta.
―Es mi maleta.
―Muy bien, muy bien, señorita independiente. ―se burló sentándose a su lado― . ¿Qué es eso que has de contarme?
―Mira que eres cotilla―contestó antes de devolverle el beso―, Ale, si empiezas con este jueguecito de beso va beso viene no voy a poder contarte nada.
―Valeeee, habla ahora o calla para siempre o hasta mañana…
―Ricardo se va a Buenos Aires, a llevar allí la revista.
―Vaya, no sabía nada. No han dicho nada por aquí.
―Yo me he enterado hoy, pero eso no es lo importante.

Amanda se sentó girándose hacia Alejandro para tenerlo frente a frente.

―Me han ofrecido su puesto.
―Uauh, enhorabuena. ¡Mi chica directora! Eh, espera eso quiere decir que ya no formaremos equipo.
―No, eso significa que te ofrecen a ti mi puesto si lo quieres.
―¿Hablas en serio?
―Sí.
―¿Y por qué no estás contenta? Mandy, ¿sabes qué significa eso? ¡Podríamos estar juntos!
―¿Te irías a Valencia?
―Mandy, ¿acaso lo dudas?
―No, no lo dudo, pero ¿crees que es buena idea pasar tanto tiempo juntos? Ale, sería tu jefa.
―¿Y cuál es el problema? No se me ocurre jefa mejor, claro que me costará no entrar en tu despacho y no meterte mano.
―Ale, ¿crees que no acabaría con nosotros pasar tantas horas juntos?
―¿Por qué? ¿No pasábamos todo el día juntos en la universidad?
―No éramos pareja.
―Bueno, eso es lo que decíamos nosotros. ―Alejandro le guiñó un ojo. ―. ¿No te alegra que podamos estar juntos? ¿Qué podamos acostarnos y levantarnos juntos? ―preguntó mientras sus labios bajaban lentamente por su cuello. ―, que podamos dedicarnos a la caza y captura del mosquito cada día.
―Uhm…así es imposible decir que no…
―Es que soy irresistible―dijo bajándole la cremallera del vestido, la cual no ponía resistencia a sus raudos dedos. ―, dios, cuánto te he echado de menos estos días.
―Y yo a ti―susurró Amanda.
―A ti y a tus labios de fresa―comentó quitándole el vestido y dejándolo en el suelo mientras Amanda comenzaba a desabrocharle su camisa y un apresurado Alejandro se desprendía de sus pantalones.

Pronto una madeja de ropa irrumpió en medio del impoluto salón, poco les importaba a ellos, Amanda y Alejandro estaban concentrados en sus besos, caricias, en dar y recibir placer...

Elva Marmed


miércoles, 5 de noviembre de 2014

¿De Verdad Somos Tres?: Tercer libro trilogía "Tres No Son Multitud"

(...)

―No sé si voy a acostumbrarme a dormir solo. ―dijo Alejandro antes de volver a besar a Amanda. ―.Por extrañar, voy a echar de menos hasta tu cama.
―¿Solo a mi cama? ―rio Amanda notando los labios de Alejandro bajando por su cuello.
―Señorita González he dicho “hasta tu cama”, no tergiverses mis palabras que nos conocemos. ―comentó clavando su mirada en la de ella. ―. Mandy no sé cómo lo vamos a hacer pero esta distancia no puede durar mucho, yo ya los estoy echando de menos a los dos y aún no me he ido.
―Ale, no me digas estas cosas que ya bastante jodida estoy como para que me digas esto. ―dijo sin poder evitar las lágrimas.
―Eh, Mandy, no llores. Ya verás que encontramos una solución.
―¿Cuál?
―No lo sé pero algo se nos ocurrirá.
―¿El qué? ―preguntó antes de sentir los labios de Alejandro sobre los de ella. ― No necesito saberlo ahora.―dijo entre beso y beso.
―Podemos ponernos a pensar y dejar esto para otro momento. ―bromeó Alejandro.
―Ni se te ocurra―respondió Amanda sentándose sobre de él. ―. Además, ya sé lo que voy a hacer, te voy a secuestrar y no pienso pedir rescate.
―Vaya, señorita secuestradora y ¿qué piensa hacer para retenerme?
―Uhm…déjame pensar―le susurró Amanda al oído antes de comenzar a bajar con sus labios por su cuello.
―Uff… veo que vas a conseguir tu objetivo con mucha facilidad.
―Eres una presa fácil―dijo Amanda levantando la vista para clavarla en la de Alejandro.

Alejandro no podía borrar la sonrisa de su cara mientras notaba los labios de Amanda bajando por su pecho, sus ojos cerrados se abrieron de golpe. No estaban solos en la habitación, Alejandro estiró la mano para hacer parar los labios de Amanda cercanos a su ombligo.

―Diego, ¿pasa algo? ―preguntó Alejandro con voz entrecortada haciendo saltar como un resorte a Amanda bajo las sábanas.
―¿Mamá, qué haces ahí abajo? ―preguntó Diego al ver salir a su madre de debajo de las sábanas.
―Pues…que se coló un mosquito y lo estaba buscando antes de que me picara. ―dijo Amanda intentando mantener la compostura y credibilidad. ―. ¿Qué estás haciendo aquí, cariño? ¿Ha pasado algo?
―Tengo pipi.
―Cielo, pues, vamos al baño. ―respondió Amanda mientras Alejandro aguantaba las ganas de reírse.
Amanda se levantó y acompañó a un pensativo Diego al baño. Un par de minutos más tarde lo arropaba en su cama.
―Hala, a dormir. Buenas noches, piratilla.
―Buenas noches, mami―respondió Diego tras besar a su madre. ―. Mamá― dijo Diego cuando Amanda estaba ya saliendo de la habitación.
―Dime, cariño.
―¿Buscabas al mosquito a oscuras?
―Eh, ¿el mosquito? ―titubeó Amanda que ya había olvidado su propia excusa. ―Sí, claro, si enciendes la luz se esconde.
―Ah, no lo sabía.
―Bueno, pues, ya lo sabes. ―dijo Amanda mientras pensaba cómo se le había ocurrido una excusa tan tonta.
―Mamá―volvió a llamarla Diego.
―Dime, Diego.
―¿Lo encontraste?
―¿A quién?
―¡Mamá, al mosquito! ―exclamó Diego.
―Sí, sí, lo encontré. ¡Hala, a dormir que es muy tarde!


Amanda regresó a la cama donde Alejandro la esperaba muerto de risa.

(...)

Elva Martínez

sábado, 18 de octubre de 2014

Primera Reseña de Lola, mamá en apuros por Mariela Saravia.


Hace apenas dieciocho días salió publicada Lola, mamá en apuros, puedo decir que es una de las historias con las que más he disfrutado escribiendo. No, la palabra exacta no es disfrutado sino divertido. Lola, mamá en apuros ha supuesto una aventura diferente, es la primera de mis historias que ha salido publicada directamente en formato libro sin pasar previamente por el blog. Sí, con ella me he lanzado directamente a la loca aventura de convertir mi pasión en mi trabajo.

Lola, mamá en apuros es una historia diferente a las que había escrito hasta este momento, pues,no nos centramos exactamente en una relación amorosa. Lola tiene una relación estable, tiene un compañero de viaje del que está totalmente enamorada, eso sí, no quiere decir esto que las tentaciones y los problemas no aperezcan. ¡Si no fuera así no sería creíble! ¿Acaso no tienen espinas las rosas?

Lola no ha sido diferente solo por eso sino porque he tenido un pequeño grupito de lectura que ha visto cada avance capítulo a capítulo, esa ha sido mi particular manera de saber que no solo a mí me gustaba lo que escribía. 

Eso sí, algo he mantenido igual, confiar en mis reseñadoras especiales, esas que han estado a mi lado desde el principio de mi aventura literaria. Una es Evelyn Cuellar,  la otra Mariela Saravia, quien ha corrido como Lola sobre sus tacones (uhmm, me gusta como título,je je je),  regalándome esta maravillosa reseña. Gracias, Mariela por hacerme creer en mí. Ah, también tendré una nueva reseñadora Feli Ramos Cerezo, a quien le doy la bienvenida.

Bueno, aquí les dejo su reseña sobre Lola, mamá en apuros, con la cual esteoy segura correran a por ella.



Elva Marmed

jueves, 16 de octubre de 2014

¿De Verdad SomosTres? : Tercer libro de la Trilogía "Tres No Son Multitud"



¿De Verdad Somos Tres?     

Tercer y último libro de la exitosa trilogía Tres No Son Multitud, en el conoceremos el desenlace de la historia de Diego,el pirata, y sus padres (Ale y Mandy).  Por cierto, la servilleta te da una pista de donde comienza la acción...

Hoy dejamos un breve fragmento del primer capítulo...

jueves, 9 de octubre de 2014

De perros y sus dueños: Pongo


Pongo miraba a un lado y a otro, no lograba entender nada de nada, casi  podríamos asegurar que no le gustaba lo que veía. ¿Qué estaba sucediendo? Sus dueños siempre lucían una sonrisa en la cara, últimamente no era esa la realidad. Sí, hacía días que él era el único que recibía besos y caricias. Sí, hacía días que no los veía jugar en el sofá, hacía días que no veía esa complicidad implícita en sus miradas. Pongo salió al pasillo de entrada topándose con un par de maletas.
Ah, igual se van de vacaciones. Sí, igual me toca quedarme en la residencia. Uhm, la chica de la residencia me gusta, siempre es muy cariñosa conmigo, pensaba Pongo mientras olisqueaba aquellas maletas. Uhm…no creo que no se van de vacaciones, no tienen caras contentas, igual Natalia vuelve a irse de viaje por el trabajo. No, esta maleta no huele a la ropa de Natalia, huele a Pedro.
Pongo comenzó a agitar el rabo, Pedro se acercaba hacia él con intención de acariciarlo.
―Te voy a echar de menos colega, pero el viernes sin falta estoy aquí y te vendrás conmigo. ―dijo Pedro mientras le acariciaba la cabeza a Pongo.
¿A dónde se va, Pedro? Pedro nunca se va de viaje de trabajo. ¿Viernes? ¿Qué día de la semana es hoy? ¿Hoy no es viernes? Sí, debe serlo, si no me equivoco. ¿Por qué se va? ¿Por qué me iré con él? ¿Qué pasa el viernes? ¿Por qué está tan serio? Natalia también está muy seria. ¡No entiendo nada!
―No estoy del todo segura que sea una buena idea tener a Pongo de una casa a la otra. No sé si eso será bueno para su estabilidad. ―comentó Natalia.
¿De un lado a otro? ¿Dos casas? ¿Natalia y Pedro ya no viven juntos?, Pongo no paraba de darle vueltas a su cabeza mientras prestaba atención a las caras, gestos, movimientos y conversación de sus dueños.
―Casi mejor lo ves en el parque. ―Volvió a hablar Natalia.
―No, eso ni de broma. Pongo es tan mío como tuyo, de hecho fui yo él que insistió para tener un perro, ¿hace falta que te lo recuerde? ―se apresuró a decir Pedro. ―Pongo es de ambos y si es necesario iré ante un juez para solicitar una custodia compartida.
¿Se están peleando por mí? ¡Yo quiero estar con los dos!, pensaba Pongo mientras ladraba y lamía las manos de Natalia y Pedro.
―Tranquilo, colega, tú no vas a pagar los platos rotos. Nos tendrás a los dos aunque por separado y, si es necesario pondremos por escrito tu custodia. Yo no voy a disfrutarte a ratos robados.
―¡No seas exagerado, Pedro! Sabes que nunca te quitaría a Pongo, solo pensaba en lo mejor para él, pero sí supongo que de alguna manera lo mejor para él es tenernos a los dos.
―Sí, a los dos. A los dos al mismo tiempo.
―Pedro, por favor, no hagas esto más difícil. Ya lo hemos hablado. No me hagas sentir culpable por la situación.
―¿Qué no te haga sentir culpable? ¿Bromeas? ¿Quién ha decidido que esto era lo mejor? ¿Quién se ha sentido agobiada en nuestra relación? ¿A quién le falta el aire? ¿Quién necesita más espacio, más tiempo?
―Pedro, por favor. ―casi suplicó Natalia―. Entiéndeme, por favor.
―¿Y tú? ¿Me entiendes tú a mí?
Pongo asistía en silencio y completamente quieto a la conversación entre Natalia y Pedro, comenzando a darse cuenta de la situación. Pedro y Natalia se separaban pero no lo entendía, ellos se querían y eso él lo podía asegurar. A pesar de aquella frialdad en sus palabras, a pesar de que no había besos, caricias, abrazos y juegos entre ellos sus miradas demostraban que se querían.
―Nada, no te preocupes. No hace falta que me entiendas, ¿para qué? Tú has decidido por ti y por mí. ―Un más que dolido Pedro replicó mientras acariciaba la cabeza del dálmata. ―. ¡Qué te vaya bien en tu nueva vida! ―exclamó con cierta ironía. ―Pongo, colega, el viernes vendré a por ti.
Pedro abrió la puerta y tiró de sus trolleys  al pasillo. Pongo miraba a un lado y a otro, aquellos rostros serios parecían querer decirle algo al otro, pero nadie habló. Nadie dijo nada. Pedro seguía de pie junto a la puerta con la mano derecha en el pomo mirando fijamente a Natalia. Pongo le lamió la mano volviendo junto a Natalia para hacer lo mismo con ella. Natalia intentaba mostrar frialdad en su mirada, pero él era capaz de reconocer cuando su dueña se encontraba mal.
Pedro cerró la puerta. Pongo ladró un par de veces. No quería aquella separación, él quería tenerlos a los dos. ¿Por qué se separan los humanos? ¡No lo entiendo!, pensaba mientras acariciaba con su cabeza la pierna de Natalia.
―No te preocupes, Pongo, pase lo que pase siempre nos tendrás a los dos. ―dijo Natalia acariciándole la cabeza.
Í Í Í Í
Días hacía que en su interior convivían una infinidad de sentimientos: rabia, enfado, desesperación, desilusión... y un no entender nada de nada. Dos semanas llevaban hablando de lo mismo. Dos semanas escuchando a Natalia decir que necesitaba tiempo, espacio, encontrarse a sí misma. Dos semanas intentando entenderla, intentando convencerla de lo mucho que la quería. Dos semanas pidiéndole que se fuera de vacaciones unos días pero que no acabará con aquella relación.
Cinco años de relación tirados por la borda. Pedro no entendía en qué momento todo se había ido a la mierda, culpándose por no haberse dado cuenta de ello intentando poner remedio a lo que ahora parecía no tener solución.
Natalia no te entiendo, no comprendo ni tus motivos, esos que no me has dado, ni tus razones para esta separación, pero te quiero y respeto. Quieres tiempo, quieres espacio, pues, aquí lo tienes. Espero que no te arrepientas, no digas tonterías Pedro, sí quieres que se arrepienta y vuelva contigo, pensaba mientras se abría la puerta del ascensor.
―¿De viaje? ―preguntó la vecina del cuarto B al verlo entrar con las maletas en el ascensor.
―Hola, Asun, ¿qué me decías?
―Te preguntaba si te ibas de viaje aunque normalmente la que se va de viaje es Natalia. Por cierto, ¿cómo está Natalia la última vez que la vi la encontré muy delgada? Claro que siempre va corriendo, no sé cómo no se ha roto la cabeza corriendo sobre esos tacones.
Pedro miraba a su vecina asintiendo con la cabeza aunque no había oído nada de nada. ¿Qué le había dicho de Natalia? Ni idea y tampoco iba a estar contándole su vida para que cotilleara con las vecinas.
―Hasta luego, Asun, que tengas buen fin de semana.―dijo nada más abrirse la puerta del ascensor.
―Pero, ¿te vas de viaje?
Pedro escuchó la pregunta pero ya estaba junto a la puerta de la calle y, no tenía ganas de dar explicaciones. Corriendo salió del portal arrastrando sus maletas, levantó la vista buscando su balcón. Allí estaban Natalia y Pongo, su novia y su perro. No, Pedro, ya no es tu novia, pensó bajando la mirada y buscando las llaves del coche.
―Entremos en casa, Pongo―dijo Natalia secándose las lágrimas que comenzaban a caerle. ―¡Mierda, Natalia! ¿De verdad quieres esto?
Í Í Í Í
―No entiendo nada de nada. ¿Qué es lo que ha pasado? Chico, estoy fuera unos días y pasa de todo. ―comentó Andrés mirando al mismo tiempo a Pedro y a aquel trío de perros jugar. ―. Este se lía con mi hermana, tú y Natalia dejan lo vuestro. ¿Esto que es para equiparar el mundo? ¡Qué feliz vivo yo desparejado!
―Oye, cómo que este. ―rio Iván. ―.Tengo un nombre.
―Ni puta idea, no sé si es por equiparar el mundo o por joderme la vida, ni idea. ―contestó Pedro.
―Pero, ¿qué ha pasado? ¿Hay otro tío? ―quiso saber Andrés.
―No, no hay nadie, parece ser que se ha agobiado, dice que necesita espacio.
―Y tú te has quedado con Pongo por lo que veo. ― comentó Iván mientras miraba con una delatadora sonrisa el mensaje que acababa de llegarle al móvil.
―No, lo compartimos. Una semana con uno y otra con el otro.
―Pero, ¿esto es temporal? ―preguntó Iván sin levantar la vista del móvil.
―¿Lo de compartir a Pongo o lo nuestro?
Pedro y Andrés observaban a Iván que parecía haber desconectado por completo.
―Mi hermana le ha dado fuerte. ―rio Andrés.
―Déjalo, es entendible, tu hermana es un encanto y está muy bien.
―Eh, ¡qué es mi hermana!
―¿Ahora te va a salir el lado protector? ―bromeó Pedro olvidándose por un momento de Natalia.
―No, sí, bueno, la verdad es que hacía tiempo que yo los quería presentar.
―¿De qué habláis? ―preguntó Iván volviendo  a la conversación tras guardar el móvil. ―¿Qué me he perdido?
―Nada, que aquí Andrés te capa como hagas sufrir a su hermanita.
―¿Qué? ¿Ahora soy yo el tema de conversación?
―Tío, que te has quedado empanado leyendo los mensajitos de Ana, porque no me vas a negar que estabas whatsapeando con ella, se te pone una cara de atontado que flipas. ―rio Andrés.
―Bah, paso de ti. ―bromeó Iván, a sabiendas que era verdad lo que decía Andrés. ―. Volvamos con Pedro, ¿esto es definitivo o tiene solución?
―No lo sé, me ha pedido tiempo y espacio.
―¿Y dónde vives ahora? ―siguió preguntando Iván.
―En casa de mis padres, lo peor, porque encima mi madre no hace más que decirme que  a saber qué he hecho. Ella adora a Natalia y me echa la culpa, que tiene cojones que tu madre se ponga en tu contra y  yo no he hecho nada de nada o eso creo.
―¿Y Pongo va y viene? ―preguntó Iván.
―Sí, una semana conmigo y otra con Natalia.
―¿Has vuelto a hablar con ella? ―quiso saber Iván.
―No, hoy me ha mandado un whatsapp para decirme que llevaba a Pongo a casa de mis padres porque por la tarde no estaría en casa.
―Igual dentro de unos días te llama y dice que te echa mucho de menos. ―comentó Andrés.
―No lo sé. Esto es una mierda, yo no entiendo nada de nada porque no creo haber hecho nada para agobiarla.
―Tío, las mujeres son así, no hay quien las entienda. ―soltó Iván.
―Eh, eh, ojito con lo que dices.―rio Andrés.
―Joder, ¡la que me ha caído encima con este!
―Como emparentes con este, lo vas a tener jodido. No te va a dejar pasar ni una. ¿Entiendes ahora por qué no tenía pareja Ana?
―Ya ya lo veo.
―Je je je, no os paséis ni un pelo―rio Andrés. ―. Bueno, y tú, ¿qué haces esta noche? A Iván ni le pregunto porque ya imagino.
―Imaginas mal, tu hermanita sale esta noche con Félix.
―Entonces, no hay más que hablar nos vamos de cena y  luego a tomar algo.
―Eh, no, no contéis conmigo. No me apetece. ―se apresuró a decir Pedro.
―No, de eso nada, tú no te quedas en casa. ¿Qué vas a hacer sentarte con tu madre a ver los cotilleos? ―replicó Andrés―Esta noche salimos los tres y no hay nada más que hablar.
―Pero…
―No, nada de nada, Pedro, no hay pero que valga.
Í Í Í Í
Natalia no terminaba de encontrar su sitio. ¿Qué estás haciendo Natalia? ¿Qué haces de copa con tus amigas en vez de estar con Pedro? ¿De verdad necesitas volver a esta etapa nuevamente? ¿Acaso no disfrutaste de esta locura hace uno años?, pensaba Natalia mientras el camarero les dejaba una nueva ronda en la mesa.
―¿Qué pasa Nat? ―le preguntó Helena.
―No lo sé, no sé qué hago aquí.
―¿Cómo que no lo sabes? ¿Divertirte, tal vez? ―bromeó Mabely. ―Anda, teta, arriba ese ánimo, por la mejor de tus sonrisas, ya verás que hoy triunfas.
―¿Qué triunfo? Mabely, ¿de  verdad, crees que tengo ganas de liarme con alguien?
―¿Qué te lo impide? Vuelves a estar en el mercado. ―comentó Mabely guiñándole un ojo al camarero.
―Yo no estoy en el mercado. No estoy buscando nada, si he dejado aparcada mi relación con Pedro es porque necesitaba espacio o creía necesitarlo.
Helena comenzó a hacer señas a una pareja que acababa de entrar.
―Eh, no esperaba veros por aquí. ―saludó Helena a los recién llegados. ―. Nat, Mabely, estos son Ana y Félix compañeros de trabajo. ―. ¿Os sentáis con nosotros? ―preguntó Helena casi suplicando con la mirada y haciéndole señas a Félix para que se sentara a su lado.
―Vale, genial―contestó Félix sentándose junto a Helena mientras los ojos de Ana le decían un silencioso “te lo dije”. ―, ¿Anita qué vas a tomar? ―preguntó Félix haciéndole señas al camarero.
―Un gintonic.
Helena comenzó a contar anécdotas del instituto  sin poder disimular la atracción que sentía por Félix.
―Yo voy a bailar―comentó Mabely levantándose. ―, ¿alguien se apunta?
―¿Te apetece Félix? ―casi imploró Helena.
―Vale.
―¿Vienes, Ana? ―preguntó Félix para decepción de Helena.
―No, no, ve con Helena, tengo los pies destrozados, solo a mí se me ocurre estrenar zapatos hoy.
Natalia y Ana se quedaron sentadas en silencio, contemplando durante un rato bailar a sus amigos.
―Así que sois profes también.
―Sí.
―¿Los tres sois de lengua?
―No, yo soy de matemáticas.
―¿Y Félix es tu novio? ―preguntó Natalia tras darle un sorbo a su copa, intentando tener información sobre aquel chico del que en más de una ocasión le había hablado Helena.
―¿Félix y yo? No, para nada. ―sonrió Ana.
―¡Mejor para Helena! ―soltó sin darse cuenta Natalia. ―Mierda, no comentes nada, ¡me mata!
―Ja ja ja, no te preocupes. De todas maneras, creo que alguien va a tener que hablar con Helena porque con Félix es misión imposible.
―¿Tiene novia?
―No.
―Entonces es de los que no quieren más que un aquí te pillo, aquí te mato. ―rio Helena.
―No, es que tenemos los mismos  gustos.
―¿Los mismos gustos? ¡No me jodas! ―exclamó Natalia ante los divertidos ojos de Ana. ― ¡Quién lo diría!
―Hombre, es que no es algo que se lleve escrito en la cara.
―No, claro. Tienes toda la razón― confirmó Natalia―, a Helena le va a dar algo.
―Ya se lo había comentado a Félix, me había dado cuenta de cómo lo miraba. Normal, Félix está muy bien.
―Sí, la verdad es que sí.
―Fíjate su fallo es que tiene dos pies izquierdos―bromeó Ana―, el muy jodido no tiene maldito ritmo bailando.
Natalia y Ana comenzaron a reírse, a Natalia poco le duró la risa. Su rostro se volvió serio, Ana enseguida se percató de su cambio pero ella solo tenía ojos para las sonrientes caras de Andrés e Iván que la habían visto nada más entrar.
―¿Te pasa algo? ―preguntó Ana.
―Sí, no, tonterías mías. ¿Los conoces? ―preguntó Natalia al ver acercarse a Pedro con sus dos amigos.
―Sí, es mi hermano, mi… mi…bueno, lo que sea, el chico con el que estoy empezando a salir y un amigo de ellos, Pedro si mal no recuerdo.
―Sí, Pedro.
―Veo que lo conoces.
―Sí.
―Hola―dijeron al unísono Andrés, Iván y Pedro nada más llegar a la mesa donde Natalia y Ana estaban sentadas.
―Hola―contestaron.
Natalia clavó su mirada en Pedro. ¿Cómo era posible que hubiese perdido peso en un par de semanas que llevaban separados? Lo encontraba demacrado, con cara de cansancio, sin contar que aquella seriedad no era nada habitual en él.
―Esto sí que es una sorpresa, no sabía que vosotras os conocíais―confesó Andrés dándole un par de besos a su sonriente hermana.
―En realidad, nos acabamos de conocer, tenemos una amiga en común. ― contestó Natalia levantándose a saludar sin saber cómo hacerlo con Pedro.
―Creía que salías con Félix―dijo Iván acariciándole el brazo a Ana. ―. Estás preciosa―le susurró al oído.
―Sí, ahí lo tienes bailando con Helena. ―contestó Ana observando la tensión existente entre Natalia y Pedro.
―Bueno, yo los dejo. Nos vemos mañana―dijo Pedro sin apartar los ojos de Natalia. ―. Ana, un placer haberte visto. Natalia…
―¿Te vas a ir en serio? ―preguntó Andrés a sabiendas de cuál era el motivo.
―Sí, estoy cansado. Ya nos vemos mañana.
Pedro no dijo nada más. No estaba preparado para encontrarse con Natalia, ni siquiera sabía cómo saludarla y, por supuesto, no podía mantener una conversación con ella como si nada hubiese pasado. Pedro hizo un gesto de despedida y se marchó. Tras dudar unos instantes Natalia salió corriendo tras de él, no podía verlo así, necesitaba hablar con él.
―Pedro, espera un momento.―dijo Natalia mientras agarraba por el brazo a un sorprendido y serio Pedro que ya estaba en la calle.
―¿Para qué?
―Tenemos que hablar.
―¿Sobre qué?
―Sobre ti y sobre mí, sobre nosotros.
―Ah, ¿hay un nosotros? ―contestó en tono sarcástico.
―Pedro, por favor, solo te he pedido tiempo.
―¿Tiempo para qué, Nat? ¿Para salir con tus amigas? Eso ya lo hacías, no somos precisamente la típica pareja que o sale junta o no lo hace.
―Ya lo sé pero no es eso, entiéndeme.
―¿Qué te entienda?
―¿Qué quieres que entienda? Explícame lo del espacio, explícame por qué cojones te sientes agobiada e igual te entiendo. Ahora si no me vas a dar explicaciones mejor me voy.
―¡Pedro!
―¿Me vas a aclarar algo? ―preguntó Pedro zafándose del brazo de ella. ―No hace falta que digas nada, ya veo que no.
―Pedro, por favor.
―¿Qué? ¿Vas a darme una explicación?
Natalia vio alejarse a Pedro calle abajo mientras ella debatía consigo mismo sus sentimientos. ¿Qué demonios te pasa, Natalia? ¿No crees que sería mejor contarle la verdad? Sí, se va a enfadar, igual es él quien no quiere volver a saber nada más de ti, pero tú podrás respirar. Sí, cuéntale la verdad aunque de una manera egoísta  solo sea para sentirte mejor y, quitarte este peso de encima
―Pedro―gritó corriendo nuevamente en su búsqueda.―, muy bien, te daré una explicación.
―Soy todo oídos.
―Esto es muy embarazoso para mí. Pedro, yo te quiero.
―Y si me quieres ¿por qué estamos separados? ―preguntó acariciándole la cara. ― ¿Por qué esta tontería tuya de la necesidad de espacio, de tiempo? No creo que sea una pareja agobiante.
―No, no lo eres. Tú no eres el problema, el problema soy yo.
―¿Por qué, Nat? ―preguntó volviéndole a acariciarle la cara. ―¿Estás llorando? No entiendo nada, dime qué pasa.
―¿Recuerdas mi último viaje a Barcelona?
―Sí, bueno, uno de tantos. ¿Qué pasó?
―Salimos a cenar, a celebrar que todo iba sobre ruedas, bebimos más de la cuenta y…
El rostro de Pedro se había quedado serio, comenzaba a atar cabos sin necesidad de escuchar el fin de la historia.
―No sigas, no hace falta que continúes, ¿me estás diciendo que te has liado con quién? ¿Con Ricardo?
Natalia asintió con la cabeza mientras ya no podía contener las lágrimas, Pedro dejó de acariciar su rostro, la ternura de su mirada se había convertido en frialdad.
―¿Por qué?
Natalia no dijo nada. Sus hombros hicieron un ligero movimiento casi imperceptible mientras sus lágrimas cada vez eran más frecuentes y abundantes.
―Todo este tiempo haciéndome sentir culpable, pensando que había hecho o dicho algo que te había dolido y tú…―Pedro se calló. ―, mejor me voy no quiero saber nada más. ― Pedro dio media vuelta y siguió calle abajo mientras Natalia rompía a llorar desconsolada.
―Pedro―volvió a gritar y a correr detrás de él hasta darle alcance tras casi caerse de sus tacones. ―, por favor, perdóname. Lo siento, de verdad, fue un error. Yo te quiero a ti y eso lo sabes.
―Me dices que te has tirado al gilipollas de Ricardo, con el que estuvimos cenando antes de tu decisión de dejar lo nuestro, y pretendes que yo me lo tome como si nada hubiese pasado.
―Fue un error. Fueron las copas. Yo te quiero a ti.
―¿Las copas? ¡No me jodas, Natalia! ¿Qué quieres decir con eso que cada vez que te tomas un par de copas te tiras al primero con el que te cruzas?
El silencio se hizo entre ellos. Natalia se había quedado de piedra al escuchar aquel doloroso e incierto comentario. Pedro sabía que se había pasado, Natalia no era así y él lo sabía, pero estaba dolido…jodido…estaba muy jodido. Ninguno dijo nada.
Natalia permaneció de pie, quieta, las lágrimas habían desaparecido, la confusión y el dolor por aquel comentario se había adueñado de ella. Pedro volvió a retomar su camino, Natalia lo observó alejarse calle abajo, cruzar a la avenida hasta perderlo de vista.
La opresión que sentía en el pecho por su secreto había desaparecido tras liberarse de él, sin embargo, su confesión le había traído otro compañero: el dolor por las palabras de Pedro.
La calidez de la mano de Helena la hizo volver a la realidad, su amiga alertada por Ana había salido en su búsqueda al ver que no regresaba.
―Ahora sí que lo he perdido, Helena.
―Pero, ¿qué ha pasado?
―Le he contado la verdad.
―¿Le has contado lo de Ricardo?
―Sí.
―Pero… ¿le has dicho que fue un error producto de las copas de más?
―Sí, y me ha dicho que si me tiro a cualquiera cuando bebo.
Helena abrió los ojos de par en par al escuchar aquellas palabras.
Cariñet, eso solo lo ha dicho para hacerte daño, él sabe que no es cierto. Dale tiempo, Pedro te quiere.
―No has visto su mirada, Helena, nunca me había mirado con ese desprecio. Yo he jodido lo nuestro, yo solita. Fui una imbécil y más aún por no haber callado, ¿cómo creí que tras contárselo íbamos a arreglar lo nuestro? Él antes no entendía nuestra separación, ahora le he dado motivo para no querer estar conmigo.
―No te preocupes, ya verás como todo se arregla. Pedro está enamorado de ti, te  quiere con locura. Anda alegra esa cara y volvamos dentro.
―Me temo que ahora soy una pésima compañía.
―Espera, ya sé cómo alégrate la noche.
―Sí, ¿cómo?
―Cuando te cuenta lo gilipollas que he sido…
―Esto… ¿tiene algo que ver con Félix?
―¿Qué sabes tú? Si piensas que está liado con Ana te equivocas de lleno.
―Lo sé, Ana me lo ha contado.
―¿Y te ha dicho que es homosexual?
―Sí, lo siento, Helena sé lo mucho que te gustaba ese chico. ―dijo con un atisbo de sonrisa.
―Sí, ríete, ríete. ¡Doy pena! Tengo un ojo clínico para elegir tíos, ahora hemos pasado de los que ya están pillados a los que les gusta lo mismo que a mí.
Las risas de Helena y Natalia llamaron la atención de un chico que paseaba con su perro delante de ellas, girándose y dedicándoles una sonrisa. Natalia le dio un suave codazo a Helena para que se fijara en el paseador de perros, dándose cuenta acto seguido que lo conocía.
―Hola, no te había reconocido sin Pongo.―la saludó el chico.
―Hola, ni yo a ti, me ha desubicado la zona. ―confesó Natalia acariciando al bóxer.
―Bueno, sigo mi paseo. Un placer haberlas visto―dijo clavando su mirada en Helena.
Natalia volvió a darle un codazo a Helena cuando el chico siguió su camino.
―¿Has visto cómo te ha mirado? Diría que le has gustado al veterinario de Pongo.
―No digas, tonterías. Anda vamos dentro que salí a buscarte porque Ana estaba preocupada, y ahora deben estar mosqueados porque somos dos las que faltamos.
Í Í Í Í

Pedro no sabía qué hacer, un maremágnum de sentimientos habitaban en él, llegándose a sentir culpable por su comentario. ¿Cómo has podido decirle tal cosa a Natalia?, pensaba mientras Pongo comenzaba a lamerle las manos.
―Pongo, ¿tú qué harías? ―le preguntó a su fiel amigo antes de volver a tirarle la pelota.
El dálmata pasó de ir a por la pelota subiendo sus patas delanteras sobre los hombros de Pedro para poder chuparle la cara.
―Vale, vale, baja, ¿qué me quieres decir con eso? ¡Ya podrías hablar, colega!
―¿Si te contesta me avisas? ―rio Andrés que acababa de llegar.
―Hola, Andrés, no te había visto llegar. ―saludó Pedro al tiempo que Pongo salía corriendo en busca de Titán. ―.Hala, abandóname tú también.
―¿Qué pasa? ¿Seguimos dándole vueltas al mismo tema? ¿Qué paso ayer con Natalia? Ella tardó bastante en regresar así que imagino que aclararíais el tema.
―Algo.
―¿Y bien? ¿Hay solución?
―Pues, todo depende.
―¿De qué? ―quiso saber Andrés.
―De mí.
―¿Y entonces? ¿Habías hecho algo que le molestara?
―No, se ha tirado al gilipollas más gilipollas que madre haya parido.
―¿Qué? ¿Estás hablando en serio? ¿De verdad estás hablando de Natalia? ¿De la Natalia que conozco desde la universidad?
―Sí, de la misma.
―Perdona, pero me cuesta creérmelo.
―Pues, créetelo porque es así.
―Pero…no entiendo nada. Natalia está completamente enamorada de ti―comentó un sorprendido Andrés―, si me costaba entender que necesitara tiempo y espacio, esto me resulta increíble.
―Pues, es así. Ayer me lo confesó, la culpa debía estar matándola.
―Pero… Pedro, perdona que insista en el tema, pero es que no termino de creérmelo, conozco a Natalia desde hace mucho tiempo y no le pega para nada este tipo de cosas.
―Sorpresas que da la vida. Aun tuvo la poca vergüenza de poner como excusa las copas de más.
―¡Pedro!
―Pedro, ¿qué? Ya sé que la conoces a ella antes que a mí pero ¿qué quieres que haga? Joder, que un par de días después de haberse tirado al gilipollas de Ricardo estuvimos cenando con él.
―Pedro, si de algo no me cabe duda es que Natalia te quiere y, ahora tengo claro que toda esta situación se ha generado porque se sentía culpable y no sabía cómo actuar. ¿Sabes que podías no haberte enterado de este error? Y va las copas de más no la justifican de haberlo hecho, pero…
―¿Pero qué?
―Pedro, que sabes perfectamente que te pueden llevar a hacer algo que sereno no harías. ―dijo Andrés  mientras echaba un vistazo a Titán y Pongo, que seguían corriendo alrededor de los árboles.
Pedro se había quedado callado, sabía perfectamente que Andrés tenía razón, pero le dolía la situación y no sabía si podría olvidar algo como aquello.
                                                              
Í Í Í Í
―Hola, Pedro, hacía días que no te veía. ¿Cómo está Natalia, últimamente la veo muy desmejorada?
―Hola, Asun, perdona tengo un poco de prisa. ―contestó Pedro subiendo por las escaleras y pasando del ascensor. No quería darle explicaciones a su vecina.
Joder, mira que es cotilla y no sé cómo me las arreglo que siempre me la tengo que encontrar a ella, parece que tenga un radar, pensaba mientras subía hasta el tercero. Instintivamente se echó manos al bolsillo para sacar las llaves de hasta hace dos meses su casa. Volvió a guardarlas, antes de llamar al timbre escuchó a Pongo detrás de la puerta.
―Hola―saludó Natalia al abrir la puerta.
Pedro sintió que el corazón iba más rápido de lo normal al percibir el aroma del perfume de Natalia. Aquella era la primera vez que se veían desde su confesión, en las últimas semanas habían hecho el intercambio por medio de Andrés. Natalia iba hasta el río y dejaba allí a Pongo con Andrés hasta que Pedro llegaba en su busca.
―Hola―respondió Pedro notando una legión de mariposas apoderándose de su estómago. ―¿Nos vamos Pongo?
―¿No quieres tomarte un café? ―preguntó Natalia con un atisbo de sonrisa en los labios.
―No, gracias.
―Otro día.
―Otro día. ―repitió Pedro.
Natalia se despidió de Pongo antes de ponerle la correa.
―Nos vemos el viernes.
―Sí, hasta el viernes―contestó Pedro―.Vamos Pongo.
Esto es insostenible. Yo no puedo verla sin que el corazón se me acelere, pensaba mientras bajaban las escaleras. Pedro, esto que estás haciendo es una soberana gilipollez, tú estás enamorado de Natalia y sabes perfectamente que un error lo puede tener cualquiera.
―Pongo, volvemos a casa―dijo cambiando el sentido y volviendo a subir los dos tramos de escaleras que habían bajado.
Pongo no paraba de mover el rabo, Pedro le había soltado la correa y ambos subían corriendo las escaleras. Pedro rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar las llaves de su casa.
Pongo entró corriendo en su casa arrastrando la correa en su camino en busca de una sorprendida Natalia, que se secaba las lágrimas saliendo del salón. Pongo se apoyó sobre sus patas traseras y le chupó las mejillas, secándole las saladas lágrimas.
―Hola, me lo he pensado mejor y quiero ese café.
―Ah, el café―contestó decepcionada.
―Sí, pero primero quiero otra cosa―dijo acercándose a ella y agarrándola por la cintura.
―¿Qué? ―preguntó Natalia notando las manos de Pedro rodeándola.
―Besar a mi novia que hace mucho que no lo hago―dijo antes de abrazarla con fuerza y besarla apasionadamente. ―. Perdóname, Nat.
―No tengo nada que perdonarte, tú a mí sí.
―Sí, sí que tienes, no debí decirte lo que te dije.―contestó volviéndola a besar mientras Pongo daba vueltas alrededor de ellos arrastrando la correa tras de él y enredándose sin querer en las piernas de sus dueños. ―. Pongo para. ―gritó Pedro entre risas al ver el entusiasmo del dálmata.
Las paredes volvieron a escuchar las risas olvidadas en las últimas semanas porque tarde le había llegado la orden a Pongo. Natalia y Pongo terminaron en el suelo bajo Pongo que no paraba de lamerlos y ladrar de alegría…
¡Por fin, volvemos a estar juntos!, pensaba Pongo sin dejar de lamer a sus dueños.

Fin