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Tenías que ser tú: Capítulo 1.


Raquel comenzaba a sentir un ligero hormigueo en la mano. ¿Cuántos ejemplares de su novela llevaba firmados? No tenía ni idea. Muchos. Más de los que se hubiese podido imaginar en el mejor de sus sueños. Levantó la mirada y contempló maravillada la aún larga cola frente a la mesa. ¿Quién le iba a decir a ella que iba a lograr aquel éxito con sólo dos novelas en el mercado? Sonrió sinceramente a la chica que le entregaba un ejemplar de su flamante nueva novela agotando la tinta de su pluma con ella.

— Vaya, me he quedado sin tinta.
—Toma, no es tu pluma pero te servirá.—comentó Rosa, su agente, pasándole un Bic cristal.
—Gracias, Rosa. No esperaba firmar tantos libros. Debía haberme preparado haciendo algún tipo de ejercicio especial en el gimnasio. —bromeó guiñándole un ojo a la señora que le dejaba un nuevo libro para firmar. —¿Existirán abdominales para las muñecas?
—Igual sí, nunca se sabe. —continuó con la broma la señora. —.Raquel, eres genial. No sabes lo que me rio leyéndote. Perdona que te tutee pero para mí, tú y tus personajes sois un miembro más de mi familia.
—Gracias, un placer saber que disfrutas con la lectura de mis historias. —contestó Raquel con una amplia sonrisa.
—Gracias a ti por hacerme pasar tan buenos momentos. ¿Puedo darte un beso?
—Sí, claro.—afirmó levantándose.
—Gracias, guapa, eres realmente encantadora.

Raquel volvió a sentarse. Una hora después casi no quedaba gente en la librería. ¿Cuántas horas llevaba firmando libros? Casi cuatro horas. Aquello se salía de todas las expectativas previstas. Ya le había resultado alucinante entrar en la librería encontrándose con su foto por todas partes. Era extraño ver su foto en la cristalera de la librería. ¿Se acostumbraría a ser alguien público? Era raro aunque también gratificante. Sí, ¿cómo no iba a sentirse bien recibiendo halagos de todo el mundo?

—¿Qué haces?
—El boli se me ha caído debajo de la mesa, creo que es un intento de fuga por su parte. Ahora mismo mis dedos y muñecas harán lo mismo. —bromeó mientras se metía bajo la mesa.

Rosa se rio de las ocurrencias de Raquel cuando lo vio entrar. Sus ojos se quedaron clavados en el sonriente chico, que estaba en caja. Aquellos ojos oscuros, aquella mirada, su incipiente barba de un par de días, todo él, le era familiar. ¿De qué lo conocía? Iba elegantemente vestido, probablemente, acababa de salir de trabajar de alguna oficina. Sí, la corbata lo delataba, se había aflojado el nudo.
Rosa no se había percatado que aquel rostro conocido llevaba un rato observando desde la cristalera, decidiéndose entre entrar o no. No sabía cómo sería recibido. Tampoco creo que me eche a patadas, pensó mientras contemplaba a Raquel firmando libro tras libro con su eterna sonrisa en los labios. Si has llegado hasta aquí entras, no tienes nada que perder, Roberto, si no te irás con un par de libros firmados y ya. Eso no te lo va a negar, pensaba sin quitarle un ojo de encima.
Sigue estando tan guapa como siempre, el matrimonio no le ha sentado mal. Pena que no viviéramos en la misma ciudad, en el mismo país…, pensaba mientras pagaba los dos ejemplares que acababa de comprar.

—¡Joder! —Exclamó Rosa en voz alta al percatarse de qué lo conocía.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Raquel saliendo de debajo de la mesa con el moribundo bolígrafo.
—El que se está acercando podría ser Hugo.
—¿Hugo? ¿Quién es Hugo?
—¿Cómo que quién es Hugo? Hugo. Tu Hugo. Tu creación. Uno de los personajes de tu novela.
—¿Qué? —dijo terminando de salir de la mesa y dándose un cabezazo contra la silla. —¡Mierda!
—¿Desde cuándo dices palabrotas, Raquel? —Preguntó sonriente el recién llegado.—¿No vas a saludarme? Digo yo que tras tantos años sin vernos al menos merezco un par de besos de mi amiga la escritora.
—Sí, claro. ¿Cómo estás Hu…, Roberto? —Preguntó mientras su amigo se acercaba a ella para dejarle un par de besos acompañado de un cálido abrazo.
—No tan bien como tú. Estás estupenda.
—No esperaba verte por aquí.
—¿Y por qué no? Vivo aquí, ¿lo recuerdas? La que está fuera de su ciudad eres tú.
—Te equivocas, hace más de un año que vivo aquí.
—Vaya. No lo sabía. En realidad, si no es por mi madre no me entero que habías publicado. Te lo tenías muy calladito. No me comentaste nada la última vez que nos vimos.
—Sabías que escribía.
—Sí, pero no tenía idea que te iban a publicar. Y tu primera novela salió hace dos años, justo el tiempo que no nos vemos.
—Ya, me enteré que me publicaban al poco de… y, bueno…
—Ya, entiendo. Bueno, ¿me firmas el libro para mi madre?
—¿Ha venido?
—No, iba a venir. Es tu más fiel lectora pero se ha quedado con las nietas.
—Las nietas.
—Sí, es lo que tiene ser abuela.
—Ya, imagino.
—Toma y éste es para mí. —comentó mirándola fijamente a los ojos mientras dejaba la novela sobre la mesa.

Raquel se quedó mirando las manos de Roberto. Siempre le había gustado sus manos, sus largos dedos rematados en aquellas uñas perfectas. Con cuidado fue acercando el libro hacia ella mientras Roberto mantenía sus desafiantes dedos sobre él. Le devolvió la sonrisa mientras fingía hacer fuerza para quitar sus dedos del libro. Abrió el libro por la primera página y sin pensárselo dos veces empezó a escribir la más larga dedicatoria de las que había hecho aquella tarde.

—Aquí tienes. Saludas a tu madre de mi parte. Me hubiese gustado saludarla.
—Y a ella verte.
—Gracias por haber venido. —comentó mientras una señora se acercaba con un nuevo ejemplar que firmar.

Roberto se hizo a un lado para que Raquel pudiera proceder a la nueva firma. Raquel sentía su mirada mientras hablaba con aquella nueva lectora. ¿Qué estás esperando, Roberto? ¿Por qué vuelves a aparecer en mi vida?, pensaba mientras volvía a levantarse de la silla. Parecía que había acabado por hoy, al menos, no quedaba nadie en la librería. Sólo estaban ella, Rosa, la dueña con sus dos empleadas y Roberto.

—Bueno, saludas a tu madre de mi parte.
—Lo haré. ¿Vas a hacer algo ahora? Podríamos ir a tomarnos algo y ponernos al día de todos estos años.
—Tampoco tantos. Sólo dos, cualquiera podría pensar que hace una eternidad desde la última vez que nos vimos.
—Entonces, ¿aceptas mi invitación?
—No puedo, he quedado con Rosa. ¿Verdad, Rosa?
—No, por mí no lo hagas. Nosotras nos vemos a menudo. Ve con él, sin problemas. —respondió Rosa notando el agradecimiento en la mirada de Roberto mientras los ojos de Raquel suplicaban ayuda.
—Genial. ¿Tienes para rato aún? —Preguntó Roberto.
—No, ya cerramos. —contestó la dueña de la librería uniéndose al grupo. —. Raquel, muchas gracias por haber estado hoy con nosotras. Ha sido todo un éxito.
—Gracias a ti por haber montado todo esto. La verdad es que no me esperaba una acogida como esta.
—Pues, mejor será que vayas acostumbrándote. Esto es lo que te espera a partir de ahora.

—¿Nos vamos, entonces?

Elva Marmed

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