martes, 23 de diciembre de 2014

¿De verdad somos tres? Capítulo 1.

Capítulo 1: Roma, un cappuccino, tú y yo…

Agosto 2013

Amanda abrió los ojos, Alejandro seguía durmiendo hecho un ovillo a su lado, el brazo izquierdo de Alejandro caía sobre su cuerpo impidiéndole levantarse, claro que tan poco quería hacerlo, estaba tan bien a su lado.

Increíble, esto es totalmente increíble, ¿quién me iba a decir a mí hace apenas unos meses que Alejandro estaría nuevamente en mi vida? Si me llegan a decir que nuestros destinos volverían a cruzarse me hubiese reído como una loca. Pensar que llevo cuatro años llorando de la rabia cada vez que llegaba este día por no poder olvidar nuestra despedida y, ahora estamos nuevamente en un hotel, en una cama, pero ya no hay dudas, fantasmas, miedos… interponiéndose entre nosotros. ¡Será cabrito el destino! ¿De verdad era necesario separarnos si estábamos destinados a encontrarnos?, pensaba Amanda mientras contemplaba dormir a Alejandro.

Alejandro abrió los ojos, la poca luz que se colaba entre las pesadas cortinas azules le permitía ver la cara de Amanda.

―Buenos días―murmuró con voz ronca de recién despertado acariciándole la cara.
―Buenos días.―contestó con una sonrisa.
―¿Puedo saber en qué pensabas?
―Ale, Ale, siempre serás un cotilla.
―A estas alturas no voy a cambiar.
―No, no quiero que lo hagas, me gustas tal y como eres. ―confesó Amanda besándolo.
―Uhm, Mandy, Mandy, te recuerdo que estamos en Roma y no hemos venido hasta aquí para quedarnos en la habitación del hotel, ¿o sí? ―bromeó mientras la agarraba de las dos manos poniéndose sobre de ella y dejándola sin libertad de movimiento. ― No me importaría―le susurró al oído―, eso de ser padre está muy bien, pero ¿no es posible tener intimidad? Ahora entiendo por qué mis padres solo me tuvieron a mí, seguro que no les dejaba ni un minuto a solas. Y que conste que no cambiaría al piratilla por nada en el mundo.

Las risas de Amanda invadieron la habitación contagiando a Alejandro con ellas.

―Hablo en serio. Bueno, igual es que nuestro pirata tiene algún tipo de radar para llegar en los momentos más inoportunos.
―¡No seas exagerado! ―rio Amanda.
―¿Exagerado? ¡Si no nos deja ni un minuto solos! ― exclamó entre risas. ― ¿Sabes lo bueno?
―¿Qué? ―preguntó divertida Amanda.
―Que sé que en estos años no te ha dejado serme infiel. ―comentó divertido antes de besarla.
―Don Alejandro le recuerdo que no podía serle infiel porque no estábamos juntos.
―Minucias―dijo volviéndola a besar. ―, ¿sabes qué día es hoy? ―preguntó mordisqueándole el lóbulo de la oreja.
―Sí, perfectamente, ¿la coincidencia ha sido cosa tuya?
―No, no me di cuenta hasta ayer, la pena es que hoy no sabes a chocolate.
―¿Eso es un problema?
―Para nada, además, siempre me queda tus labios de fresa.
―Ahora mismo no te van a saber a fresa.― aclaró Amanda cuando Alejandro abandonó sus labios bajando por su cuello.
―Mandy, Mandy, ¿crees que me importa mucho eso ahora? Además, siempre podríamos tirar de la Nocilla. ―Alejandro soltó una sonora carcajada.
―En Italia casi mejor Nutella―contestó ruborizándose por el comentario.
―No me puedo creer que la señorita Amanda González siga ruborizándose a estas alturas del partido.
―Ya ves. Hay cosas que no cambian. ―comentó estremeciéndose bajo sus caricias.

Las palabras desaparecieron por un buen rato, solo nombres susurrados se entremezclaban con las respiraciones entrecortadas de ambos mientras sus cuerpos se buscaban y fundían entre un revoltillo de sábanas que terminaron por huir a los pies de la impresionante cama kingsize.

êêêêê

Un impresionante cielo azul los acompañó durante toda la mañana, Alejandro y Amanda habían caído rendidos a los pies de la genuina belleza de la ciudad eterna. No habían parado de callejear en todo el día: la piazza di Spagna a los pies de la Trinitá dei Monti fue una de las paradas obligatorias. ¿Cómo no sacarse una foto en sus célebres escalinatas deleitándose con un delicioso y cremoso helado?

La piazza Venezia, el Popolo, el Panteón, el campo di’Fiori, los foros imperiales, la columna de Trajano… parada en la fontana de Trevi para tirar la moneda y pedir su deseo.

¿Deseo? Creo que mi mayor deseo se ha hecho realidad ya, ¡y a lo grande!, pensaba Alejandro siéndole imposible no rodear por la cintura a Amanda al verla absorta ante tan descomunal belleza.

Apenas un par de paradas habían hecho a lo largo del día, un helado, un café, una porción de pizza, otro café… caminaron a lo largo y ancho del centro de aquella ciudad, sin saber a dónde mirar en cada momento. Indudablemente se declaraban eternos admiradores de Roma, de su belleza extraordinaria y eterna.

Callejeando llegaron a su destino, al destino marcado desde años atrás. Ante ellos se abría paso la inconfundible piazza Navona. Alejandro apretó con fuerza la mano de Amanda al ver frente a ellos la Fuente de los Cuatro Ríos, la cual parecía estar esperándolos.

Sin duda alguna, aquella plaza tenía algo especial, no sabía explicar qué era, pero la magia reinaba en ella. Tal vez, era encontrar gente de todas partes del mundo encandilada por su belleza, turistas atrapados por el constante repiqueteo del agua de aquel trío de fuentes, mezclándose con su propio bullicio multilingüe  junto a la música de las repletas terrazas.

La belleza de fuentes y edificios no era la única que competía por abrirse un hueco en aquella plaza. No, el delicioso olor de los cremosos helados de un sinfín de sabores luchaba contra el incomparable aroma a chocolate de los tartufos y con los inigualables cappuccinos. Sí, justo eso era lo que ellos iban buscando, Alejandro y Amanda querían deleitarse con el célebre café con nombre de fraile.  Helados, pasteles, tartufos tendrían que esperar su momento, su elección estaba hecha desde años atrás.

La pareja llevaba un rato oteando entre las mesas, estaban a la espera que alguien se levantara y ellos poder disfrutar de aquel prometido cappuccino. Alejandro vio levantarse a una pareja, corrió hasta ella tirando de Amanda, que andaba despistada escuchando al cuarteto que tocaba cerca de ellos.

―Eh, cuidado con mi brazo, lo necesito. ―bromeó Amanda mientras Alejandro la conducía entre las abarrotadas mesas para pillar aquel inmejorable sitio.

La espera había valido la pena, desde su mesa tenían una vista general de toda la plaza, de sus monumentales fuentes, de los artistas, vendedores ambulantes y turistas inmortalizando su visita a una de las plazas más bellas del mundo: la piazza Navona.

Amanda no tenía ojos para tanta belleza, sus ojos estaban clavados en Alejandro, que se peleaba con el bolsillo trasero de su pantalón. Amanda observaba entretenida aquella lucha por sacar un doblado papel de su bolsillo. Amanda sonrió al ver depositado en la mesa el tesoro, que Alejandro arrastraba por la mesa con los dedos índice y corazón de su mano derecha:

Vale por un cappuccino en la Piazza Navona.
Amanda González López
05/02/2008

―Creo que tiene usted una deuda conmigo, señorita. ―con aire formal dijo Alejandro.
―¿Estás seguro que esto no ha prescrito ya? ―rio Amanda.
―No, de eso nada, señorita, para eso me he encargado de tenerlo bien guardadito estos últimos cinco años.
―Muy bien, muy bien. Una promesa es una promesa y ya que me has traído hasta aquí…
Amanda volvió a posar sus ojos en la servilleta, la leyó en alto con voz ceremoniosa, parecía que aquella era la primera vez que veía y leía aquellas palabras. Amanda levantó la mano al ver a uno de los ajetreados camareros pasar cerca de ellos.
―Buonanotte! ―saludó el repeinado camarero nada más llegar a la mesa.
―Buonanotte! ―respondió Amanda ― Due cappuccinos, per favore!
―Subito.
―Grazie!

Un sorprendido y admirado Alejandro no apartaba la vista de Amanda, escuchaba atentamente la conversación, nunca antes había oído a Amanda hablar en italiano.

―¿Cuándo has aprendido a hablar italiano?
―No hablo italiano, solo cuatro cosas para hacerme entender.
―Buena pronunciación para solo cuatro cosas.
―Bueno, igual no son cuatro sino unas poquitas más― bromeó Amanda―, digamos que me defiendo.
―¿No habrás estado liada con un italiano en estos años? ―preguntó entre risas. ―A ver si el pirata no ha cumplido bien su misión. ―rio Alejandro.
―Con uno no, con dos. ―se burló Amanda.
―Sí, sí, luego decías que nada de nada en este tiempo. ―continuó la broma Alejandro. ―. Voy a tener que interrogar a Diego.
―Bueno, no soy Santa Teresa.
―Mal ejemplo teniendo en cuenta sus éxtasis literarios. ―la interrumpió entre risas Alejandro.
―¡Mira que eres malo y retorcido! ―comentó entre risas Amanda―, de todos modos, ¿qué quieres que te diga? La que puede puede.
―Sí, sí.
―¿Sabe lo que te digo? No lo pensé,  porque ese hubiese sido el mejor método de aprendizaje.
―Ya― contestó antes de besarla ―. A mí me abandonarías pero a ese dulce pringue le eres fiel. ―comentó volviéndola a besar―. Mira que lo eché de menos.
―Ja ja ja, mira que soy tonta, yo pensando que me habías echado de menos a mí y era a mi gloss de fresa.
―Es que está bueno. ―comentó volviéndola a besar.
―Ja ja ja, lo tendré en cuenta las próximas navidades ―comentó entre risas―. Ale, ahora vuelvo, mi vejiga no aguanta ni un minuto más.
―¿Huyes? ¿No irás en busca de profes italianos? ―rio.
―Je je je, no. Ahora vuelvo.
―No tardes―le susurró al oído volviéndola a besar.
―No, no tardo.

Amanda entró en el café, un risueño Alejandro la observaba hablar con el camarero antes de alejarse por el lateral derecho de la barra. El sonriente y repeinado camarero, que los había atendido, regresó con los cappuccinos a los pocos minutos.

Grazie.
Prego. Vogliono qualcosa di più?
―¿Qué? No entiendo. Non capisco… Luego, ritorna…mi novia.

El repeinado y sonriente camarero dio por terminada la imposible conversación para llevarle un par de botellas de agua a los músicos.

Una nueva melodía comenzó a sonar. Alejandro agudizó sus oídos, conocía a la perfección aquellos acordes. Aquella canción siempre le había recordado a Amanda, aquella canción se la había traído de vuelta la noche de la cena de la fusión de sus revistas. Alejandro no podía dejar de sonreír, le era del todo imposible no hacerlo al escucharla, sobre todo tras haber escuchado la particular versión de su hijo.

Esto debe ser cosa de Mandy, el baño debió ser solo una excusa, pensaba mientras veía a Amanda acercarse con una sonrisa de oreja a oreja.

―Todo un detalle―le susurró al oído antes de besarlo y sentarse.
―Yo no he sido―contestó Alejandro―, ¿no ha sido cosa tuya?
―¿Yo? No, no he sido yo. ―respondió mientras pensaba que si por un casual de los casuales hicieran una película de su vida, aquella canción tendría que ser sin lugar a dudas parte de la banda sonora.

Las fuentes parecían haberse callado, el bullicio de la gente no llegaba hasta ellos, la plaza se había quedado en silencio, Alejandro y Amanda solo oían el Dream a Little dream of me. Callados estuvieron durante la interpretación de la canción.

Amanda no podía evitar pensar en su pequeño pirata, aquella sin duda alguna era su canción. La canción que lo había acunado desde antes de nacer, la canción que tarareaba en su peculiar inglés mientras jugaba, la canción que bailaba siempre con ella y la canción con la cual Alejandro había vuelto a su vida. Sí, era del todo imposible no sonreír y mirar a las estrellas.

¿De verdad funcionará pedirle deseos? A ver si yo he creído estar inventando historias mágicas y, al final, funciona de verdad, pensaba Amanda contemplando a las parpadeantes estrellas. ¿Titilan las estrellas o es cosa mía?

―Un euro por tus pensamientos.―le susurró al oído Alejandro.
―Un euro es toda una fortuna―sonrió Amanda―. En Diego, esta canción irremediablemente me lo trae a la mente, es su  nana particular, y es imposible pensar en él y no mirar a las estrellas. ―comentó Amanda―. Me debes un euro.
―¿Vas a cobrármelo?
―No es un cobro, es un intercambio. ―bromeó Amanda antes de besarlo. ―. Sabes estoy por pensar que a tu hijo le funciona lo de los deseos.
―Bueno, pues, habrá que ayudar a las estrellas para que se le cumplan toda su colección de deseos.
―Ja ja ja, ¿de qué hablas?
―¿Un perro? ¿Una casa grande? ¿Una hermana? ―dijo entre risas mirándola fijamente a los ojos.
―¡Ni loca! ¡Qué deje de creer en las estrellas! Ya le diremos que todo ha sido una simple, fría, económica y burocrática fusión de dos empresas.
―Ja ja ja ja, ¡no serás capaz!
―No, pero ¿un perro? ¡Ni loca! No tengo tiempo para él, ¿cómo voy a tenerlo para un perro? ¿Una casa más grande? Primero tendremos que asentarnos nosotros, ¿no crees? Además, te recuerdo que hay cuatrocientos kilómetros entre tu casa y la mía. ¿Una hermana? No, además, aún faltan cinco años para ese viajecito a Canadá.
Las risas de Alejandro resonaron en la plaza, los turistas de las mesas aledañas no pudieron evitar girar sus cabezas para ver el motivo de aquellas contagiosas carcajadas.
―Sí, sí, ríete pero alguien me prometió llevarme a Canadá, tus padres están de testigos. Bueno, tu madre que si mal no recuerdo tu padre estaba más dormido que despierto.
―Ja ja ja, ya pero ese trato ya no vale, Diego se adelantó.
―¿Vas a poner a tu hijo como excusa para no pagar tu deuda? ―preguntó en tono irónico Amanda. ―¿Me vas a dejar sin concierto de Bublé? Te recuerdo que aquí estoy yo cumpliendo mi promesa.
―Sí, pero Diego llegó antes―volvió a decir entre risas―, yo no debo culpa de ello.
―Bueno, eso de no deber culpa no es cierto, guapito―rio Amanda―, sin tu participación no hubiese habido niño.
―Bueno, bueno… si nos vamos a poner tiquismiquis―bromeó―.Uhm, mira que lo pasamos bien ese fin de semana. El chocolate estaba muy bueno. ―comentó con un guiño antes de besarla.
―Sí, todo depende de con que te quedes del fin de semana. ―apuntilló Amanda recordando cómo habían terminado.
―Lo siento―respondió Alejandro volviéndola a besar. ―. Me comporté como un imbécil.
―¿Imbécil?
―Vale, como un cretino, gilipollas, capullo… ¿con cuál te quedas?
―Ah, ¿qué he de elegir solo uno de los calificativos? Pensaba que te estabas describiendo. ―se burló Amanda.
―Señorita Mandy le recuerdo que su comportamiento posterior tampoco fue ejemplar, usted debió comunicarme que iba a ser padre, ¿no cree?
―Sí, lo reconozco pero eso no te exime del viaje a Canadá. ―comentó enseñándole la lengua.
―Pero, dentro de cinco años Diego tendrá nueve años, ¿no es mucho tiempo? ―preguntó con un guiño Alejandro dejándola perpleja.

Amanda miraba fijamente sin palabras la acababa de dejar Alejandro, ¿de verdad quería tener otro hijo? ¿Dónde estaba su Ale? ¿Dónde estaba el Ale que huía de los compromisos? ¿Dónde estaba el Ale que se agobiaba solo de pensar en un niño? Sí, verdaderamente, había cambiado en aquellos cinco años. Sí, aquel era un Ale más maduro, más asentado, tranquilo pero con su chispa y sus toques de locura que tanto le gustaba.

―Ale, tú te has dado cuenta que estamos juntos desde hace tres meses.
―Sí, lo sé, los mejores tres meses de los últimos cinco años. ―confesó antes de dejarle un beso en la mano izquierda.
―¿Y no crees que ese deseo debería esperar más tiempo?
―Eh, que no estaba diciendo que nos pusiéramos en ello ya, solo que igual deberíamos adelantar el viaje a Canadá un par de años, ¿no? ―Alejandro firmó sus palabras con una sonrisa.
―Bueno, siendo así, por un viaje con concierto de Bublé no te voy a decir que no.

Elva Martínez