miércoles, 13 de mayo de 2015

De perros y sus dueños: Sira.

Sira


             ¿Por qué te has dejado  embaucar por Nat? Por mucho que la conozcas a ella y a Pedro no conoces a sus amigos, solo a Ana. ¿Ana vendrá, no? Sí, supongo que sí, el chico con el que está saliendo es de los mejores amigos de Pedro. Con lo bien que se está en casita, ¿qué hago  yo en medio de la montaña durmiendo al aire libre? Y encima no sé por qué me da en la nariz que esto es una encerrona de la loca de Nat, ¿con quién me querrá liar esta vez?

        Joder, con lo bueno que está Félix, ¿por qué tenía que tener los mismos gustos sexuales que yo? Helena, lo que yo te diga, tienes un ojo clínico para los hombres. Félix homosexual, David un capullo integral, Fernando se tiraba a todo lo que se le ponía delante… Soy un desastre eligiendo pareja, será mi sino.

        ¿Y si le hago caso a la loca de Mabely y me apunto en el crucero de singles por las islas griegas? Si no encuentro nada que me guste, lo cual será lo más normal, por lo menos veo Grecia, que es uno de los lugares que tengo pendientes.¿Quién demonios irá a esos cruceros? ¿Irá gente normal?

        Helena aparcó el coche junto al de Pedro, respiró profundamente antes de salir del coche no pudiendo evitar una sonrisa al ver a Pongo salir disparado en busca de otro par de perros enormes, que salían de los coches cercanos.

―¿Qué se me habrá perdido a mí en Penyagolosa? ―se preguntó viendo al dálmata corriendo tras un pastor alemán y un dóberman.
―Helena, Helena, ¿qué haces que no sales del coche?
Natalia se acercaba a ella rodeada de los tres perros, que daban vueltas alrededor suyo y de Ana.
―Hola, chicas―dijo saliendo del coche.
―¿Qué hacías? ―preguntó Natalia.
―Nada, me había quedado observando a los perros. ¿No había perros más grandes? ―preguntó entre risas.
―Son grandes pero son todo corazón, ya lo verás―comentó Natalia―, aunque cuando llegue Sira igual se pelean por ella.
―No conozco a Sira, nunca he coincidido con ella y con, ¿cómo se llama? Mira que Andrés e Iván me han hablado del veterinario, pero nunca me acuerdo de su nombre.
―Alejo―respondió Natalia mirando a Helena que la miraba recriminatoriamente.
―¿Qué me he perdido? ―quiso saber Ana.
―Aquí, tu amiga que hace de Celestina y acabo de darme cuenta qué hago yo aquí, está intentando liarme con el veterinario.
―¿Quién necesita un veterinario?

Las chicas dieron un salto, ninguna había visto llegar a Alejo y Sira.

―Eh, hola, Alejo. ―saludó Natalia, la única de ellas que lo conocía―. Hola, Sira, creo que hay tres perros que se van a pelear por ti, guapa―comentó Natalia acariciando a la bóxer. ―. Alejo, estas son Ana y Helena.
―Encantado―contestó acercándose y dándole un par de besos a cada una―, creo que tú y yo somos compañeros de tienda, ¿no?
Helena se quedó petrificada, ya ni recordaba que compartía tienda con alguien. Ella no tenía, el saco se lo había pedido a su hermana, quien sí solía salir de acampada.
―Supongo que sí. ―contestó mirándolo fijamente a los ojos.
―Eh, ¿qué pasa con vosotros? ¿No pensáis echar una mano? ¿Vais a pasaros toda la tarde aquí de charleta? ―Iván preguntaba mientras se acercaba a ellos.


ÍÍÍÍ


Las risas resonaban mientras cenaban peleándose con las moscas que intentaban posarse en su comida. Helena había logrado relajarse, aunque seguía albergando instintos asesinos hacia su amiga. No solo hacía de Celestina sino la había colocado en la tienda de Alejo.

―Helena, ¿y tú también eres profe de Mates como Anita?
―Andrés, menos coña con el Anita. ―replicó Ana haciéndose la ofendida.
―No, yo soy de Lengua.
―¿Eres compañera de Félix? ―preguntó Iván.
―Sí, exacto.
―¿He dicho algo malo? ―preguntó Iván al ver desaparecer la sonrisa del rostro de Helena.
―No, nada. Tonterías. No pasa nada. ―rio Helena.
―Yo no recuerdo profes tan guapas cuando estaba en el instituto. ―comentó Andrés con una sonrisa guiñándole un ojo.
―Bueno, esta que está aquí va a ir por el baño, ¿alguien viene? ―preguntó Natalia.
―Sí, yo ―respondió Helena.
―Y yo―replicó Ana.
―Las mujeres siempre en grupito. ―rio Pedro.
Nada más ver a las chicas alejarse de la mesa los cuatro perros las siguieron, como si de sus guardaespaldas se tratase.
―¿Sabes que te voy a matar, verdad? ―dijo Helena nada más alejarse de los chicos.
―¿Por qué? ―preguntó entre risas Natalia. ―¿No me negarás que Alejo está como que muy bien?
―Eso, eso, de haber acompañado a Andrés a consulta le hubiese pedido que me pusiera la antirrábica. ―rio Ana.
―Ja ja ja, claro y eso lo dices tú que estás saliendo con Iván, que yo no sé si es cosa mía pero me recuerda a Hugh Jackman.
Ana no pudo evitar reírse,  porque Félix le había hecho el mismo comentario.
―¿Por qué te ríes? Lo digo en serio, nena.
―No, si no me rio por ser algo descabellado sino porque Félix me dijo lo mismo.
―Joder, Félix, ¡hasta en eso coincidimos! ―bromeó.

Las chicas reían sin poder parar.

―Mira que el jodido es guapo. ―comentó sin parar de reír Helena.
―¿Hablas de Hugh Jackman o de Iván? ―siguió el juego Ana―Tenías que haber visto la cara de tonta que se me puso cuando lo conocí―rio Ana―, y mi tontería supina al darle celos con Félix.
―¿Con Félix? ―preguntaron al unísono Natalia y Helena soltando una carcajada.
―Sí, con Félix. Iván no sabía que a Félix el que le ponía era él, que nada más verlo se lo imaginaba bailando el Get Lucky a lo Hugh Jackman.
―Ay, me meo―dijo Helena entrando corriendo en el baño. ―Esto…esto… ¿esto es el baño? ―preguntó sin poder parar de reírse Helena―¿Pero qué hago yo en medio de la montaña durmiendo en una tienda y teniendo una letrina como baño en vez de estar en un hotelito?
―En un hotel no tendrías a Alejo de compañero. ―rio Ana.

     Boss, Titán, Pongo y Sira entraban y salían corriendo del baño, alertados por las risas que resonaban en el silencio de la noche.

―¡Mierda! ―clamó Helena.
―¿Qué pasa? ―quiso saber Natalia, que empezaba a serenarse.
―¿Cómo me cambio de ropa para dormir? ―preguntó sin aguantar la risa Helena.
―Cariñet, tú te la quitas y le dices que te ponga la antirrábica. ―rio Ana estando a punto de orinarse encima. ―¡Me meo! ¡Me meo! Dejadme pasar o no llego.

   Quince minutos más tarde, ya serenas de tanta risa, Ana, Helena y Natalia regresaron junto a su comitiva canina junto a la parte masculina. Imposible, ninguna de ellas lo pudo evitar. Nada más ver a Iván les vino a la imagen el baile de Hugh Jackman y a Félix babeando por él mientras se morreaba con Ana.

―Creo que algunas han bebido más vino de la cuenta. ―comentó Andrés contagiado por la risa de su hermana y amigas.
―Alejo, ¿no llevas maletín como los médicos? ―preguntó Pedro―¿No les podrás poner algo al trío risitas?
―Como no les ponga la antirrábica me parece. ―comentó Alejo haciéndolas estallar en carcajadas.

   Ninguna de las tres podía parar de reír, las lágrimas corrían por sus mejillas mientras los cuatro perros volvían a correr como locos a su alrededor.

―Ay, ay, ay …la antirrábica―decía Ana ―. Esto es demasiado, demasiado.
―¡Cada día entiendo menos a las mujeres! ―exclamó Andrés riendo.
―¡Y yo! ―se unió Alejo―A la única que entiendo o medio entiendo es a Sira.―comentó acariciándole la cabeza a la cariñosa bóxer, quien nada más oír su nombre se acercó a lamer a su dueño. ―. Así y todo, a veces pienso que hasta ella me lo pone difícil. ―terminó diciendo mirando a Helena directamente a los ojos.

     Poco a poco las risas fueron serenándose, aunque las chicas no dejaban de lanzarse miradas de complicidad inentendibles para sus compañeros.

―Bueno, yo me retiro ―dijo Natalia más de una hora después―, estoy muerta.
―Espera que me voy contigo―comentó Pedro―, Pongo, a dormir. Bueno, chicos, nos vemos por la mañana.
―No, yo también me acuesto ya―dijo Ana.
―Y yo―contestó Iván dejándole un beso en el cuello.
―Guay, voy a compartir tienda con una parejita y dos perros. ―se quejó Andrés en broma. ―. Ya sabes Iván, pobre de ti que te acerques a mi hermana o te capo o te echo a los perros.
―Esto es lo que me faltaba por oír. ―rio Iván levantándose detrás de Ana.
―Tú ríete, pero mi hermana debe llegar virgen y pura al matrimonio. ―dijo aguantando la risa Andrés.
―¿Matrimonio? ¿De qué hablas?  ―rio Ana ―Mejor me voy a dormir y tú, Andresito, no bebas más que no haces más que decir tonterías.

     El silencio se coló entre Alejo y Helena durante unos eternos minutos. Ninguno sabía qué decir.


Alejo, no seas tonto y habla, se decía así mismo.

―¿Tienes sueño? ―preguntó.
―La verdad es que no, creo que las risas me han despejado. ―comentó Helena.
―¿Te apetece dar un paseo?
―¿Un paseo? ¿Ahora? ¿No está un poco oscuro?
―Si no te apetece nos quedamos aquí, lo decía por estirar las piernas aprovechando que la noche está buena.
―No, no es que no me apetezca. Yo es que soy de ciudad y un poco miedosa, aunque no te lo creas he de decirte que esta debe ser la segunda vez que salgo de acampada. ―confesó Helena mirándolo a los ojos y de pronto sintiéndose atrapada por aquellos ojos ambarinos. ―. Y porque Natalia es una lianta, y se empeñó en que viniera.
―Me alegro que haya sido así. ―aseveró con una sincera sonrisa Alejo―. ¿Damos ese paseo entonces? ―preguntó levantándose.

  Nada más ver levantar a Alejo, Sira hizo lo mismo, colocándose junto a su dueño esperando a Helena.

―Muy bien.
―¿Vamos? ―preguntó tendiéndole la mano.
―Vamos―contestó aceptándola.
―Ven, vamos por aquí. Tampoco nos vamos a alejar mucho, solo es estirar las piernas y hablar un rato.
―Vale. ¿Y de qué quieres hablar?
―No sé, háblame de ti.
―¿De mí? ¿Y qué quieres saber de mí?
―Te diría que todo pero, casi mejor, decir: lo que me quieras contar.
―Bueno, ya sabes que soy profe de lengua. Soy compañera de instituto de Ana.
―Y de Félix―replicó Alejo, que estaba intrigado por saber quién era ese Félix que varias veces había salido en la conversación.
―Sí, y de Félix. ―susurró Helena acariciándole la cabeza a Sira.
―¿Tu novio?
―No, no tengo novio.
―¿Y cómo es que una chica como tú no tiene novio?
―Porque siempre me enamoro de quién no debo.
―¡Ya será para menos!
―No, hablo en serio. ―afirmó parándose y poniéndose frente a él. ― . Para que te hagas una idea, mis tres últimos amores: David, un capullo integral. Fernando se tiraba hasta el palo de una escoba si le ponías una falda. ―dijo haciendo reír a Alejo. ―. Y Félix, con quien comparto las mismas apetencias sexuales. ¿Soy o no soy un desastre?
―Bueno, has tenido mala suerte hasta ahora―comentó mirándola a los ojos mientras se acercaba a ella. Una vez junto a ella le susurró al oído. ―. Me alegro de tus fallidas relaciones, eso me da ventaja.

    Helena sintió un ligero cosquilleo recorriendo su cuerpo al notar la proximidad de Alejo.

―Tu turno―dijo aguantando la respiración al tenerlo tan cerca.
―¿Y qué quieres saber? ―preguntó acariciándole la cabeza a Sira.
―No sé. Sé que eres veterinario, que tienes un perro, intuyo que te gusta el deporte, al menos, el fútbol. Antes te escuché hablar con los chicos.
―Sí, cierto, me gusta hacer deporte y me gusta el fútbol.
―Intuyo que no tienes pareja.
―Buena intuición. ¿Qué más intuyes?
―Que te gustan los animales―bromeó―. Más que una intuición es una obviedad, no creo que fueras veterinario de no ser así.
―Cierto.  ―sonrió Alejo.
―¿Por qué Sira?
―La perra de mi hermana tuvo cachorritos y no tenía a nadie para Sira.
―No, no pregunto por qué la tienes sino el motivo del nombre.
―Me gusta la mitología celta, se cree que Sira era la diosa de las aguas y la noche; así que no se me ocurrió mejor nombre para mi chica. ―concluyó dándole un par de palmadas en el lomo a Sira, que prestaba atención a sabiendas que hablaban de ella. ―¿Algo más quiere saber la señorita?
―¿Roncas? ―preguntó sin poder evitar la risa Helena.
―¿Qué si ronco? ―rio Alejo sorprendido por la pregunta―¿Qué pasa si lo hago?
―Que pediré asilo político en alguna de las otras tiendas. ―siguió riendo. No sabía por qué pero una risa tonta se había apoderado de ella.
―Sabes justamente el sonido de tu risa fue lo primero que me atrajo de ti.
Helena dejó de reírse pero no podía evitar una sonrisa.
―La noche que te vi con Natalia, igual tú no me recuerdas pero yo a ti sí, estabas riéndote. El sonido de tu risa me hizo girar para ver a quién pertenecía.
―Sí, sí me acuerdo de ti, ibas con Sira.
―Cierto, ¿te acordabas de mí o de ella? ―bromeó Alejo.
―De ambos. ¿Sabes de qué me reía?
―No, dime.
―De mí misma, el chico que me gustaba me acababa de decir la suerte que tenía Ana por estar liada con Iván, desvelándome su homosexualidad.
―Sabes, cuando sonríes se te hacen un par de hoyitos a ambos lados―dijo Alejo acariciándole la comisura de los labios.
―Creo que mejor nos vamos a dormir o estos terminaran por despertarse y, nosotros no nos habremos acostado.
―Perdona si te he incomodado. ―se apresuró a decir Alejo agarrándola de la mano.
―No, no es eso.
―¿Seguro?
―Seguro―respondió con un guiño.

     Uff…creo que tengo el pulso acelerado y es culpa de Alejo. La verdad es que es encantador. ¿Encantador? No, eso es quedarse corta, Helena, pensaba Helena mientras caminaban en silencio rumbo al campamento. ¿Cuánto tiempo hacía que no me encontraba tan bien con un chico? Sin contar a Félix, que no creo que exista en el mundo un hombre más perfecto que él. ¡Mierda! ¿Cómo  me cambio de ropa ahora? Bah, paso, me quitaré la ropa dentro del saco. Sí, casi mejor me quedo con esta camiseta. Grrr…¡con lo bien que se está bajo techo!

―Señoritas, bienvenidas a casa. ―dijo divertido Alejo abriendo la tienda para dejarlas pasar―. Las damas primero.
―Hala, Sira, pasa que esas somos nosotras.

    La tienda era pequeña, nada más entrar había un pequeño compartimento para dejar las mochilas y acto seguido el pequeño cubículo que servía de dormitorio, en donde ya estaban los dos sacos extendidos sobre sus respectivas esterillas.Sira, nada más entrar, se tumbó entre los dos sacos. Helena sonrió al verla tomar posiciones mientras se sentaba en el saco para descalzarse.

   Uff…mis pies necesitaban librarse de las botas y los calcetines, pensaba dejando el calzado en el compartimento de las mochilas bajo la atenta mirada de Alejo y Sira.

―Si necesitas que salga me lo dice―la voz de Alejo interrumpió sus pensamientos.
―No, no hace falta. Me quedaré con esta camiseta y los pantalones me los quitaré dentro del saco. ―respondió mirándole a los ojos.
―Bueno, pues, espero que no te moleste que yo me quite la ropa. ―sonrió.
―No, no―contestó notando que se ruborizaba.
Helena se metió dentro del saco. No quería mirar, poco se veía en la oscuridad de la noche, pero sus ojos no podían dejar de contemplar aquel torso perfecto, bronceado y ligeramente musculado.

   ¡Joder con Alejo!, pensaba bajándose los pantalones mientras Sira le lamía la cara.

―Me haces cosquillas Sira, para…para―comentó sin poder evitar la risa sacando los pantalones y dejándolos a los pies.
―Sira, te envidio, tú puedes besar a Helena sin que se enfade y yo no.
―¿Quién ha dicho eso? ―sin darse cuenta preguntó Helena si borrar la sonrisa de su cara.
―¿No?
―Si no pruebas no lo sabrás. ―contestó sentándose y notándolo cada vez más cerca de ella.
―Entonces no está del todo claro lo que puede pasar.
―No, nunca se sabe.               
―Bueno, dicen que en esta vida hay que arriesgar. Sira, muévete un poquito anda.
Sira se incorporó sentándose sobre el saco de Alejo. Helena tragó saliva, no se reconocía así misma, ¿cuándo había actuado ella de aquella manera? Carpe diem, Helena, se dijo así misma notando la respiración de Alejo cada vez más cerca de ella. Casi no podía verlo pero percibía su respiración, sus manos bajando por su espalda mientras sus labios se juntaban y abrían despacio, dando paso a sus lenguas que parecían buscarse con calma.
Sira inclinaba la cabeza a derecha y a izquierda, no apartaba la mirada de su dueño y de aquella chica, que parecía haber usurpado sus privilegios o, al menos, parte de ellos. No le importaba, Helena le gustaba, estaba dispuesta a compartir a Alejo con ella, pero a compartirlo parecía pensar la bóxer acercándose a ellos sin ser percibida. Helena y Alejo estaban demasiado ensimismados con ellos mismos para darse cuenta de aquella maniobra de acercamiento.

     La rápida y habilidosa lengua de Sira comenzó a lamerle las caras simultáneamente, abriéndose paso entre ellos hasta encontrarse sobre las piernas de ambos.

―Sira, no seas celosa, ahora no―se quejó Alejo entre risas intentando quitarse a la perra de encima.
―Vale, Sira, quita…quita―rio Helena―, lo entiendo perfectamente, Alejo es tuyo.
―No, no, no…Alejo no es de ella―rio Alejo―, Sira, yo no me meto cuando te vas con Boss, Pongo y Titán, así que no te metas ahora por medio. Yo también tengo derecho a jugar.
―¿A jugar? ―preguntó Helena.
―No, no interpretes mal mis palabras, esto no es un juego. Me gustas y mucho. ―explicó antes de volver a besarla. ―. Sira ni se te ocurra interrumpir, acuéstate a dormir.
Sira se quedó contemplándolos por un rato, quedándole claro que ella no estaba invitada así que dio media vuelta y se tumbó junto a la entrada de la tienda. Ella era la única que dormiría de los tres.

      Los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse permitiéndoles verse. Helena sonrió al ver la perfecta sonrisa en el rostro de Alejo, Alejo estiró sus dedos para acariciar el rostro, que hasta hacía unos minutos besaba sin poder verlo. Sus dedos recorrieron cada rincón de su cara bajando por su barbilla, su cuello y el estrecho pasillo, que separaba sus pechos.Helena se incorporó, colocándose encima de él, con fuerza sujetó sus brazos impidiéndole moverse.

―Me estás haciendo cosquillas y me está costando horrores no reírme.
―Uhm, otra cosa que sé de ti. Ya sé cómo ganarte. ―dijo intentando soltarse y hacerle cosquillas.
―Ssh, quieto―rio Helena―. Ni se te ocurra, mira como nos mira Sira, creo que estoy a punto de entrar en su lista negra.
―De eso nada, a Sira le gustas, ¿crees que le lame la cara a todo el mundo? ¿Acaso tú vas besando a todo el mundo? ―preguntó guiñándole un ojo.
―¡No! ―exclamó riendo y soltándole los brazos sin darse cuenta.
―Me alegra saberlo ―respondió haciéndola rodar y atrapándola entre el suelo y su cuerpo. ―, esta es la mejor acampada de mi vida. ―le susurró al oído.
―Y la mía―contestó antes de volver a besarlo. ―. Me alegra haberle hecho caso a Nat.
―Y yo que lo hicieras. ―contestó sin dejar de besarla. ―. He de confesarte una cosa.
―No me digas que tienes novia, por favor. ―medio bromeó Helena sin poder parar de besarlo.
―Nooo―rio Alejo sentándose―, no van por ahí los tiros.
―¿Entonces cuál es el problema? ―preguntó sentándose y poniéndose la camiseta.
―Yo le pedí a Natalia que te invitara. ―confesó Alejo mirándola fijamente a los ojos.
Helena estaba sorprendida, aquello sí que no se lo esperaba. Su amiga no solo había hecho de Celestina, sino que se había compinchado con Alejo.
―Vaya, pero…pero si no me conocías de nada.
―Ya te dije que me sentí atraído por ti  en el mismo momento que escuché tu risa.
―¿Cuál es tu defecto?
―Ja ja ja… ¿mi defecto? Helena no soy perfecto, ja ja ja, todos tenemos defectos.
―Ya, pero debes tener alguna tara peculiar. Dime cuál es porfa, así ya estoy avisada y la caída no será tan fuerte.
―¿Qué tengo una hija?
―¿Tienes…tienes  una hija? Bueno, no pasa nada. Todos tenemos una vida anterior. ¿Estás divorciado?
―Preciosa, deberías ser guionista te montas unas películas increíbles. Hablo de Sira, de alguna manera es mi hija, canina eso sí.

     Nada más escuchar su nombre Sira se levantó, como si aquella fuera la señal que estaba esperando oír, acercándose a ellos y lamer primero a Helena y luego a Alejo.

―Vaya, ahora soy yo el que se pone celoso, ya te prefiere a ti. ¿Nos vestimos y damos un paseo antes de que estos se despierten?


ÍÍÍÍÍ


      Nadie preguntó nada. Primero vieron llegar a Sira acompañada por su trío de guardaespaldas, que había salido en su busca, luego llegaron ellos dos. Sus gestos y sus miradas los delataron. Se sentaron a desayunar tranquilamente, el sol comenzaba a apretar amenazante a pesar de la temprana hora. Alejo y Helena se sentaron, ambos necesitaban una buena dosis de cafeína, comenzaban a notar el haber pasado la noche despiertos.

―Ejem… el que tiene buena noche no puede tener buen día. ―bromeó Pedro.

       Helena sintió que las mejillas le ardían, de pronto solo podía pensar que todos imaginan lo que había pasado entre ellos, y una vergüenza infinita se apoderó de ella. Ana le hizo un guiño de complicidad, intentando hacerla relajarse, Helena le sonrió agradecida por aquel detalle.

―¿A dónde vas? ―le murmuró Alejo al notar que se levantaba.
―Al baño, necesito refrescarme.
―¿Te acompaño?
―No, no hace falta―contestó antes de que la besara, pillándola desprevenida.

    Al verla alejarse Sira la siguió, Alejo se sintió orgulloso de comprobar aquella buena sintonía entre sus dos chicas. Ana, tras un gesto de Natalia, se levantó y siguieron a Helena al baño.Helena no las había visto, se refrescaba la cara y la nuca cuando vio a Sira, Ana y Natalia observándola desde la puerta.

―Vaya, cuanta espectadora.
―Sí, pero aquí la colega canina―puntualizó Natalia―, tiene información de primerísima mano.
―¿Información? ―se hizo la que no entendía Helena.
―Sí, sí, la que no quería venir. ―rio Ana. ―. Al final estuvieron jugando a los veterinarios anoche. ―bromeó haciendo estallar a sus amigas en carcajadas. Sira las acompañó con un par de ladridos.
―Señorita Natalia es usted una traidora. ―apostilló Helena.
―Yo, ¿por qué?
―Porque no me habías dicho que esto era una encerrona.
Natalia comenzó a reírse, estaba claro que Alejo había hablado más de la cuenta.
―¿Encerrona? ―preguntó Ana― Estoy perdida.
―Nada, ¿recuerdas la noche que coincidimos?
―¿Qué noche? ―preguntó Ana.
―Hará un mes, cuando Pedro y yo estábamos separados.
―Vale, que yo iba con Félix.
―Esa misma noche―confirmó Natalia―, Alejo la vio y se quedó colgado de ella.
―Ah, ¿entonces esto estaba preparado para que se conocieran? Ja, mi hermano me va a matar, yo que le había dicho que Helena era un buen partido.
Las chicas comenzaron a reírse. Sira volvió a ladrar.
―¿Intentabas liarme con tu hermano?
―Sí, he de reconocerlo. Tengo miedo que de tanto viajar, se enamore de alguien en un avión, no sea de Valencia y se me vaya de aquí. ―rio.
―Esto es la leche, sois unas alcahuetas.
―Alcahuetas pero con buen gusto, monina. ―bromeó Natalia. ―. Alejo está como le da la gana pero Andrés no se queda atrás, cuando estábamos en la universidad tenía toda una comitiva detrás. Bueno, ahora también.
―Ya, a ver si sienta la cabeza de una vez. A veces creo que mi hermano no va a sentar cabeza en su vida.
―No todos estamos hecho para estar en pareja. ―comentó Natalia.
―Sí, supongo que tienes razón.
―Chicas, estoy muerta. Creo que de un momento a otro me duermo.
―Claro, el que no duerme de noche… ―rio Ana.


ÍÍÍÍÍ


      Alejo fue detrás de ella en todo momento. Sus coches no se separaron en todo el trayecto de vuelta a Valencia. Ambos estaban cansados, apenas habían descansado un par de horas en el fin de semana y no, precisamente en una cama. Ambos necesitaban una buena ducha y descansar a pierna suelta pero tampoco les apetecía separarse.
No me lo puedo creer, ¿cómo es posible que viva a dos calles de la mía y nunca nos hubiésemos visto?, se dijo así misma al aparcar Helena su coche. Alejo estacionó junto a ella y se bajó del coche.

―¿Te puedes creer que vivo a dos calles de aquí?
―¿Hablas en serio?
―Del todo―contestó abrazándola.
―Te voy a echar de menos esta noche.
―Quédate en mi casa.
―¿Lo dices en serio?
―Del todo, aún no he comprobado si roncas y así lo compruebo.
―No sé, mañana tengo una operación a primera hora.
―Y yo he de ir a trabajar.
―No te voy a decir que no―respondió besándola―. Voy a casa, cojo ropa, le pongo la comida y agua fresca a Sira y vengo.
―¿La vas a dejar sola?
―No le pasa nada. Mañana la bajaré a pasear antes de irme a la clínica.
―Tráela, no la dejes sola.
―¿Estás segura?
―Nunca he estado más segura de algo.



Fin 

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