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De Perros y sus dueños: Akima.


      Los tacones de Jelly repiqueteaban esperando el ascensor. Nada, parecía estar eternamente ocupado o, peor aún, estar roto. Volvió a mirar la hora en el móvil, no había duda tenía el tiempo justo de subir corriendo las escaleras, cambiarse de zapatos y bajar con Akima para ir a buscar a Fernando.

      Uff, siempre corriendo Jelly, parece ser tu sino desde que aterrizaste en Madrid, pensaba mientras corría por las escaleras. Puaff, pues si ahora se hace cuesta arriba, luego subiré con Fer y Akima. ¿Quién necesita gimnasio? Yo no, desde luego.

―Hola, guapa, igual estabas esperando el ascensor y nosotras lo teníamos aquí ocupado mientras le dábamos a la lengua. ―con una hipócrita sonrisa comentó la vecina del tercero.
―Nada, me habéis ahorrado el tiempo del gimnasio. ―sonriente contestó Jelly haciendo un esfuerzo para no fulminarlas con la mirada.

    Dos pisos más y estaba en la que era su casa por el momento, el piso de Gonzalo comenzaba a hacérseles pequeño. El despacho había sido reconvertido en habitación, teniendo que meter gran parte de los libros en cajas guardadas en el trastero. Sin contar que el armario sacaba la bandera blanca por una de sus puertas, no cabía nada más. Jelly no ocuparía mucho espacio pero su ropa y zapatos habían invadido las cuatro puertas de aquel armario, en donde la ropa de Gonzalo había vivido holgadamente hasta la llegada de la mexicana.

    Ignóralas Jelly, en un par de meses dejarás de verlas, reflexionaba corriendo por las escaleras.

     Los ansiosos y emocionados gemidos de Akima se escuchaban al otro lado de la puerta, la Alaska malamute de cuatro meses intentó trepar por las piernas de su dueña nada más abrir la puerta.

―¿Cómo está mi bolita? ―preguntó Jelly entrando en casa e intentando no pisar a la cachorrita. ―Akima, bonita, suéltame la pierna, así no puedo caminar, terminaré por caerme y hacerte daño.

Jelly soltó su bolso y la carpeta con los exámenes para acariciar a la perrita.

―Akima, no sé para qué he traído trabajo a casa. No sé cómo ni cuándo voy a poder corregirlos. ―comentó acariciándole la cabeza―. Bolita, me cambio de zapatos y nos vamos a por Fer.

    Ocupado, el ascensor seguía ocupado. No me lo puedo creer, estas dos siguen con la puerta del ascensor abierta, ¿creen que no vive nadie más en el edificio?, se decía a sí misma tirando de Akima por las escaleras.

   Nada, no les dijo nada al pasar junto a ellas. No valía la pena. Si tenía ganas de marcharse de aquel piso era por perder a aquellas dos de vista, dudaba que existiera dos personas más cotillas e insoportables en el mundo.Miró la hora nada más salir a la calle, iba bien de tiempo. No tenía más de diez minutos hasta la guardería, así que podía aminorar la marcha.

   Los ojos de Fernando brillaron nada más ver a su madre y a Akima, de quien se colgó del cuello nada más salir corriendo por el pequeño pasillo.

―Kima…Kima.
―Hay amores que matan―rio Jelly mirando a la monitora de la puerta. ―, primero el perro y luego si acaso la madre.

––––
―¿Conjunta? ¿Despedida conjunta? ¿Y eso, por qué? ―preguntó Jelly a Raquel sosteniendo el móvil entre la cabeza y el hombro, mientras intentaba que Fernando terminara de comerse la natilla sin usar la cuchara como catapulta. ―Fer no, no vuelvas a hacer eso. No, cariño, no lo hagas por favor―casi parecía suplicar Jelly. ―. Raquel, perdona, te llamo en un momento, no imaginas el estropicio que ha hecho en un momento Fernando. Sí, vale, desde que llegue Gonzalo, te llamo y sí, claro que cuentas con nosotros. No sé cómo lo haremos con Fer, pero de seguro que vamos.

    Jelly dejó el teléfono sobre la mesa de la cocina contemplando con horror las paredes, Fernando había estado practicando el tiro de  catapulta, lanzando la natilla de vainilla a los baldosines de la pared por…ya no recordaba ni siquiera el número de veces que había limpiado la pared en lo que llevaba de semana.

    Pronto lo de los baldosines le pareció una nimiedad. Los ojos de Jelly se posaron en la regordeta bola de pelos que lamía los restos de natilla de la pared. Akima había sido el blanco de las travesuras de su hijo. Su cabeza estaba coronada por una gran plasta de natilla. No sabía si reír o llorar, de lo que si estaba segura era del cansancio que se apoderaba de ella.

―No Akima, no chupes las paredes―dijo tomándola en brazos para ver de cerca su pelo. ―, ¿quién me mandaría a mí decir que sí? Yo no sé si voy a poder con un hijo y un perro. No, no me mires así, Akima. ―dijo mientras la cachorrita le lamía la cara.
―Fer, ¿por qué me haces esto? ¿Por qué nunca lo haces con tu padre? ―le preguntó Jelly a su hijo de catorce meses al que solo se le veía los ojos tras la mascarilla de natilla de vainilla que llevaba en la cara y el pelo. ―Esto está muy mal, lo sabes, ¿verdad? Mami no tiene tiempo de estar todo el día limpiando estas batallas campales que montas con la comida.

    Fernando miraba fijamente a su madre, sonreía con la mirada, haciéndolo irresistible ante los ojos de Jelly y de cualquier otro. Reñir a un niño tan pequeño es imposible pero si encima te sonríe con aquellos ojos de impresionantes pestañas más aún.

―Anda, vamos a la bañera, creo que te voy a dar el segundo baño del día.―comentó sacándolo de la trona.

    Fernando rodeó el cuello de su madre con sus pequeños, regordetes y avainillados bracitos. Pronto el pelo de Jelly lució unas dulces mechas color natilla de vainilla, eso sí, caseras…

―Mamá…apa―dijo Fernando besando a su madre y dejándole una buena capa de vainilla en la cara.
―Mamá, guapa. Te voy a dar yo a ti, mamá, guapa. Tú vas a ser peor que tu padre, con ese pico, como bailes como él, vas a ser irresistible.―Jelly no podía evitar reírse mientras le hacía cosquillas a su hijo, que no paraba de moverse y reírse en sus brazos.


―¿Qué te ha pasado Akima? ¿Ya ha estado Fernando practicando nuevamente su tiro de catapulta? ―saludó acariciando Gonzalo a la cachorrita de Alaska Malamute que dos meses atrás les había regalado su hermana, y que había salido a recibirlo nada más oírlo llegar.

      La contagiosa risa de Fernando junto a la de Jelly llegaba hasta la puerta arrancándole una sonrisa a Gonzalo. Gonzalo dejó sus cosas sobre la mesita de la entrada, se quitó la chaqueta y sin hacer ruido se acercó al baño. Le encantaba observar a Jelly y Fernando, a veces le resultaba increíble lo rápido que se había desencadenado todo.

    ¿Quién me iba a decir a mí que terminaría formando una familia con la mexicana pelirroja amiga de Raquel?, pensaba observando la cotidiana imagen de Jelly y Fernando. En silencio la observaba bañar al pequeño, que había hecho precipitar su vida en común. Aquel pequeñajo los había hecho replantearse su relación, Fernando los había hecho cambiar los viajes de ida y vuelta Madrid – Londres, Londres – Madrid por una vida juntos.

     Fernando había llegado de manera inesperada a sus vidas; tras la impresión inicial, el susto, los nervios y el ver todo de un gris más oscuro que el cielo londinense, Jelly se atrevió a dar el gran salto. Si me vine de México a Londres, ¿por qué no de Londres a Madrid?, le dijo a un insomne Gonzalo tras dar mil y una vueltas en la cama en sus infructuosos intentos de conciliar el sueño.

―Pelirroja, estás muy dulce hoy―comentó Gonzalo abrazando a Jelly por la espalda―, ¿acaso las natillas son buenas para el pelo? ―bromeó.
―¡Muy gracioso! ―contestó devolviéndole el beso― ¿lo secas y pones el pijama para yo limpiar el desastre de la cocina?
―Termina tú con él, ya me cambio y recojo el estropicio de la cocina. ―comentó antes de besarla. ―. Uhm, sabes muy bien, pelirroja.



     El silencio reinaba en la casa, Fernando dormía a pierna suelta desde hacía un buen rato; Gonzalo había salido a pasear con Akima, Jelly aprovechaba para quitar los restos de natilla de su pelo e intentar borrar los signos de cansancio de su cara.

     Uff…no daría marcha atrás en el tiempo, lucharía con uñas y dientes por Fer pero necesito unas vacaciones con urgencia. ¿Cuándo fue la última vez que Gonzalo y yo salimos solos?, se decía Jelly mirándose en el espejo. Querida, estas ojeras no hay corrector que las borre y dudo que logres dormir las horas suficientes para eliminarlas. ¡Diosito, no soy ni la mitad de lo que fui! Me veo en el espejo y solo veo una madre cansada, con falta de sueño y de horas para acabar de corregir los exámenes. ¿Cómo voy a resultarle atractiva a Gonzalo con esta pinta de madre neurótica que luzco la mayor parte del tiempo?

     Jelly apagó la luz del baño, con cuidado pasó por la habitación de su hijo para comprobar que seguía durmiendo, no pudiendo evitar enternecerse al verlo abrazado al conejito que su madre le había enviado desde México. Ni siquiera encendió la luz del salón, solo la tenue luz de las farolas de la calle iluminaban el salón, Jelly se dejó caer en el sofá dejando viajar su mente hasta su tierra escuchando la voz del potrillo. Tan concentrada estaba en la voz de su paisano que no escuchó llegar a Gonzalo y Akima de su paseo nocturno, solo los lametazos de la cachorrita la hicieron regresar al salón de su casa.

―Ya estás aquí, bolita. ―dijo acariciándola al tiempo que Gonzalo se dejaba caer en el sofá junto a ella.
―Akima, a dormir. Los bebés y los cachorritos han de estar ya en su cama.
Akima se sentó sobre sus patas traseras para darle una de sus patas delanteras a su dueño.
―No, no me pongas ojitos y vete a tu cama, creo que me he ganado estar a solas con mi pelirroja.

    Akima clavó sus ojos en Jelly intentando buscar clemencia en ellos, con un ligero movimiento de cabeza Jelly le indicó que obedeciera y la cachorrita de malamute salió del salón rumbo a su cama.

―Por fin, solos tú y yo―casi susurró Gonzalo jugando con su pelo. ―. ¿Qué tal el día, pelirroja?
―Uff, interminable. Me faltan horas para poder llegar a todo.
―Ya falta menos para las vacaciones, este fin de semana no hacemos planes, nos quedamos en casa a descansar.
―No, el sábado tenemos la despedida.
―¡Ni me acordaba!―dijo besándola en el hombro. ―. Esto me recuerda que a la última despedida a la que fui conocí a cierta pelirroja.
―¿Ah, sí? ―preguntó Jelly como si no supiera de qué le hablaba. ―¿La conozco?
―Uhm, no sé yo. No estoy muy seguro. ―comentó tumbándola en el sofá ―. Igual sí, es una pelirroja que suele usar natilla de vainilla como mascarilla capilar.
―¿Y le funciona? ―preguntó Jelly antes de tener los labios de Gonzalo sobre los suyos.
―No sé, si quieres te la presento y le preguntas. ―rio Gonzalo bajando con sus labios por el cuello de Jelly.
―Vale.

No sabía cómo ni por qué pero cuando se dio cuenta se encontraba en medio del pasillo de la mano de Gonzalo.

―¿Se puede saber qué haces?
―¿No querías conocer a la pelirroja? ―preguntó en bajita voz al pasar por delante de la puerta de la habitación de su hijo. ―Ssh, no hagas ruido, no quiero que catapultín se despierte.
―¿Y eso? ―preguntó divertida Jelly.
―Tengo planes con la pelirroja―le susurró al oído haciéndola estremecer. ―. Pelirroja te presento a la pelirroja de la que te hablé.―comentó Gonzalo mostrándole su  imagen frente al espejo.
―¡Mira que eres payaso! ―exclamó Jelly mirándolo a los ojos a través del espejo.
―Pues, este payaso tiene ganas de hacer payasadas―dijo empujándola hacia la cama. ―. Y ya que este fin de semana salimos por separado, por cierto, mañana llamaré a mi hermana para que se quede con Fernando―comentó besándola en el hombro―, habrá que aprovechar el tiempo.
―No, no salimos por separado―aclaró Jelly disfrutando con cada uno de los besos que Gonzalo iba dejando por su cuello―, la despedida es conjunta.
―Mucho mejor, las pelirrojas suelen triunfar en las despedidas. Sé de una que terminó liándose con un tipejo en la última que fue.
―Cariño, te recuerdo que la pelirroja no iba de despedida, más bien ese tipejo abandonó a sus amigos intentándola encandilar con su destreza con los pies.
―Uhm…¿solo es diestro con los pies? ―rio Gonzalo sin dejar de besarla.

    Apenas se veían en la oscuridad de la noche, poco les importaba, conocían a la perfección el cuerpo del otro; hasta podían asegurar el rostro que ponía el otro al sentir sus caricias y sus besos. Los hábiles dedos de Gonzalo se deshicieron con destreza y delicadeza del camisón de su pelirroja, lanzándolo a los pies de la cama donde pronto se encontraría con su propia ropa.

       El cansancio había desaparecido, siendo sustituido por la pasión y el deseo que ambos derrochaban por cada poro de su piel. Sus manos recorrían deseosos el cuerpo del otro al tiempo que sus bocas, sus lenguas se buscaban y encontraban. Jelly sintió un suave cosquilleo en su pierna derecha, cosquilleo que la hizo saltar en la cama sorprendiendo a Gonzalo con su movimiento.

―¿Qué pasa? ―preguntó Gonzalo besándola en la clavícula.
―No lo sé, he sentido un cosquilleo en la pierna derecha.
―¿Solo en la pierna derecha? ―burlón inquirió Gonzalo―Debo estar perdiendo mi destreza. ―sentenció bajando con sus besos por su desnudo cuerpo haciéndola estremecerse.

     Jelly se sintió perdida, no tenía control sobre sí misma, su cuerpo temblaba de placer bajo las caricias de Gonzalo; ella intentaba atenuar sus propios gemidos para no interrumpir el sueño de su hijo.

―Te quiero, pelirroja―le susurraba Gonzalo al oído cuando una húmeda lengua comenzó a lamerle su pierna.
―Quita Akima―dijo Jelly comprendiendo quién le había producido aquel cosquilleo.
―Vete a la cama Akima, este juego solo es para mayores. ―entre risas Gonzalo la echó de la habitación. ―. A tu cama, sé una perrita obediente.

––––*****

      Se miró en el espejo con detenimiento, hacía tiempo que no llevaba un vestido como aquel; hacía tiempo que el espejo no le devolvía una imagen como aquella. En los últimos meses aquel espejo solo le enseñaba la imagen de una madre cansada que se vestía automáticamente y casi de uniforme para ir al colegio, pero aquel sensual corto vestido de seda roja apenas sujeto por unos finísimos tirantes en los hombros le mostraban una mujer distinta. Mujer que recordaba a la de un no tan lejano pasado, pero que ella lo sentía perdido entre pañales, biberones y cacas de perro.

     Jelly no lo vio, ella se subía con mimo las medias, solo al sujetarlas con las presillas del liguero vio su cara en el espejo. Gonzalo la miraba absorto, seguía cada uno de sus movimientos apoyado en la puerta del baño, sin recordar que él estaba a medio vestir y en menos de una hora los esperaban en el restaurante donde iban a cenar. Jelly le sonrió y lanzó un beso a través del espejo.

―Pelirroja, me estás matando. Juro que me están entrando ganas de no ir a esa despedida.
―Pues no me he vestido así para quedarme en casa.
―¿Y para qué te has vestido así, puedo preguntarlo? ―preguntó rodeándola por la cintura y apoyando su cabeza sobre su hombro.
―Para recordarle al padre de mi hijo que soy algo más que una madre.
―Pelirroja, eso no hace falta que me lo demuestres. ―observó girándola con cuidado y levantándole la barbilla para mirarla a los ojos. ―. Eso, lo sé de sobra, pelirroja. Y a mí me gusta tanto la madre con natilla en el pelo como la sexy pelirroja de la que voy a presumir esta noche.
―Mira que eres tontito.
―Sí, sí pero te derrites por este tontito. ―rio Gonzalo.
―¡Serás presuntuoso! ―exclamó Jelly ― ¿Podré bailar con este presuntuoso por el que me derrito esta noche?
―Por descontado, señorita, es usted la primera en mi carnet de baile.
―Genial―dijo besándolo ―y ahora termina de vestirte o llegaremos tarde.
–––––
******

―Uhm, pues, este taco esta delicioso. Creo que es la mejor comida mexicana, que me he comido fuera de mi país. ―confirmó Jelly saboreando un bocado de aquel jugoso taco.
―Mira que sentí terror al elegir un mexicano para cenar, pero me habían hablado tan bien de él, y me apetecía horrores cenar en un mexicano. ―confesó Raquel.
―Estas margaritas son un peligro―dijo Helen.
―No, cariño, las margaritas no son un peligro sino las jarras de ellas que nos hemos bebido. ―se apresuró a aclarar David sin poder evitar la risa.
Las anécdotas, las risas y las copas los acompañaron a lo largo de la noche. Hacía tiempo que Gonzalo y Jelly no salían con sus amigos. No, aquello no era del todo cierto, se veían y salían casi todos los fines de semana, pero no eran salidas como aquella. No, hacía tiempo que no realizaban una salida de solo adultos.
―Si vuelves a enviarle un mensaje más a mi hermana preguntándole por el niño te juro que te secuestro el móvil. ―le susurró Gonzalo en la puerta del restaurante cuando el resto decidía a dónde iban.
―Parejita, nada de secretitos en reunión.―bromeó Roberto. ―.Estaba acordándome de la última despedida en la que estuvimos.
―¡En la mía! ―clamó David.

Raquel le sonrió a Roberto, que se acercó a besarla.

―Sabes que no lo soy sino lo estoy. ―le susurró al oído.
―Eh, dejad los cariñitos para más tarde―bromeó Jose.
―Me encanta verlos juntos―le dijo Rosa a Jelly ―, hacen tan bonita pareja.
―Sí, la verdad es que sí, están hechos el uno para el otro.
―Bueno, tú y Gonzalito también. ―replicó Rosa dándole un ligero empujón con el codo.
―¿Entramos aquí? Me han dicho que está muy bien―dijo Sofía.

       Todos asintieron y entraron en el local, que comenzaba a estar lleno de treintañeros. Vaya, hacía mucho que no oía esta canción, pensaba Gonzalo al escuchar la voz de Michael Bublé cantando You don’t know me. Pensar que hace unos años era incapaz de oírla sin que me trajera a Alicia a la mente. ¿Alicia?

     La sonrisa de Gonzalo se quedó congelada, estaba petrificado. ¿De verdad, estaba viendo bien? ¿Cuándo había sido la última vez que la había visto? No lo recordaba pero mucho tiempo. Y ahora como si por arte de magia se tratase y al compás de aquella canción que parecía estar inspirada en su propia historia aparecía después de tanto tiempo.
No podía moverse, se había quedado junto a la puerta observándola, hasta él llegaba aquella risa que tantos momentos le traía a la mente.

    ¿Por qué apareces en mi vida después de tanto tiempo? ¿Esto es alguna prueba del destino? ¿No hay bares suficientes en Madrid para coincidir en el mismo? Las preguntas se tropezaban en la cabeza de Gonzalo sin poder apartar la vista de la que durante mucho tiempo fuera el amor de su vida.

     No se habían visto en los últimos años pero seguía su carrera profesional. Alguna vez había visto alguna noticia sobre alguna exposición suya y, leía sus reportajes de viajes, pero no habían vuelto a coincidir. No habían vuelto a verse, a hablar, a bailar…, sin embargo, recordaba perfectamente aquella espalda, la cual podía contemplar gracias al sugerente y sensual escote de su blusa color maquillaje.No podía apartar la vista de ella. No sabía qué hacer, no estaba seguro de acercarse a saludarla.

    Sí, he de hacerlo, ¿cómo no lo voy a hacer? ¿Acaso no somos amigos desde hace muchísimo tiempo? ¿Y Jelly, se enfadará? No, no tiene motivos para enfadarse, solo voy a saludar a una vieja amiga, aunque esa vieja amiga sea Alicia.

    Gonzalo no paraba de darle vueltas a la cabeza intentando decidir qué hacer, buscó a Jelly, estaba con las chicas en la barra.

―¿La has visto? ―Roberto le preguntó al oído― Tontería mía por preguntar, es obvio que la has visto. ¿Qué vas a hacer?
―Voy a saludarla o ¿no debo?
―¿Por qué no? Tú tienes las cosas claras, ¿no?
―¡Por supuesto!

     Gonzalo se encaminó hacia donde estaba Alicia, Antonio lo reconoció nada más verlo acercarse a ellos recibiéndolo con una amplia y sincera sonrisa.

―¡Cuánto tiempo! Mira que trabajamos en edificios contiguos pero no coincidimos nunca por la calle.
―Hola, Antonio―saludó estrechándole la mano.
―¡Gonzalo! ―exclamó sonriente Alicia. ―¡No me lo puedo creer! ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?

     Alicia se abrazó a su amigo, su alegría era sincera. Gonzalo le devolvió el abrazo a la chica que una vez le robó el corazón, era extraña aquella situación, estar abrazado a ella pero se sentía reconfortado en aquellos brazos que tantas veces había estrechado, percibiendo el aroma del perfume al que Alicia seguía siendo fiel.

―¿Me creerás si te digo que el otro día pensé en llamarte? Pero…pero ¡si ahora mismo le decía a Antonio que esta canción siempre me recorda a ti!
―Pues, ahora me tienes aquí.―rio Gonzalo sintiendo nuevamente el abrazo de su amiga.
―Estás igual que siempre―comentó Alicia colgándose de su brazo.
―Pues, tú, con permiso de Antonio, he de decir que estás aún más guapa. El pelo recogido te queda muy bien.
―Gracias―respondió con un guiño Alicia―, ¿qué es de tu vida? ¿Qué ha sido de la vida de mi pareja de baile? Antonio, lo siento por ti pero voy a dejarte un momento, yo he de volver a bailar con Gonzalo.
―Muy bien―rio Antonio―, a ver los dejo hablar tranquilos, voy un momento al baño.
Alicia le lanzó un beso a Antonio sin saber que desde el otro lado de la barra todos sus gestos estaban siendo observados con sumo cuidado de detalles.
―Buen tío, Antonio.
―Sí, pero no estamos aquí para hablar de Antonio, dime que ha sido de ti. ¿Por qué no me volviste a llamar?
―Al principio necesité alejarme de ti, lo sabes y luego, no sé…no quise estar en el medio de Antonio y tú.
―Sabes que eso es una tontería. Te he echado mucho de menos.
―Y yo a ti―contestó mirándola a los ojos.
―¿Te has vuelto a casar?
―No, ¿y tú?
―Tampoco.
―¿Niños?
―No, mi vida es una locura de viajes, igual en un tiempo no muy lejano. ¡Dios, me resulta increíble tenerte aquí! ¿Y tú, sales con alguien?
―Sí, una mexicana logró sacarme a cierta fotógrafa de la cabeza. Tenemos un niño.
―¡Enhorabuena! ¿Cuántos meses tiene el futuro bailarín?
―Catorce.
―¿Catorce? Me dejas de piedra, sí que corriste.
―Sí, Fernando precipitó todo pero a pesar de la locura en la que ha convertido nuestras vidas, sobre todo la de Jelly, no me arrepiento.
―Me alegro, ¿y crees que a Jelly le importará que le robe a su chico un poquito más?
―¿Por?
―Porque desde la boda de Bea y Enrique no bailo contigo, ¿un baile?

   Gonzalo le sonrió a su amiga, a él también le apetecía mucho aquel baile. ¿Cuántas veces habían bailado juntos? A la mente le vino una conversación con Enrique cuando fue consciente que acababa de perder a Alicia:

―Uhm, sólo una cosa. Estáis sentados juntos en la misma mesa en la boda, ¿algún problema?

―No, yo no lo tengo por mi parte.

―Creíamos que estaríais juntos para entonces.

―Quizá tu boda sea el momento de tener nuestro último baile.

    Casi tres años hacía de aquella noche, de aquellos últimos bailes, aquella noche se había despedido de Alicia para siempre. Aquella noche en sus ojos vio un brillo especial y, él conocía quién era el motivo: Antonio.

―Yo te lo advertí, yo no quiero ni un gato en mi casa y, mira que son más independientes pero no deja de necesitar atención.
Jelly asintió con un ligero movimiento  de cabeza a las palabras de Valerie pero, no estaba muy segura de lo que le había dicho, sus ojos estaban clavados en Gonzalo y Alicia.
―Jelly, ¿has visto la araña que está entrando en tu copa? ―le preguntó Helen a consciencia. Estaba segura que su amiga no prestaba atención.
―Sí, sí. ―respondió.
―¿Jelly, se puede saber qué pasa? ―preguntó Rosa.
Roberto se acercó a Jelly apartándola del grupo.
―Jelly, puedes estar tranquila.
―¿Es ella, verdad?
―Sí, es Alicia pero Gonzalo no siente nada por ella, él está enamorado de ti, ¿lo sabes, verdad?
―Sí, pero…
―Jelly, ¿confías en Gonzalo?
―Sí, claro.
―Pues, tranquilízate y sonríe porque aquí viene con ella.
―¿Qué?
    Jelly se giró tropezándose de frente con Gonzalo, Antonio y Alicia. Roberto se acercó a Alicia para saludarla y presentarse a Antonio, a quien no conocía y presentárselos al resto para que Gonzalo y Jelly pudieran hablar.
―¿De secretitos con Roberto? ―le susurró Gonzalo a Jelly al oído rodeándola con sus brazos por la cintura.
―Es muy guapa, entiendo que estuvieras colgado de ella.
―¿Pelirroja, sabes que es a ti a quien quiero, verdad?
El corazón de Jelly se aceleró al sentir los dedos de Gonzalo recorrer sus brazos desnudos.
―Jelly, estos son Antonio y Alicia.
―Encantada ― respondió Jelly saludándolos con un par de besos.
―Un placer conocerte, Jelly―con una sonrisa la saludó Alicia. ―. ¿Puedo pedirte un favor?
―¿A mí? Tú dirás.
―¿Te importaría que te robara a Gonzalo un momento? Hace mucho que no bailo con él y me gustaría volver a hacerlo.
―No, claro que no.
     Alicia sonrió a Jelly, había sido idea de ella pedirle permiso para bailar, se imaginaba en la piel de Jelly y no quería que viera fantasmas donde no los había.
―Es solo un baile―Alicia le murmuró al oído a Antonio antes de ir a la pista de baile con Gonzalo.
        Jelly los vio alejarse por medio de la gente hasta llegar al centro de la pista, observaba la cara entre incrédula y divertida de Alicia al escuchar los primeros acordes del Save the last dance for me y a Gonzalo tendiéndole la mano para comenzar a bailar. No había duda, se complementaban a la perfección bailando, Jelly no podía apartar los ojos de ellos y, aun sabiendo que era solo un baile le dolía comprobar que se compenetraban tan bien.
―No soy Gonzalo pero ¿bailarías conmigo?
―¿Qué?
―¿Bailamos? ―volvió a preguntarle Antonio― No soy Gonzalo pero me defiendo.
*****–––––

    Ninguno de los dos habló del tema. Jelly no quería darle importancia al encuentro con Alicia, nunca habían hablado de ella aunque siempre conoció su existencia e imaginaba que era la periodista que firmaba algunos de los artículos de viajes de la revista que Gonzalo compraba cada mes. No dudaba de los sentimientos de Gonzalo pero tampoco había podido evitar sentir celos al verlo junto a ella.

    Akima los esperaba tras la puerta nada más entrar en casa, recibiéndoles con una alegría desbordante, como si en vez de horas hiciera días que no se vieran.

―Buena chica―Gonzalo le acarició la cabeza sin apartar la vista de Jelly, que seguía en silencio hasta su habitación. ―, sé buena y déjame arreglar un asuntillo con la pelirroja.
Jelly acababa de bajarse de los tacones cuando Gonzalo entró en el dormitorio.
―¿Qué pasa, pelirroja? ―preguntó abrazándola por la espalda.
―Nada.
―Sabes que eso no es verdad―respondió dándole la vuelta y levantándole la barbilla para mirarla directamente a los ojos.
―¿Por qué nunca me has hablado de ella?
―¿Y qué querías que te contara? Tú tampoco me has hablado nunca de tus parejas anteriores.
―Pero ella es especial para ti.
―No, pelirroja, lo fue.
―Lees sus artículos cada mes.
―¿Qué?
―Crees que no lo sé. Una vez oí hablar de una Alicia y no fue difícil atar cabos e imaginar que es la de los artículos que lees cada mes. ¿Por qué?
―Jelly, esto es una tontería. ¿Por qué la leo? Me gusta como escribe y sus fotografías, es muy buena.
―¿Y por qué nunca me dijiste que la conocías? ¿Por qué no me dijiste que era la chica de la que siempre estuviste enamorado?
―No lo sé, no creí necesario decirlo.
―¿Gonzalo, por qué estás conmigo?
―¿Cómo que por qué estoy contigo? ¿A qué viene esta pregunta?
―¿Estás conmigo por Fernando?
―Jelly, ¿estás hablando en serio? ¿De verdad crees que estoy contigo por Fernando?
―No lo sé―contestó con lágrimas en los ojos―, ¿estás conmigo por él?
―¡No!
―Es que ella es tan perfecta y yo siempre estoy cansada, nunca tengo ganas de salir porque vivo agotada entre el trabajo y el niño―hipó Jelly―. Siempre llena de restos de comida del niño, oliendo a su colonia en vez de a la mía y… te vi mirarla, vi la complicidad entre los dos y…

     Jelly no pudo seguir hablando, los labios de Gonzalo se lo impedían, pronto sintió su lengua buscando la de ella mientras sus dedos comenzaban a bajar los finos tirantes de su vestido.

―Pelirroja, te quiero, eso no lo dudes nunca―susurró antes de bajar por su cuello con sus labios.

Gonzalo sintió las patitas de Akima trepando por su pierna mientras él intentaba bajar la cremallera del vestido de Jelly.

―Akima, vete a tu cama, esto es un juego solo para mayores―dijo quitándole el vestido a Jelly y haciéndola caer sobre la cama. ―.Y ahora pelirroja, dime prefieres hablarme de todos tus ex o nos centramos en el aquí y ahora.

   Obediente Akima salió de la habitación, acostándose en su cama hasta ella llegaba los susurros, gemidos y risas de sus dueños pero sabía que ella no estaba invitada…

Elva Martínez



Comentarios

  1. wowwww!!! simplemente maravilloso, me encanto gracias Elva por todo

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    Respuestas
    1. Gracias a ti, Jelly, por haberte convertido en personaje.
      Muaaackis

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¿De Verdad Somos Tres?: Tercer libro trilogía "Tres No Son Multitud"

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―No sé si voy a acostumbrarme a dormir solo. ―dijo Alejandro antes de volver a besar a Amanda. ―.Por extrañar, voy a echar de menos hasta tu cama. ―¿Solo a mi cama? ―rio Amanda notando los labios de Alejandro bajando por su cuello. ―Señorita González he dicho “hasta tu cama”, no tergiverses mis palabras que nos conocemos. ―comentó clavando su mirada en la de ella. ―. Mandy no sé cómo lo vamos a hacer pero esta distancia no puede durar mucho, yo ya los estoy echando de menos a los dos y aún no me he ido. ―Ale, no me digas estas cosas que ya bastante jodida estoy como para que me digas esto. ―dijo sin poder evitar las lágrimas. ―Eh, Mandy, no llores. Ya verás que encontramos una solución. ―¿Cuál? ―No lo sé pero algo se nos ocurrirá. ―¿El qué? ―preguntó antes de sentir los labios de Alejandro sobre los de ella. ― No necesito saberlo ahora.―dijo entre beso y beso. ―Podemos ponernos a pensar y dejar esto para otro momento. ―bromeó Alejandro. ―Ni se te ocurra―respondió Amanda sentándose sobre …