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¿No me crees? Primer Capítulo

Como comentaba ayer, ¿No me crees? saldrá publicada en breve en todas las plataformas de Amazon, tanto en versión digital como en papel. Hoy te traigo un pequeño adelanto, el primer capítulo; ya en él las seguidoras de la historia en Wattpad encontrarán grandes diferencias. 

¡Ah! Si quieres leer la historia al ritmo de la música, que en ella aparece te invito a escuchar la playlist en Spotify.  Ahora dale al play y emprende el inicio del viaje de Colibrí...

Capítulo 1: ¿No me crees?


Agosto 2016

<<Solo una hora, solo te queda una hora de vuelo. Uff…Ya no puedo más, de verdad, ¿por qué estaré tan alejada de todo el mundo? ¿Quién me mandaría a mí irme a vivir a San Francisco? ¿A qué hora llego a Edimburgo? A ver, si salí de San Francisco a las siete y cuarto de la tarde, qué hora es en Londres ahora?>>, se preguntó mirando el reloj, intentando hacer el cambio horario, percatándose de la cara de curiosidad de su compañera al ver la diferente esfera de su reloj; regalo de su mejor amigo, que decía que aquellos números cayendo como si no les importara la hora, era como estar con ella:
<<A tu lado el tiempo parece entrar en un bucle>>,le había dicho cuando se lo regaló a la vuelta de uno de sus múltiples viajes de trabajo.
 <<Dios, siempre me lío con el cambio horario. Las tres menos veinte. No, no esa es la hora de Madrid, Londres es una hora menos>>, María volvió a mirar por la ventanilla. Ya no sabía cómo sentarse, demasiadas horas de vuelo, aunque gran parte las había pasado durmiendo. <<Madrid, mejor no pensar en Madrid y cómo debe estar mi madre. Puaff… Seguro que los demonios se la están comiendo porque no voy a verla este verano. Bueno, ya iré en Navidades, también podía haberse acercado a Escocia, que papá viva aquí no implica tener que verle. Podría haber venido  y pasado unos días conmigo. ¡Joder, parece que no haya vida fuera de las cuatro paredes del hospital! ¡Tanto ayudar a traer niños al mundo para luego ella no saber vivir! ¡Vaya familia me ha tocado! No, María, en realidad, no te puedes quejar. Ellos metieron la pata en su momento, bueno, más que meter la pata, mi padre metió otra cosa>>, se dijo sin poder evitar una sonrisa. <<Borra, borra esa imagen de tu mente. Ellos la jodieron, nadie les manda no utilizar un condón, pues, mira las consecuencias. Mmm…En el fondo, he de agradecerles no haberlo usado, de no haber sido así yo no estaría aquí ahora mismo…>>.




―Londres ―dijo en alto al ver que sobrevolaban la ciudad del Támesis, reconociendo desde las alturas el Big Ben y el London Eye.
―¿Cómo pueden meterse en esas cabinas de cristal? ―preguntó en alto sin darse cuenta.
―¿Habla conmigo?
―No, disculpe ―María se quitó uno de los auriculares al percatarse que hablaba en alto ―. No me había dado cuenta que pensaba en voz alta ―respondió a su compañera con una sonrisa ―. No sería capaz de montarme en la noria. ―dijo señalando en dirección a la estructura metálica y de cristal junto al río.
―¿Sabes que estamos en un avión, verdad? ―Sonrió la chica.
―Sí, lo sé ―respondió ―. Soy un caso perdido, me dan terror las norias y los puentes metálicos.
―¿El Golden Gate?
―Mi pesadilla ―confesó  con una sonrisa María, volviendo a enchufarse el auricular, justo para escuchar a Efecto Mariposa, le encantaba aquella canción, que hablaba de la distancia y el olvido.
Si algo tenía claro era que la distancia no implicaba el olvido, ella era un claro caso de vivir lejos de todos sus seres queridos y, no por eso los había olvidado. Imposible hacerlo. <<Bueno igual, si hablamos de amor romántico es diferente>>, meditó escuchando la canción, <<Hay que estar muy tonto para enamorarse de alguien a quien no vas a poder tener al lado>>.
<<Casi seis horas de escala y he de quedarme en el aeropuerto. Yo me hubiese dado ahora un paseo por Covent Garden, ¿dónde estaba aquella bombonería? ¿Bond Street? No, en Oxford Street… Mmm, dios, qué buenos estaban aquellos chocolates. ¿Y si le digo a papá que he perdido el vuelo de conexión?>>, pensaba imaginando la cara de su padre diciéndole: <<¿De verdad, crees que me engañas, Colibrí?>>. << Seré una vieja y seguirá llamándome Colibrí. ¿Lo dudas, María? Ja, dentro de cuatro días cumples treinta y ocho años y, tu padre te sigue llamando así.>>.
María apoyó la cabeza en el respaldo, moría de ganas de bajar del avión, de estirar las piernas, entumecidas tras tantas horas de vuelo. Odiaba las escalas pero, a estas alturas, sentía la necesidad de caminar, de poder respirar fuera del avión, aunque no fuera a salir del recinto aeroportuario. <<Bueno, Heathrow no está tan mal, es como estar en un centro comercial, salvo que en vez de taxis coges aviones. Sí, sí, María intenta convencerte a ti misma, pero reconoce que hubieses preferido seguir del tirón hacia Edimburgo. Total, cuando llevas diez horas de vuelo qué más da hacer doce>>, reflexionaba fijándose que su acompañante clavaba los dedos en el brazo del asiento ante el inminente aterrizaje. <<Shit!, ¡luego toca tren a Aberdeen! ¡Cuadrado, el culo de esta se me queda cuadrado! Voy a ser María Square Pants, como la esponja absurda esa que tanto le gusta a los críos>>.
 Las ruedas tocaron tierra con tanta suavidad que muchos fueron los pasajeros, entre ellos la compañera de fila de María, que comenzaron a aplaudir y ovacionar al comandante por aquella inmejorable maniobra de aterrizaje. María le sonrió a aquella chica, que parecía volver a respirar tras estar en tierra.
―Le tengo fobia al avión pero, sí puedo subirme a una noria ―Con una bonita sonrisa de oreja a oreja le dijo la chica.

<<Azul, el cielo está azul. Londres me recibe con un cielo espectacular, si estuviera Rob diría: <<¿Ves cómo tengo razón? Allá donde vas sale el sol>>. Será pelota, me gustaría saber a cuántas mujeres se lo habrá soltado y, cuántas han caído rendida a sus pies>>, sonrió pensando en su amigo. <<Claro que lo raro es no caer rendida a sus encantos>>, se dijo sin borrar la sonrisa mientras contemplaba el bonito cielo azul por la ventanilla. <<Lo cierto es que el día está espectacular y yo no puedo salir a disfrutar de Londres>>.
Largo fue el recorrido por el aeropuerto hasta sentir que el avión paraba y abría su puerta delantera, recorrido amenizado por los constantes pitidos de los móviles, que volvían a la vida tras el letargo de las últimas diez horas.


PAPÁ
Llámame cuando estés en Londres, Colibrí.
Besos

María  rebuscó en su repletísimo maxi bolso en busca de un espejito, dejando caer entre aquel mare magnum de cosas su móvil. No pensaba llamar a su padre hasta no estar fuera del avión, no entendía aquella desesperación de la gente de comenzar con las llamadas sin haber salido del avión. <<Mi madre, María, vaya cara tienes. Está claro que has de pasar por el baño e intentar refrescarte y adecentarte antes de coger el siguiente vuelo>>.
―Buena estancia en Londres ―deseó su compañera de vuelo antes de salir.
―Gracias ―respondió María, devolviéndole la sonrisa.
No tenía prisa por salir, metió de nuevo el espejo en su bolso, se colocó bien la blusa dentro de los pantalones, y tras adecentarse la melena se levantó dispuesta a pasar las siguientes seis horas deambulando en Heathrow.
―Hola, papi, si apenas hace unos minutos que he bajado del avión ―explicó a su padre, quien no podía disimular la felicidad que le producía escuchar la voz de su hija mayor. ―. Cinco horas y media, esto es lo peor, tener que esperar tanto. ¿Qué? No, me quedaré en el aeropuerto, comeré algo y cotillearé por las tiendas. ¿A qué hora sale el tren para Aberdeen, papi? ¿Qué? ¿Cómo que vosotros ya estáis en Aberdeen? Creía que tú, Adaira y Nimue esperaríais por mí. Nada, iré sola.
―No, en realidad, no vendrás sola. Javier irá a recogerte al aeropuerto y vendréis juntos.
―¿Javier, quién es Javier? ―preguntó temiéndose aguantar a algún pesado profesor compañero de su padre, olvidando que ella misma era profesora.
―Un compañero de la universidad ―explicó Andrés, corroborando las sospechas de su hija. ―El vendrá en coche y se ha ofrecido a recogerte y traerte. Bueno, traerte no, que él también se queda a la boda. Bueno, Colibrí, ya nos vemos mañana.
―¿Mañana? ―Sorprendida preguntó María, poniendo una mueca de disgusto al imaginarse la soporífera velada con el tal Javier. ―. ¿Cómo que mañana?
―A ver, Colibrí, no quiero ser gafe pero ese vuelo, que vas a coger, tiene un alto porcentaje de retrasos.
―Joder, papá, vaya ánimos que me das.
―Colibrí, ¡esa boca! ―bromeó Andrés―. No quiero desanimarte pero no miento, las estadísticas están ahí ―explicó―. De todos modos, da igual. Javier viene mañana, así que hoy descansas tranquilita en Edimburgo y mañana os venís.
―Vale… Vale, si nos vamos mañana pues nada, tocará quedarse en Edimburgo. Lo de descansar no sé yo, porque me he pasado la mayor parte del vuelo durmiendo. Ahora me toca habituarme a la diferencia horaria ―respondió María mientras le venían a la mente los aburridos amigos de su padre. Muchas eran las veces que se había preguntado cómo su padre los aguantaba y, más de una vez había bromeado con Adaira sobre el  porqué se había enamorado de su padre. ―. ¿Cómo reconozco a ese tal Javier?
―No te preocupes, Colibrí, él te buscará.
―¿Me conoce? ―preguntó intentando hacer memoria de las caras y nombres de los compañeros de su padre a los que había conocido a lo largo de los últimos años. No, no recordaba a ningún Javier.
―Sí, claro, ha visto tus fotos.
María no pudo reprimir una sonrisa al recordar la colección de fotos suyas, que su padre lucía orgulloso en su despacho. Una por cada año, aquella era su costumbre, toda una pared del despacho la llenaba sus fotos en blanco y negro; en breve colocaría la número treinta y ocho.
―Vale, muy bien. Mañana nos veremos, tengo muchas ganas de ver a la locuela de mi hermana.
―Claro, solo quieres ver a Nimue. De tu anciano padre ni te acuerdas.
―No seas peliculero ―respondió con una sonrisa de oreja a oreja. ―. Sabes perfectamente que también me muero de ganas de verte. En cuanto a lo de viejo, no me hagas reír, que nadie diría que acabas de cumplir sesenta años. ¡Suerte de genes! Espero salir a ti.
―Y yo ―la interrumpió Andrés, que no había salido con buen sabor de boca de la relación con la madre de María.
―¡Papá, no seas malo! ―Rio María ―. Además, mami, no está nada mal tampoco. Ya…Ya sé que hace años que no la ves, por eso, te lo digo yo. Anda, te dejo, nos vemos mañana. Un besazo, anciano padre ―dijo en tono burlón, escuchando las risas de su padre al otro lado del teléfono, entrando en el baño para refrescarse.
La sonrisa se apoderó de su rostro, no lo podía negar, quería a sus padres por igual pero, sentía una debilidad especial por el hombre que había llenado su infancia de historias de hadas, náyades, nereidas, sirenas, brujas, hechiceras…, dándole a conocer a su adorada dama del lago: Nimue. La poderosa hechicera capaz de enamorar al legendario Merlín quien, a pesar de presagiar su propia muerte, no fue capaz de resistirse a sus encantos. Muchas eran las veces que había jugado a ser Nimue, a imaginarse entregando Excalibur a Arturo o a mecer a Lancelot en sus brazos. María recordaba aquellos juegos como momentos mágicos, únicos, momentos inolvidables en los que su padre se convertía en Merlín, en Arturo… y, ella le entregaba la mítica Excalibur.
Sin embargo, su madre nunca pareció entender aquella afición suya por ir corriendo descalza, con la melena al viento y espada en  mano por toda la casa; ella nunca se había implicado en sus juegos. No entendía aquella pasión por la leyenda artúrica y, aunque envidiaba la compenetración existente entre su marido y su hija, nunca hizo por ser parte de ella.
 

MARÍA
Mamá, estoy en Londres. Te llamo mañana desde Escocia. Besitos.      

Pero si Arturo, Merlín, Ginebra, Lancelot, Nimue y demás personajes de la leyenda artúrica la habían atrapado, la leyenda guaraní del colibrí y la flor la enamoraron. Nada más escuchar de boca de su padre la leyenda de aquellos dos jóvenes enamorados, que por pertenecer a tribus enfrentadas no podían disfrutar quiso convertirse en la más diminuta de las aves, convirtiéndose en Colibrí para su padre…

Agosto 1985

María saltó en la cama, el cansancio no podía con ella, ni siquiera la adrenalina consumida en la celebración de su séptimo cumpleaños había podido con ella y su increíble energía.
―Papi, porfa, cuéntame un cuento —sin parar de saltar sobre la cama, poniendo cara de súplica reivindicaba. ―. Mami, dile a papi que me cuente un cuento, porfa.
―Eso lo aclaráis tu padre y tú ―respondió Nieves, que tras besar a su hija en la frente salió de la habitación.
Nieves no se alejó de la habitación, aquel era uno de sus momentos favoritos del día, le encantaba escuchar a hurtadillas a su marido y a su hija, deleitarse con las historias de Andrés y con las interminables preguntas de su hija. Mágico, así consideraba el nexo existente entre padre e hija, envidiaba aquella unión en la que ella no se permitía entrar; aunque a aquellas alturas sabía que su razón para ello ya no tenía ningún sentido.
―Papi, porfa, cuéntame una historia ―poniéndole ojitos de súplica a su Andrés. Nieves sonrió imaginando la cara de su hija, notando casi las babas de su marido contemplando a la niña de sus ojos, la única mujer que había sido capaz de trastocar todos sus planes de futuro.
―Anda, anda, hazme un sitio en la cama y dime qué historia quieres―Sin poder evitar sonreír contestó, tumbándose junto a su hija que enseguida se acurrucó a su lado.
―Quiero una nueva. Una que no me hayas contado y, que sea muy… pero que muy bonita―dijo besando a su padre mientras movía expresivamente sus brazos.
―Muy bien, embaucadora―respondió Andrés, que no podía negar que aquella pequeña de siete años era el verdadero amor de su vida. ―¿Alguna vez te he contado la leyenda del Colibrí y la Flor?
―No, ¿qué es un colibrí, papi?
―La más pequeña de todas las aves, casi la podríamos confundir con un insecto. Mañana, cuando te despiertes buscaremos su foto en la enciclopedia de animales.
―¿No puede ser ahora? ―sentándose en la cama preguntó. Al escuchar la petición de su hija Nieves se puso en guardia por si Andrés acedía a su deseos e iba a por el libro, por nada del mundo quería que la descubriera en el pasillo.
―No, ahora nos quedamos aquí o ¿no quieres la historia?
―Sí, sí, cuéntamela―acurrucándose nuevamente junto a su padre dijo.
―Hace muchísimo tiempo, cuando los seres humanos aún no enumerábamos los años, porque el tiempo no nos importaba y, nunca se nos hubiese llegado a imaginar que un día viviríamos esclavizados por una máquina de contar minutos…
―¿Hablas del reloj, papi? ¿Esa es una de esas metáforas de las que me hablaste? ―se interesó María, que era incapaz de escuchar una historia sin meter baza en ella.
―Sí, hablo de los relojes, cariño,
―El señor conejo vive esclavizado del reloj.
―¿Qué señor conejo?
―¡El de Alicia!
―Sí, cierto, no lo recordaba.
―Tú no, papi. Tú no tienes reloj.
―No, cariño, no me gusta vivir esclavo de las horas, prefiero vivirlas; más aún si son a tu lado.
―Mami, sí. Mami siempre tiene prisa, siempre va corriendo―dijo sin saber que su madre la estaba escuchando y, el dolor que le causaba aquella afirmación por parte de su hija.
―Bueno, cariño, el trabajo de mami le roba muchas horas; y ahora calla y escucha, o ¿dejamos la historia para mañana?
―No, papi, cuéntamela. Ya me callo―María se pasó los dedos por los labios, emulando cerrar una cremallera.
―Como te iba diciendo, por aquel entonces vivía una joven india guaraní…
―¿Guaraní? ¿Eso de dónde es? ¿De la Guaranaría? ―volvió a preguntar María. Era incapaz de permanecer callada durante mucho tiempo.
―No ―contestó riendo Andrés, que estaba más que acostumbrado a las múltiples preguntas de su hijas―. Los guaraníes son una de las tribus indígenas de América del Sur.
―Ah…
―¿Sigo?
―Sí, papi. ¿Mañana podemos ver fotos de los Guaraníes?
―Vale, buscaremos también fotos.
―¿Llevaban plumas?
―¿Plumas?
―Sí, como los Sioux o los Mapaches.
Las carcajadas de Andrés no tardaron en hacerse oír, Nieves hacía un verdadero esfuerzo para no reírse y ser descubierta.
―Apaches, cariño, Apaches ―respondió revolviéndole el pelo.
―¿Sigo?
―Sigue papi.
―Todos aquellos que veían a Flor, ese era el nombre de la joven india, caían rendidos ante su increíble y curiosa belleza. Era imposible no quedarse absorto contemplando su larga y colorida melena, ni desear acariciar la suave delicadeza de sus labios, que casi parecían los pétalos de la más bonita de las flores. Por aquel entonces, también vivía un joven indio…
―¿También guaraní? ―interrumpió María.
―Sí, también guaraní ―respondió Andrés antes de continuar―. Ágil,  ese era su nombre porque el joven indio, era raudo corriendo por los montes, trepaba por los árboles como nadie y nadaba mejor que los mismos peces. Sin embargo, Ágil y Flor a pesar de vivir muy cerca, pertenecían a tribus enfrentadas.
―¿Y por qué estaban enfrentadas?
―Nadie lo sabía, era algo tan pero tan antiguo, que ni siquiera los más viejos y sabios indios lo recordaban.
―Vaya, ¿y no era absurdo estar enfrentados entonces?
―Sí, cariño, tienes toda la razón.
―¿Y qué pasó con Ágil y Flor?
―Un día en un rincón de la selva, por casualidad, se encontraron y sonrieron; al día siguiente volvieron a encontrarse y al tercer día se buscaron y así, poco a poco, tras hacerse amigos se enamoraron. Ágil y Flor sabían que su amor era imposible, porque sus tribus estaban peleadas y no lo iban a aceptar.
―¡Papá! ¡Son como Romeo y Julieta! ¿Recuerdas a los protagonistas de la historia de ese escritor, que tiene ese nombre tan difícil de escribir, y me contaste hace unos días?
―Shakespeare. Y sí, señorita, es usted muy lista, Ágil y Flor son un poco como ellos.
―¿Y qué pasó con ellos?
―Ágil y Flor se veían en secreto cada noche, conocedores del odio de sus tribus sabían que nunca aceptarían su relación y, por eso, no contaron nada a nadie―explicó Andrés―. Una noche en la que los jóvenes estaban juntos una mujer del pueblo de Flor los descubrió y enseguida se lo contó a sus padres. Flor ya no pudo salir más a pasear por la selva pero no conformes con eso, sus padres decidieron casarla con otro joven de la tribu. Flor lloraba y lloraba desconsolada porque no quería aceptar aquel matrimonio, ella estaba enamorada de Ágil y no del elegido para casarse con ella. Tanto lloró y rogó Flor por tener un destino diferente que Tupá, el Dios protector del pueblo guaraní, la oyó y se compadeció de ella. Así un buen día Tupá encantó a la joven, sus largas piernas se convirtieron en tallo, sus brazos se cubrieron de hojas, la envolvió en un delicioso aroma y su colorida melena se transformó en sutiles pétalos. Así la bella Flor se convirtió en flor.
―¡Hala! ―exclamó maravilla abriendo sus grandes y expresivos ojos oscuros. ―. ¿Y Ágil?
―Mientras tanto Ágil salía a buscarla cada noche, recorriendo cada rincón de la selva pero, nada no había rastro de ella. Nadie la había visto, nadie sabía nada de ella pero él no podía olvidarla. Una noche la luna, que cada noche veía al joven salir en busca de Flor, le contó la verdad: <<Flor ya no es humana, Tupá la ha convertido en flor.>>. Ágil quiso saber dónde estaba pero la luna no pudo ayudarlo, ni siquiera el viento o el sol sabían dónde estaba. Desesperado Ágil cayó en el  más profundo, sincero y lastimero de los llantos y, una vez más, Tupá se conmovió, bajó a su encuentro y a través de sus poderes mágicos lo hizo pequeñito, lo rodeó de coloridas plumas, le dio alas y pico; y así Ágil se convirtió en colibrí.
María escuchaba absorta la historia, esperando emocionada el final de la misma.
―Inmediatamente, Ágil movió sus alas, remontó el vuelo y voló de una flor a otra, libando su dulce néctar y buscando en ellas los pétalos de los labios de su amor. Colibrí buscó y buscó incansable, yendo de flor en flor. Por eso, los colibrís nunca paran; nunca lo harán hasta no encontrar a su amor.
―Vaya…
―¿Te ha gustado?
―Es un poco triste pero sí, porque estoy segura que Colibrí encontrará a su flor. Jo, papi, yo quiero poder volar como el colibrí.
―Tú ya vuelas, cariño y, también eres un tanto colibrí porque no paras.
―Yo no vuelo, papi, no tengo alas.
―Pero tienes imaginación, mi pequeño Colibrí, y ahora a dormir.
―Papi, ¿tú y mami no sois como los padres de Flor, verdad?
―No―Rio Andrés ―. Anda, Colibrí, pliega las alas y a dormir.
―Colibrí ―Sonrió María ―, me gusta, papi…



María se miró en el espejo, acariciando el diminuto colibrí tatuado en el nacimiento de su cuello y, que agitando sus alas parecía querer libar su propio sabor. ―Un día encontrarás a tu amor―dijo en voz alta llamando la atención de la señora que se maquillaba a su lado.
Cute ―reconoció la señora que observaba el pequeño colibrí. ―It´s really nice, a lovely hummingbird.
―Thanks ―respondió María con una sonrisa, percatándose de la entrada de un nuevo mensaje, imaginando que era la contestación de su madre.
No se había equivocado, era su madre la que le enviaba el mensaje:


MAMÁ
¿Mañana, te quedas hoy en Londres? Podías haber hecho escala en Madrid y haberte ido desde aquí. Besos.

<<Dios, siempre buscándole la puntilla a todo. ¿Cuántas veces le habré dicho que barajé la posibilidad pero salía más caro?>>. María guardó el móvil, negándose a entrar en una batalla dialéctica por WhatsApp con su madre. No sabía cómo ni por qué pero siempre terminaban peleándose por todo, su madre siempre le echaba en cara su predilección por su padre y su defensa a ultranza de la nueva relación.


MARÍA
Hola, ya estoy en Londres. Toca esperar unas horas hasta mi vuelo a Edimburgo. Imagino estarás en brazos de Morfeo, bueno, de Morfeo o a saber de quién.
Besos.

María le dio a enviar, riéndose con su propio comentario e, imaginándose la cara de Rob al leerlo cuando se despertara.


ROB
Te equivocas, preciosa, ya estoy en pie. Una ducha y me voy a Boise. ¿Qué tal el vuelo? Besos.
MARÍA
El vuelo bien, lo peor me espera en Edimburgo. Ríete, mi padre, mi futura “madrastra” y, Nimue, ya están en Aberdeen. Me recoge uno de los soporíferos amigos de mi padre. Ven a rescatarme, por favoooooor.
ROB
Ja ja ja ja…Ya imagino al viejo profesor enamorándose de la hija de su colega.
MARÍA
¡Serás idiota!
ROB
Jajajaja…Yo también te quiero, ja ja ja ja. Pásalo bien en Escocia pero no dejes de volver. Un beso.

MARÍA
Cuidado en la carretera. Saludos a tus padres. Nos vemos dentro de un mes. Espero no necesites de mis “servicios” en estas semanas. Ja ja ja ja. Besos.
ROB
Ja ja ja ja… Besos.

ÿÿÿÿÿ

<<Diez minutos y ya en Edimburgo, ¡por fin!>>, se dijo mirando la hora en el reloj, percatándose que seguía teniendo la hora de San Francisco. <<Si el reloj marca la una, en Escocia son las dos…tres…>>, calculaba la diferencia horaria, <<las nueve, son las nueve>>. María apoyó la cabeza en el respaldo, apagó el libro electrónico a la espera de un nuevo aterrizaje. <<Creo que al final sí que dormiré hoy, estoy cansada de tanto avión. Puaff, y ahora aguantar al tal Javier ese. Bah, María, no te quejes que por lo menos te libras de ir en tren>>.
Desesperante, la espera por el equipaje la ponía siempre de los nervios, le aterrorizaba los cambios de avión y el consiguiente extravío de maletas. Respiró tranquila al ver su cantarina maleta de colores salir rodeada de las clásicas maletas negras y rojas. María cogió la pesada maleta e infundiéndose ánimos recorrió la repleta sala en busca de la salida.
Los ojos de María hicieron un barrido por la concurrida terminal, descartando a los guías que con carteles esperaban a los recién llegados turistas. <<Debe ser ese>>, se dijo dirigiendo sus pasos a un señor, que debía ser de la edad de su padre, pero con quien los años no había sido tan generoso.
―¿Javier? ―preguntó con una sonrisa acercándose al sexagenario que la observaba con cara de no entender.
Sorry?
―¿Javier?
―María, María…
Sorry ―dijo con una sonrisa girándose sobre sus talones para ver a un chico, que debía ser de su edad, y parecía venir corriendo.
―¿Javier? ―preguntó, gratamente sorprendida porque para nada era aquella la imagen, que se había hecho del compañero de su padre.
―Sí, el mismo ―contestó agitado por la carrera clavando sus oscuros y sonrientes ojos en ella―, creía que no llegaba. No hacía más que pensar en la cara de tu padre cuando se enterará que su… ―Javier se calló, había prometido a Andrés no decirle que conocía su apodo a María. ―. Niña estaba tirada en el aeropuerto. ―Terminó de decir levantando las sospechas de María.
―¡No me lo puedo creer! ―exclamó moviendo la cabeza―. Tú sabes cómo me llama mi padre, ¿me equivoco?
―María, ¿no? ―Sonrió Javier.
―Ya… María ―Sonrió ella, mirándolo con detalle. Fijándose en la camiseta y el mensaje que ponía en ella: It’s a kilt! If I wore something under it then it would be a skirt. ―. Así que esa es la diferencia entre un kilt y una falda. ―bromeó poniéndose en marcha.
―¿Qué? ―preguntó Javier, no recordando la leyenda de su camiseta.
―La diferencia entre una falta y un kilt, el llevar o no llevar algo bajo ella. ―Sonrió señalando su camiseta.
―Ja ja… Sí, esa es la diferencia.
―Bueno, es saberlo.


MARÍA
Ya en el coche con Javier, por cierto, ya mañana te tiraré de las orejas. Besitos.

―¿Qué tal el viaje? ¿Muy cansada?
―Bueno, cansada de tanto tiempo sentada pero caí fulminada al poco de salir de San Francisco. Sin exagerar creo haber dormido siete horas.
―Buen sueño ―contestó apartando la vista de la carretera y mirándola de reojo. ―. ¿Quieres cenar algo?
―No, la verdad es que no tengo hambre.
―¿Quieres ir a casa ya o, te apetece que vayamos a tomar algo?
―No quiero ser una molestia.
―Para nada lo eres ―contestó sonriente. ―. Dejaremos tus cosas en casa e iremos a tomar algo.


PAPÁ
¿Tirarme de las orejas? ¿Qué he hecho?

María sonrió al leer el mensaje de su padre, contestándole con un escueto: Piensa.

―Ya hemos llegado ―dijo Javier aparcando frente a una típica casa de oscuros ladrillos, en la que destacaba su llamativa puerta roja. ―. Te advierto que soy un poco caótico.
―Ok ―Sonrió María bajándose del coche, cuyo asiento trasero repleto de libros, carpetas y un par de chaquetas le habían dado buena cuenta de ello. ―. No me asustaré, no es que yo sea extremadamente ordenada. Siempre fue una de las luchas con mi madre. ―dijo intentando coger la maleta, que Javier se negó a dejarle llevar. ―. Mientras no tengas novias descuartizadas en las habitaciones ni arañas paseándose por las paredes.
―Déjame pensar ―respondió Javier abriendo la puerta de la casa ―. No, ni novias ―enfatizó mirándola a los ojos ―, ni arañas. Bueno, igual hay alguna pero yo no la he visto.
―Me vale con lo de nada de novias descuartizadas.
―Ni descuartizadas ni sin descuartizar―puntualizó Javier clavando su mirada en la de ella invitándola a pasar.
Javier encendió la luz de la entrada, dejando ver el atisbado perchero, en el que no cabía ni una sola chaqueta más en él. Bajo el perchero varios eran los libros que descansaban en la pequeña mesa, donde dejó caer las llaves. Sí, estaba claro que el orden no reinaba en aquella casa. Las ruedas de la maleta hacían crujir la madera del suelo a su paso, María seguía a Javier por el pasillo.
―La cocina ―indicó encendiendo la luz de la pequeña y sorprendentemente recogida cocina. Javier volvió a apagar la luz antes de seguir su recorrido por la casa. ―, el salón. Perdona el caos ―dijo señalando la abierta maleta sobre el sofá de piel marrón ―. Me voy a Madrid dentro de cinco días, solo me he quedado para la boda de Andrés. No podía faltar a la boda del año―Con una sonrisa comentó siguiendo su recorrido. ―. He aquí la que será tu habitación esta noche.
María no necesitó que le dijera nada para darse cuenta que aquel era el dormitorio de su anfitrión.
―No, no, no. De ningún modo me voy a apropiar de tu habitación.
―No te equivoques, no te apropias, te la cedo yo ―puntualizó Javier dejando la maleta junto al armario.
―¿Y tú, dónde vas a dormir?
―Tengo un sofá cama en el despacho.
―Duermo yo en él.
―No, es mi casa, son mis normas. Y no voy a discutir más ―dijo mirándola a los ojos.
Durante unos segundos el silencio se hizo entre ellos. Ninguno de los dos entendía qué estaba pasando pero, ambos tenían la sensación de estar bombeando la sangre más deprisa de lo normal.
―¿Te apetece entonces ir a tomar esa copa? ―preguntó Javier rompiendo el silencio, que se había hecho entre ellos.
―Vale, cogeré una chaqueta ―respondió María subiendo la maleta a la cama para abrirla. ―. Cada vez que vengo, olvido que Edimburgo no es Madrid.
―¿En San Francisco hace el calor de Madrid? ―se interesó observándola rebuscar en su bolso en busca de las llaves de la maleta.
―No, tampoco pasamos de los veinte grados en agosto, pero no baja tanto la temperatura por la noche.
―Si temo llegar a Madrid es por el calor soporífero que hará. Odio vivir bajo el aire acondicionado.
―Ya somos dos. Aquí están.
―Tu bolso es un poco como el caos de mi despacho ―Rio Javier haciéndola sonreír mientras abría la maleta,  sonrojándose al ver su ropa interior en primera línea.
―Ya está ―dijo cogiendo una chaqueta vaquera y cerrando la maleta con prisa al descubrir a Javier absorto mirando el contenido de su maleta. ―. ¿Qué? ¿Encuentras algo de tu agrado?
―No voy a decir que no ―contestó enseñándole la lengua.

ÿÿÿÿÿ

Difícil lo habían tenido para encontrar un sitio en el repleto bar, logrando hacerse con un hueco para los dos en una mesa compartida con un grupo de jóvenes, que parecían estar de celebración. Javier la invitó a sentarse mientras él se acercaba a la concurrida barra, llegando al rato con un par de pintas. Una stout para él y una pale para ella, como le había indicado.


ROB
¿El profesor Humbert ya ha caído rendido a los pies de Lolita? Besos.

María soltó una carcajada al leer el mensaje de su amigo, aprovechando que Javier no había regresado para contestarle:


MARÍA
Mira que eres idiota, eso  sí, leído. Estamos en un bar, tomando cervezas. Y yo ya estoy un tanto mayorcita para compararme con Lolita. ¿Dónde estás? En Boise imposible. Un beso.

―¿Una pinta para mí? ¡Te dije half pint! ―Abriendo los ojos de manera expresiva dijo María. ―. No sé qué pueda pasar si me bebo esto, ¿quieres emborracharme?
―No era mi intención. No quiero que tu padre me mate por emborrachar a su querida Colibrí. ―dijo mirándola a los ojos dándole un trago a su cerveza.
―Muy gracioso.
―Gracias.
―Ya me enteraré si tienes algún apelativo.
―Sí, claro que lo tengo.
―¿Me lo vas a decir? ―preguntó sin poder disimular una sonrisa.
―No, ni lo sueñes.
―Ya me enteraré.
―No, Colibrí, no te enterarás.
―¡No te pases! ―exclamó fingiendo enfado.
―De todos modos, no sé por qué te enfadas cuando tu escote deja ver ese minúsculo colibrí ―dijo rozando con sus dedos el pequeño tatuaje, notando como la piel de María se erizaba bajo el contacto de sus dedos. ―. ¿Te dolió?
―¿El qué? ―preguntó sin poder apartar la mirada de sus humedecidos labios, notando sus dedos acariciando el pequeño colibrí.
―El tatuaje ―dijo con una sonrisa, sin dejar de acariciar aquella minúscula porción de piel.
―No, no me dolió. Un poco incómodo, pero nada doloroso.
―Me gusta ―dijo volviendo a acariciar el pequeño tatuaje.
―Gracias ―contestó sintiendo una bocanada de calor recorriendo su cuerpo desde los pies hasta la cabeza. Calor convertido en rubor en sus mejillas.
María dio un par de largos tragos a su cerveza, necesitaba calmar el sofoco que le había sobrevenido de manera sorpresiva.
―¿Tu novio? ―preguntó al escuchar la llegada del mensaje, no habiéndole pasado desapercibidos los mensajes enviados por María mientras él estaba en la barra.
―No ―respondió leyendo el mensaje.



ROB
A mitad de camino de la nada. Acabo de parar para tomar café, no cervecitas como otras. Ahora sigo del tirón hasta casa de mis padres, ya te avisaré cuando llegue. Besos.

―Sabes ―comenzó a decir―, me he llevado una sorpresa al verte.
―¿Y eso? ―preguntó Javier apartando sus dedos del tatuaje para poder controlar el impulso de seguir acariciando la suave piel de María.
―Imaginé que eras uno de esos soporíferos compañeros de universidad de mi padre. De hecho, Rob, me preguntaba si eras una especie de profesor Humbert.
―Ja ja ja…Gracias, me alegra no ser soporífero.
―Ni vejestorio ―bromeó María―. Creía tener que pasar toda la noche escuchando alguna disertación sobre algún escritor y mira que compartimos profesión pero, los compañeros de mi padre son muy aburridos. Salvo, está claro, honrosas excepciones ―confesó sin apartar la mirada de la suya mientras daba otro trago de su pinta, sin percatarse de cómo iba bajando el volumen de aquella refrescante pale ale―. La pasada navidad la pasé aquí y juro casi no dormirme escuchando hablar a Gordon, ¿le conoces?
Javier dejó la cerveza sobre la mesa al verla desequilibrarse en su mano por sus carcajadas.
―Gordon duerme hasta a las ovejas, deberías ver las caras de sus alumnos. Eso sí, es un genio.
―No te digo que no pero. por el bien de la humanidad no debería dar disertaciones, al menos públicas, porque te juro que durante la conversación tuve que pellizcarme a mí misma para mantener la atención y no dormirme.
Javier no podía parar de reír escuchándola, resultándole deliciosa su cadencia al hablar, el cascabeleo de su risa, sus expresivos ojos y deleitándose en aquellos perfectos labios que no paraban de hablar.
―Como podrás  imaginar Gordon estará en la boda ―sin poder evitar una pícara sonrisa dijo Javier―, igual tu padre lo ha sentado en tu mesa.
―¡Muy gracioso! ―Rio María empujándolo con suavidad.
―Lo digo en serio, he oído a Gordon hablar maravillas de ti.
―¿Te estás quedando conmigo?
―No, hablo en serio. Cuando tu padre comentó que llegabas hoy y, que igual él no podía esperarte porque se iban a Aberdeen para todo el lío de los preparativos, me ofrecí para recogerte y fueras conmigo mañana. Y él comenzó a hablar maravillas de ti, que eras encantadora, educada, simpática y muy guapa. Es más, dijo: <<Ya me gustaría que la novia de mi hijo fuera la mitad de encantadora que María>>―dijo consiguiendo ruborizarla―. Y remató diciendo: <<Javier, ese es el tipo de mujer que te conviene>>.
―¿Me estás tomando el pelo?
―No, para nada ―contestó sin parar de reír al ver la cara que ponía ella.
―Sí, me estás tomando el pelo ―replicó dando el último sorbo de su cerveza, sorprendiéndose a sí misma por haberla acabado.
―Entonces, ¿no me crees? ―preguntó divertido.
―No, no te creo.
―Muy bien, señorita incrédula, podrá preguntárselo usted misma en la boda.
―Sí, claro para que me suelte un soliloquio de los suyos ―contestó arrancándole nuevamente las carcajadas a Javier.
Más que cerveza corría en aquel pequeño pub del suroeste de Edimburgo, la invisible química cruzaba el pequeño tramo de mesa de madera, que los separaba; convirtiendo a la risa en la mejor de las aliadas frente al continuo fluir de sensaciones que crecían según iba pasando la noche. Las palabras salían sin más, María lo puso al corriente de su vida, de su trabajo como profesora de español en la universidad de San Francisco desde hacía una década y sació su curiosidad del porqué de su apelativo.
―No puedo creer que me haya terminado una segunda pinta, así estoy hablando sin parar.
―No sé yo si Gordon considerará esto como algo bueno ―soltó sin parar de reír Javier.
―¡Serás…! ―Rio María―. No me creo ni un pelo lo de Gordon y, en cualquier caso le diré que ha sido por tu culpa.
―¡Lo que me faltaba por oír! ¡Yo no te he apuntado con una pistola, Colibrí! ―dijo con un guiño.
―No te pases― respondió divertida―. Y ya vale de hablar de mí, es tu turno.
―¿Frente a otra pinta?
―No, ¡ni loca! Al final, mañana no habrá quién me levante.
―¿Un paseo hasta casa?
―Sí, casi mejor, así el aire fresco me refrescará las ideas.
―¿Están calenturientas? ―Soltó entre risas Javier levantándose, notando el manotazo de María en su brazo. ―Señorita Cortés, al final, no va a ser usted tan buen partido.
―Idiota ―contestó divertida poniéndose la chaqueta antes de coger su bolso y seguir a Javier por el concurrido bar. ―. Uau, ahora se nota la diferencia de temperatura, dentro hacía hasta calor.
―Entonces no eran tus pensamientos ―Rio Javier.
―No, no eran mis pensamientos, idiota ―contestó divertida aceptando el brazo que le ofrecía. ―. Empieza a hablarme de ti, ¿qué haces en Escocia?
―¿Trabajar?
―¡Javier! ―soltó con una carcajada―. Venga, yo te he contado hasta la leyenda guaraní, es tu turno. ¿Por qué Escocia?
―Casualidades de la vida, vine a hacer un curso, tuve la suerte de hacer amistad con Andrés Cortés. No sé si te suena de algo ―dijo acariciándole la mano.
―De algo, de algo…
―Y cuando ya había terminado el curso e iba a volver a Madrid, quedó vacante un puesto y tu padre me dijo que por qué no optaba a él. Me cogieron y me quedé.
―¿Cuánto tiempo llevas aquí?
―Una década.
―Como yo en San Francisco.
―Sí.
―¿Y piensas quedarte aquí?
―¿Por qué no? Me gusta Escocia. ¿Y tú, piensas quedarte en la ciudad que vio nacer a la generación Beat?
―No lo sé.
―¿Y eso?
―No sé, a veces echo de menos a mi madre, y mira que es difícil echarla de menos ―Sonrió tímidamente―, pero sobre todo a mi padre y a la loca de mi hermana.
―A Nimue, es una locuela encantadora.
―Sí, sí que lo es.
―¿Te vendrías a Escocia?
―No lo sé, en realidad, supongo que me quedaré en San Francisco. Allí tengo una buena vida, no tengo a mi familia pero sí a la familia que yo he elegido tener, mis amigos.
―Y a algún novio.
―No, nada de novios. Ya sabes que los colibrís volamos libres. ―dijo dedicándole una sonrisa―. Estoy pensando que es curioso, más o menos debemos ser de la misma edad.
―Cuarenta cumplí el mes pasado, tú treinta y ocho, ¿no?
―Dentro de tres días, ¿hasta mi edad te ha contado mi padre? ¡Por dios, este hombre no tiene medida!
―No, no ha sido tu padre. Intuía tu edad, porque tú no te acordarás de mí pero… tú y yo hemos coincidido por los pasillos de la Complutense.
―¿Hablas en serio? ―Sorprendida preguntó.
―Sí, te recuerdo perfectamente.
―Vaya, me acabas de dejar alucinada. Yo no me acuerdo de ti ―dijo observándolo y volviendo a sonreír con su camiseta. ―. ¿De verdad es cierto lo del kilt? ―preguntó ya frente a la puerta de la casa de Javier volviéndole a arrancar una carcajada.

―El sábado lo podrás averiguar...

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